viernes, 6 de septiembre de 2019

Puertas del Infierno (cuento)

Despertó, confundida, apenas recordando lo que había pasado. La caída la había aturdido, pero eso no impidió que se irguiera, tomando poco a poco conciencia de su situación. Su mirada, borrosa, pronto logró aclararse, para dejarla ver, frente a sí, la entrada de una profunda caverna, cuya oscuridad, limitada tan sólo por una lejana luz rojiza, le causó un instintivo temor incluso antes de que notara lo que estaba pasando. En efecto: en cuanto lo hizo, en cuanto recordó el fatal golpe en su nuca, y el humeante túnel que había podido ver apenas su cerebro dejó de funcionar, sintió un terror y un desconcierto como pocos hombres lo han experimentado. Había llegado al lugar más temido. Se encontraba, como tantas veces lo había fantaseado para su enemigo, ante las puertas del Infierno.
Lloró. Lloró desesperada, sin entender, al principio, por qué, qué había hecho para merecer tan hórrido destino. Entonces, lo recordó.
Había crecido en un hogar privilegiado, en uno de los más caros barrios de la ciudad de Buenos Aires. Desde muy niña se había visto rodeada de toda clase de lujos. Viajes, juguetes caros, servicios personalizados en su misma casa, todo lo que sus ricos padres habían podido darle.
Durante su infancia y adolescencia, nunca había tenido un capricho que no se le concediera. Era la niña de sus ojos, su única hija, a quien amaban con todo su corazón. Fue quizá todo esto lo que la convenció, de alguna manera, de que merecía estar donde estaba. Se veía a sí misma como una persona especial, de una posición superior incluso a la de sus mismas amigas. Lo más particular de todo, es que esto de hecho era así. Era tan hermosa que los muchachos de grados superiores la llenaban de regalos y de ofertas para los fines de semana. Tan inteligente, que sus profesores no perdían ocasión de halagarla. 
Sin embargo, esta no era la principal causa de su orgullo, no. 
Prácticamente desde que tenía memoria, sus abuelos, tíos y padres, la habían educado en la fe como el más importante valor de una persona. Incluso antes de tener consciencia plena de de lo que significaban, se había memorizado el Confiteor-en su latín original-, y ciertos versos del Dies Irae.
Ya de adolescente, se convirtió en una conocida activista en redes sociales, siempre en pro de lo más extremo del conservadurismo argentino. Tanto prosperó, que con dieciocho años, terminada la escuela secundaria, decidió estudiar Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en una de las más prestigiosas universidades del país.
Fue allí que conoció a Andrés. 
Alto, imponente y de mirada temible, daba algunas de las materias que ella prefería. Se conocieron en sus clases, y pronto quedaron asombrados el uno por el otro.
Fue él quien la invitó a colaborar en su siguiente trabajo. Tras conversar durante varios meses, y finalmente convencerse de que ella era ideal para semejante rol, optó por ofrecerle escribir algunos capítulos de una obra colaborativa en que estaba trabajando. 
Junto a ellos, escribiría el doctor Juan Manuel Ortiz, un caballero canoso y temeroso de Dios, quien, sin embargo, pronto se retiró del proyecto.
¿La razón? No le agradaba el rumbo que este estaba tomando.
Aún siendo un señor mayor y casi tan conservador como Alma, tenía algo que sin duda alguna le faltaba a nuestra pareja de escritores: temor por la visión que de él tendría la gente.
El tiempo pasó, y lo que empezó como un pequeño aporte en la gran batalla política en que se encontraba Sudamérica a mediados de la década de 2020, se transformó en uno de los ejes centrales de la misma. El libro fue un éxito, lo cual sumado a su belleza y habilidad retórica, la propulsó hasta donde nunca lo había imaginado, llegando a relucir incluso más que su antiguo profesor. Y todo esto, con apenas 26 años.
Se la pasaba viajando junto a él de país en país, paseándose por universidades, escuelas y centros de convenciones, reuniéndose con políticos y autoridades de diversas naciones. Sus cuentas en redes sociales alcanzaban las seis cifras, y había participado en algunos documentales sobre su materia, recibidos con entusiasmo por aquellos que la admiraban.
Tenía, al fin, toda la admiración que siempre había, en el fondo de su espíritu, deseado. No le gustaba reconocerlo. Era impropia de una buena cristiana la arrogancia, y ella lo era. Una verdadera guerrera de Dios, como le había dicho su madre.
Porque sí, estimado lector: no se equivocaba el señor Ortiz al temer por su imagen, puesto que, aún con su influencia, la pareja no había ganado fama a la par que prestigio. Eran admirados, pero por sobre todo y ante todo, en los círculos más radicales de las derechas del continente.
Entre los que no formaban parte de tal entorno, y especialmente entre los académicos, su imagen era la de personas sin nada que aportar, excepto ideas que poco bien harían.
Y no se equivocaban. En su breve tiempo de actividad, ambos habían logrado coordinar a grupos políticos muy diversos, pero con un sólo fin: revertir lo que llamaban la dictadura de la igualdad.
Desde neonazis, hasta liberal-conservadores y amantes de dictaduras, todo cabía bajo el paraguas del movimiento. Es curioso pensar en cómo jóvenes y adolescentes por millares, quizá atraídos por el magnetismo de sus representantes-entre los que Alma destacaba-, se adherían a este pensamiento. O quizá, no tanto. Después de todo ¿No decía Nietzsche que a las actitudes atrae el hombre común?
Un fuerte ruido la sacó de sus pensamientos.

