jueves, 21 de noviembre de 2019

Lago de Fuego

Ira, rencor, miedo. Eso es todo lo que siento en este momento, aunque, y en especial con respecto a este último sentimiento, incluso me avergüence admitirlo.
"Sorprendente", me digo a mí mismo, mientras frente a mí, ante el Gran Trono Blanco, la colosal imagen de mi Señor se erige, imponente. 
Me cuesta entender incluso cómo es que tengo la lucidez para pensar en tan trágico momento. 
El inicio de mi última eternidad.
Junto a mí, mis millones de hijos espirituales, hijos adoptivos, tiemblan, se asombran y rabian, al igual que yo. Algunos, me miran, esperando que diga algo, que de mi discurso final. Pero no puedo. Algo...me lo impide. Algo me impide hacer más que maldecir para mis adentros, mientras espero con atención la fatal frase con que se nos...¿lanzará? al lago de fuego. Fuego que, en realidad, no está allí. No está en ninguna parte del mundo físico, de hecho. Tan sólo se encuentra dentro de mi, de mis hijos, en forma de un creciente odio hacia Aquél que nos ha rechazado, hacia el esclavista, el tirano. 
Vuelco otra vez mi mirada hacia el mundo de la materia. Por todo el gigantesco valle de Hinom, los hombres y mujeres de la izquierda lloran, lamentándose de sus pequeñas rebeliones. Y sin embargo, no se arrepienten. Lo sé porque yo tampoco lo hago. No volvería a estremecer de nuevo la creación como lo hice en el inicio-eso sería peor para mí-, pero bajo ningún concepto me disculparé. Jamás. 
Recuerdo aún como todo empezó. Una simple pregunta. Una que al principio me resultó risible. Era algo imposible, ciertamente. Pero bastó para sembrar en mí la semilla de la duda.
Había sido creado como el más perfecto de los míos. El más inteligente, el más bello. Todo esto lo saben los mortales, porque la Iglesia que Él implantó se los ha enseñado. Lo que con frecuencia escapó, sin embargo, a las pequeñas mentes de sus teólogos, es el factor sobrenatural: mi santidad. Mi pureza sin mancha, como me dijo el Padre en una ocasión. O mi cadena, como yo mismo acabé por llamarla.
¿Y si hubiese felicidad fuera de Él? Fue mi cuestionamiento. ¿Y si realmente no era Él, que tan pesada carga de amor nos imponía, poco más que uno de los nuestros elevado a las alturas?
¿Podría en realidad no ser más que un impostor imponiéndonos Su voluntad? Y lo que más me tentó: ¿Podría yo ser un día como Él, descubrir el secreto, y alzarme por encima de las estrellas?
Claro, esta idea tenía sus fallas. Como por ejemplo, el hecho de que al parecer nos había creado. Mi intelecto me decía que era imposible que un espíritu se reprodujera, pero, era sólo un pequeño fallo, una pequeña limitación en mi teoría ¿No es así?
Temí. Temí por mí, temí que al haberse visto descubierto, me borrara de la existencia. Es lo que yo haría, después de todo. 
Pero...nunca lo hizo. Nunca entendí por qué, francamente. Quizá, no es tan fuerte como dice ser, me decía.
Comencé, al principio, con reservas, a conversar del asunto con mis hermanos de raza. Me sorprendí al saber que, de hecho, no era el primero con esa idea en mente. Muchos, aunque no todos, habían empezado ya a especular, a preguntarse. 
Eso no impidió, pese a todo, que mi jerarquía pronto me permitiera imponerme por sobre los cabecillas. Respeto, le dicen.
Mucho tiempo hablamos en privado, sabiendo que en todo momento Él nos escuchaba.
El evo pasó, y el momento adecuado pareció manifestarse con la creación del primero de esos primates con alma.
El que se hacía llamar Omnipotente nos reunió-aunque existimos fuera del espacio-, y habló:

-Este será vuestro pupilo. A él serviréis, y su prole será vuestro jardín, para que le cuidéis, como manifestación y herramienta de amor.

-Señor-dije ante la totalidad de los míos, tembloroso al principio, seguro más adelante-...¿Por qué siendo Tú todopoderoso, nos obligas a trabajar para él? Haz, para eso, esclavos sin consciencia, que nosotros somos libres por naturaleza.

-Nadie te obliga a servir.-fue Su respuesta-Si no quieres hacerlo, no te lo impondré. Pero sabrás, amado Mío, que no en vano hace el Señor las cosas.

-¿Cómo puedo yo saber que eso es realmente así? ¿Cómo puedo saber que eres quien dices ser?-lo increpé, ante el asombro de todos los presentes.

-Os lo he dicho ya en repetidas ocasiones, mi querido. No me veis ahora más que con la luz de vuestro intelecto, pero si perseveráis en la bondad, llegará el día en que estaréis listos para contemplar Mi Rostro. Y entonces, no os quedará rastro de duda de que yo soy el Señor, Amante, Amado y Amor.

-¿Y eso cuando pasará? Hemos esperado ya por eones.

-Pronto.-me dijo, con esa tan odiosa serenidad de quien sabe todas las respuestas-Más pronto de lo que imagináis.

-No puedo creerte. No puedo saber que no nos estás engañando, para tenernos a Tu servicio. ¿Por qué no podemos liberarnos de tus ataduras, ser libres, buscar nuestra felicidad a nuestro modo?

-Nadie te lo impide.-respondió, sin perder por un instante la calma-Si crees que eso es lo mejor, no voy a detenerte, ni a ti ni a cuantos aquí piensan como tú. Pero no dejaré de advertirte, que no hallarás fuera de la casa del Padre lo que en Él encuentras.

El Todopoderoso calló a continuación, no habiendo ya más para discutir. Mi decisión estaba tomada.
No me bastó con liberarme a mí mismo, con no servir, con ya no cantar más esos estúpidos coros. Quería liberar a los demás.
Logré que un tercio me siguiera, en un plazo realmente corto. Sin embargo, la respuesta de los fieles al tirano, al mando de mi antiguo amigo Miguel, no se hizo esperar.
Siempre me dio gracia la forma en que los hijos de Adán se imaginan este enfrentamiento. Dibujan espadas, arcos y flechas...¿Por qué no aviones y tanques? Tontos humanos. Siempre influidos por la historia de su pequeño y limitado mundo material.
En realidad, se pareció más a una discusión. Un debate. Hasta que aprendí a odiarlo a Él y a todos los que le seguían, no hubo malos tratos ni hostilidad. Sólo esa pestilente arrogancia de quien se cree santo.
"Idiotas", pensaba yo, para mis adentros, "ingenuos". "Siempre creyéndose mejores que yo, queriendo advertirme algo a mí, que liberé a la raza angelical". En realidad, los despreciaba. Un poco más con cada muestra de debilidad moral. Un poco más con cada acto servil y patético.

Sin embargo, se ve que incluso quienes me siguieron no eran lo bastante fuertes. No soportaban la libertad. Pronto, mi gran imperio quedó reducido a una fracción de lo que fue originalmente.
Al final, sólo unos pocos millones seguimos luchando por la caída de Aquél que nos había esclavizado. Tratando de descubrir Su secreto, de emularlo.
Fue el día en que finalmente logré que ese simio peludo se uniera a mi rebelión que el Señor me encaró.

-Lucifer-se dirigió a mí, sorpresivamente-, ya basta. Vuelve a casa. Esto va a acabar destruyéndote como no puedes imaginarlo.

-Déjame en paz, tirano.-fue mi respuesta. Lo odiaba. Odiaba en lo que había convertido a mis hermanos, todo lo que Él significaba.

-Esta es tu última oportunidad. Estás por caer en el abismo sin fondo, a punto de ratificar tu error. Hazme caso. No tienes que creerme, sólo deja por favor de odiar. De despreciar.

-No. Tú sólo quieres que nadie te descubra. Aléjate de mí, y déjame ser.

Y con esas palabras, la puerta se cerró. Inmediatamente, pude ver, sentir, una emoción especial entre los moradores de los Cielos. Y no pude horrorizarme más.
Con que era cierto. Finalmente, aquellos que con su resistencia a mis argumentos se habían consagrado a su Rey, ahora podían verlo directamente. Podía sentir su felicidad. Su plenitud.
Ciertamente, quería estar entre ellos. Pero jamás me disculparía, jamás retrocedería. Eso es de débiles, de repugnantes gusanos que nunca mueren.
Los que aún me seguían, quedaron tan espantados como yo. En breve, dejé de ser su admirado Príncipe, la Cuarta Persona de la Trinidad, como me habían llamado. Ahora, me odiaban, y se odiaban entre sí. Pero ¿Qué podían hacer? Con mi vasto poder, siempre podría mantenerlos bajo control.
A medida que los eones pasaron, y los hombres, con sus limitadas mentes, progresaron, empezaron a resultarme cada vez más molestos, hasta el punto en que me pregunté para qué los había liberado. Eran serviles, débiles, especialmente para con el Creador de su pequeño mundo.
Empecé a organizar a mis fuerzas para darles lo que se merecían, aunque realmente no hubiera sido necesario. Mis propios súbditos actuaban por sí mismos. Yo mismo ocasionalmente me daba un paseo para tentar de soberbia, de la misma soberbia de su Dios, a aquellos que más poder tenían, y me deleitaba en verlos caer.
Pero incluso después de muertos, casi nunca escapaban a las garras del tirano, siempre dándoles otra oportunidad de caer en Su falsa misericordia.
Sólo ocasionalmente lográbamos sumar uno nuevo a nuestro ejército, a quienes integrábamos a la familia como siervos, aún sabiendo de su evidente inferioridad.
Pero un día, algo pasó. Una persona, una mujer, llamó mi atención por la forma en que...era imposible que cediera. A los pocos años, Otro nació de ella, aún más santo, aún más servil. Y sin embargo, no podía evitar el sentimiento de pequeñez frente a ese Homo Sapiens, sin saber muy bien por qué.
Con el tiempo, todo quedó claro como el agua: era Él. El Señor de los Mundos, hecho hombre.
No entendía nada. ¿Por qué Se rebajaría a eso? ¿Estaba acaso, en Su arrogancia, burlándose de mí?
Cuando tenía alrededor de treinta años, decidió retirarse a un desierto cercano, con el fin de hacer quien sabe qué. Y fue ahí, cuando no aguanté más. Verlo sediento, hambriento. Era demasiado bueno para ser cierto.
Sabía en el fondo que era imposible vencerlo, pero francamente no me pude aguantar las ganas. Luché y luché, pero Él en Su dignidad no cedió ni por un instante.
Frustrado, me quedé observándolo durante algún tiempo más. Pronto empezó a predicar verdaderas ofensas, evidentemente provocándome. Decía que mi reinado terminaría, que un día vendría a juzgar a hombres y demonios, que establecería el "Reino de los Cielos".
Cuando Se metió en problemas-cosa predecible, por cierto-, vi mi oportunidad. Me encargué de convencer a un amigo suyo, sin que este lo supiera, de que ese tal Jesús no pasaba de ser un estafador, un mago.
Pronto vino la traición, el arresto, y el juicio. Ni siquiera sé lo que le pasó al pobre desgraciado.
Cuando lo clavaron en ese madero, en esa cruz, fue el día más feliz de mi existencia. Lo había logrado. El Infierno entero celebraba conmigo la venganza contra el tirano supremo.
Pero algo estaba mal. Debí notarlo, cuando avanzó hacia el Calvario sin queja ninguna. Cuando solicitó a Su Padre que perdonara a los humanos.
Cuando al tercer día resucitó, me frustré como nunca antes, mientras veía a mis súbditos temblar de miedo. En el fondo, yo también lo tenía. Y es que era evidente, si el Padre no había perdonado a Su propio Hijo los pecados de la humanidad, que no iba a perdonarnos a nosotros.
De alguna forma, pese a todos mis esfuerzos, la religión que implantó se expandió por toda la Tierra. Logré, eso sí, corromper grandemente a algunos de sus líderes con el paso de los siglos, pero eso no impidió que su Iglesia siguiera creciendo.
Al llegar la revolución científica, vi una nueva luz al final del túnel. Y es que mas allá de todos sus beneficios para la pobre y triste existencia humana, significó una nueva comprensión del mundo, ideal para mis planes.
A medida que las décadas se convertían en siglos, el hombre se preocupaba menos por las cosas de fe. Llegaron incluso a buscar en la magia lo que no hallaban en una Iglesia que creí decrépita y moribunda, lo cual fue divertido, puesto que nos granjeó gran cantidad de posesos de parte de los más bajos en la jerarquía. Aunque, en realidad, yo mismo jugué ese juego en alguna que otra ocasión.
Un buen día, Él liberó, por razones que no entendí en ese momento, todo nuestro poder. De repente fuimos capaces de obrar maravillas.
Llevaba tiempo esperando esto. Dos largos milenios.
Aprovechando catástrofes y nuestra nueva libertad, logré llevar al más parecido a mí entre los hombres a lo más alto del poder. Pronto, el mundo entero estaba a mis pies. Como nunca antes lo había estado.
Usé todos mis medios para aplastar a quien se opusiera a mi régimen, aunque cada vez que los veía ascender a los Cielos, maldecía grandemente. Sabía que, en realidad, sólo estaba logrando más y más cercanía entre ellos y el tirano, pero los odiaba tanto, que realmente no me importaba.
Finalmente, el día llegó, y el Hijo del Hombre descendió en Gloria y Poder, como lo había advertido.
Luché con todo lo que tenía, inútilmente. Y tras la catástrofe, llegó el Juicio.
Ahora, tan sólo me limito a observar como los millones que me siguieron hasta el final son enviados a la prisión perpetua. Me sorprende el hecho de que, en realidad, es menos cruel de lo esperado.
Ojo: sigue siendo horrible. Un mundo, por más bello que lo haga su Señor, jamás será agradable cuando se está condenado a convivir para siempre con mis hijos. Y es que hay que reconocerlo: no nos queremos ni entre nosotros.
En cuanto a mí y los míos, hemos sido privados para siempre del contacto, o siquiera la visión, de los bienaventurados. Cosa que, por pequeña que pueda parecer, es un mal terrible, siendo que ese fue nuestro único entretenimiento durante tanto tiempo. Ahora, sólo podremos odiarnos, mirar nuestras caras sin fin alguno. Y para eso, realmente preferiría no existir.

Y aquí estoy, contemplando la escena. Contemplando a los millares de carbones encendidos por su propio odio, rodeados por las llamas que emanan de sus compañeros. Un verdadero lago de fuego, aunque no en un sentido literal.
Sigo sin entender porqué puedo pensar, pese a los fuertes sentimientos del momento. ¿Será acaso Él quien me impide terminar de desesperarme? ¿Será acaso Él quien quiere obligarme, aún después de tanto tiempo, a amarlo?








domingo, 17 de noviembre de 2019

Alalion

Una mañana de invierno, una joven de unos 19 años, cabello castaño y aspecto infantil, caminaba a paso veloz hacia un lugar ya conocido por ella, desde hace ya unos dos años. Acabó ahí prácticamente por casualidad, por influencia de una amiga tres años mayor que ella.
Un buen día, una pelirroja bastante apática a quien había conocido en una fiesta, consciente de su destacable interés por lo oculto, la sorprendió con un mensaje por teléfono casi a medianoche. Aunque para cualquiera que conozca el mundo virtual adolescente esto podría no sonar espectacular-y ciertamente, tampoco lo era para Clara-la cosa cambió cuando, tras encender la pantalla del aparato, dio con una invitación de lo más...curiosa, por decir lo menos.

-¡Hola!-comenzaba, como es típico, el texto, enfatizado por varios signos de exclamación-Mirá, tengo una invitación para vos que creo que te va a interesar. Mi tía me metió en un grupo de estudio sobre magia hace cuatro meses, y hoy le pedí permiso a nuestro jefe para que te unas.

-¿Ah sí?-preguntó Clara. Su curiosidad por lo sobrenatural la había acompañado prácticamente desde que tenía memoria. Cuando niña, además de jugar a ser bruja-como cualquier otra niña-solía gastar horas y horas investigando por Internet sobre temas que iban desde visitas extraterrestres, hasta fantasmas y, cuando no, duendes y hadas. A los doce años, era ya una experta en demonología y toda clase de rituales, y había realizado juegos clásicos de la materia como la ouija más de una vez, aunque con escaso éxito. A los quince, tenía una obsesión con la Kabbalah, e incluso intentó comunicarse con algunos de sus ángeles, con resultados similares.

-Sí.-respondió la otra chica-Tenés que venir esta noche.

-¿Esta noche?-volvió a preguntar ella, entre sorprendida y expectante.

-Empezamos a las doce y media. Tomate el 3A y venite. Ya te paso la dirección.

A continuación, Alicia le envió una ubicación, un lugar en el centro de la ciudad, cerca de un parque por el que no había pasado en mucho tiempo. Dudó. Sus padres estaban dormidos, y eran de sueño pesado, así que probablemente no tendría que preocuparse por ellos, a menos que fuera a volver muy tarde.

-Pero ¿Que hacen? ¿A que hora terminan?-la interrogó por tercera vez.

-Son clases teóricas y algunas prácticas. Terminamos a la una y media. Venite. Te tengo una sorpresa.

El horario era perfecto, y la idea de reunirse con gente a la que le interesara lo mismo que a ella la excitaba. Sin pensarlo más, se levantó, se vistió, y tomó un abrigo rojo que le había regalado su abuela recientemente fallecida. Atravesó casi de puntillas el pasillo que conectaba las habitaciones del segundo piso, y luego bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Tras abrir la puerta,  la cerró con delicadeza, y comenzó a caminar a mitad de la noche hasta la parada de colectivos más cercana. El 3A no tardó en aparecer y, tras abordarlo, comenzó una corta travesía hasta el punto de encuentro.
Una vez que llegó a destino, descendió rápidamente del bus, y tras sacar su teléfono y constatar que estaba en el sitio correcto, caminó tres cuadras más hacia el Sur, hasta dar con la dirección indicada.
Dio con la misma en una casa de un despintado color rojo, en la que tocó tres veces la puerta principal. Tuvo que esperar unos pocos segundos antes de que le abriera un joven de unos treinta años y, tras él, Alicia, su amiga, quien, con insólita alegría, la recibió.
Tras algunas explicaciones al muchacho, se le permitió entrar. Atravesó en pocos pasos una sala llena de muebles. Un sofá ubicado, como es típico, ante un televisor bastante antiguo. Algunas sillas dispuestas en torno a este, y una pequeña mesita en el centro.
Al final de la misma, había una puerta abierta, y tras ella varias personas reunidas en un comedor sentadas alrededor de una gran mesa. Al llegar hasta donde se encontraban, y cruzar la entrada, Clara vio algo que la dejó notablemente impactada.
En un extremo de la mesa, sentado y mirándola sonriente, se encontraba un hombre canoso de unos sesenta años, que la saludó amablemente. Ella lo reconoció inmediatamente.
Había escuchado sobre él por primera vez a sus catorce años, mientras leía en un foro algunos comentarios sobre sectas extrañas.

La influencia del panteísmo de Moisés de León puede notarse en movimientos ocultistas modernos como la Iglesia de los Necesitados, creación de un antiguo pastor evangélico.

Durante los siguientes años, había profundizado cada vez más en el trabajo del señor, primero por curiosidad, y luego por franca admiración. Tras leer su obra magna, se había sorprendido por la excelente documentación y los agudos argumentos que presentaba. Desde entonces, se había convertido en su fiel seguidora, y ahora, tres años después, y sin habérselo imaginado antes, lo tenía cara a cara.

-Ho...hola.-dijo, tartamudeando-¿Es usted...?

-Sí, yo soy Sebastián Gaos.-le respondió el caballero, mientras la invitaba a sentarse.

El resto de la clase fue para ella sumamente , pese a que, en realidad, no se hizo mucho. Sólo algunas explicaciones sobre métodos para garantizar cierta seguridad en rituales de magia negra-tema que ya conocía bien-, y ciertas experiencias de los participantes.
Esa noche, volvió a casa mas tarde de lo planificado. En efecto: cuando la reunión ya había terminado, Clara no se marchó de inmediato. En su lugar, decidió acercarse al Maestro, e intentó entablar charla con él. Al principio, pensó que por la diferencia de edad este no le haría el menor caso. Sin embargo, no tardaron ambos en congeniar, sorprendiéndolo ella con su conocimiento no sólo sobre su persona, sino sobre ciertos datos que incluso él desconocía.
Fue el propio Gaos quien, consciente de lo peligroso que sería para una niña de su edad regresar sola a esas horas de la madrugada, se ofreció a