-Día de Lágrimas aquél Día, en que resurja de sus cenizas, para el Juicio el hombre culpable.-cantó un celestial coro desde el interior de la caverna. En otros tiempos y otras circunstancias, esas palabras le hubieran suscitado las más deliciosas fantasías sobre los malvados recibiendo su merecido. Pero no ahora. No aquí.
Ya con treinta y cinco años, se había convertido en la intelectual orgánica de varios gobiernos del continente. Su imagen era conocida en todas partes de América e incluso en la lejana Europa, donde se encontraba dando una gira presentando su nuevo trabajo. Sin embargo, no todo era placer en su vida de poder y creciente fama.
Asesora de más de un gobierno, todos reaccionarios como a ella le gustaban, contaba con grandes responsabilidades, tanto para "bien" entre infinitas comillas, como, y muy especialmente, para mal.
Fue un 23 de Abril del año 2036, cuando se encontraba preparándose para su siguiente conferencia en su habitación de hotel en Madrid, que vio a Andrés entrar en la habitación, sosteniendo un teléfono celular, y con rostro de preocupación.

-Tenemos que volver a Argentina.-le dijo, después de cortar-Esos zurdos de mierda están causando problemas otra vez.

-Cuánto terror habrá en el futuro, cuando el Juez haya de venir, a juzgar todo estrictamente,-volvió a exclamar el coro, mientras un extraño ruido, como el de risas de hienas, empezaba a escucharse desde el interior de la cueva.

Sin tener mucho más que hacer, ni a donde huir, Alma sólo pudo incrementar su desesperación. Recordó entonces sus oraciones de niña, junto a su fallecida abuela.

Tras aplazar todas sus presentaciones en el país y tomar el primer avión hacia Buenos Aires, pasó la noche entera en el aire sin poder pegar un ojo. Nunca se hubiera imaginado, tan sólo una década atrás, que la Providencia iba a favorecerla hasta ese punto. Y sin embargo, hacía mucho que no tenía un momento de paz.
El Foro de Madrid, sede de la principal organización de partidos conservadores del mundo hispano, había contado con ella el día de su fundación. Al momento de crearlo, nadie sospechaba que en unos pocos años las principales naciones latinoamericanas tendrían a sus gobiernos dirigidos por miembros del mismo. La República Argentina en particular, se encontraba bajo el mando del señor Patricio León Mora, del Frente Nacional. Hombre duro, de gran carisma y carácter explosivo.
Su administración había generado una crisis política sin precedentes en el país, no tanto por su administración económica como por su autoritarismo y tendencia a resolver los problemas a balazo limpio. Tendencia que Alma siempre había aplaudido.

-Señor-dijo, mientras se ponía de rodillas, y apuntaba su vista al rojizo cielo-Por favor, en mi momento de mayor necesidad, no me abandones.-no hubo respuesta, y por si el silencio del Creador no fuese suficiente, escuchaba las risas cada vez más cercanas, cada vez más fuertes-¡Por favor!-gritó, mientras grandes lágrimas recorrían sus mejillas-¡Te serví toda mi vida! ¡Dediqué toda mi carrera a hacer tu voluntad!

Nuestra reconocida politóloga jamás regresaría a España. Como asesora de León Mora, se vio obligada a quedarse en un país en llamas. Con el paso de los meses, la situación no pudo más que empeorar.
Las cosas pasaron tan rápido que era hasta sorprendente. En un plazo de semanas tras su última reunión con el presidente, una rebelión generalizada terminó con decenas de miles enfrentándose a la policía en torno a la Casa Rosada.
Intentó escapar, pero le fue imposible. Mientras ella y Andrés se dirigían hacia el aeropuerto más cercano, fueron emboscados por una violenta y enfurecida turba. Lo último que llegó a ver, antes de ser sacada a la fuerza del vehículo y linchada ahí mismo, fueron los temerosos ojos de su admirado profesor, quien presionaba con fuerza su mano.

En ese momento, una risa especial, de una voz mucho más profunda, irrumpió en la escena.

-¿Su voluntad, o la mía?-la cuestionó la voz-Alma estaba paralizada-¿Crees en verdad, después de todo lo que hiciste, que eres digna de compartir la Gloria de los resucitados? ¿Haz olvidado acaso cuando recomendaste aplastar a quienes se opusieran a tus amigos en el poder, aún sabiendo las consecuencias que eso tendría? ¿No recuerdas cuando promocionaste a los seguidores de las peores ideas que ha dado la humanidad, o cuando engañaste a multitudes sin pensarlo dos veces, con nuevas tan falsas que ni el viento las querría? Ni siquiera ante las puertas de mi reino tuviste la humildad de reconocerte pecadora, y tuviste el tupé de reclamarle a tu Señor por tu destino.

Alma no alcanzó a decir nada, mientras entre las penumbras de la caverna lograba identificar tres siluetas, que pronto se convirtieron en tres...¿Hombres? No, no podían serlo. Su piel era gris, y  contaban con un par de alas pequeñas. No tenían pelo, y esos ojos...esos horribles ojos, fríos y sin alma, causaron que hiciera por primera vez un intento de huir. Pero las criaturas fueron más rápidas, tomándola del cabello, y empezando a arrastrarla hacia la oscuridad. Antes de quedar totalmente atrapada en esta, miró al cielo y exclamó un último "por favor", desde lo más profundo de su espíritu, con un pavor mas allá de lo imaginable.

-Apártate de mi, maldita-dijo una tercera voz, potente como si estuviera compuesta del rugido de un león-, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles.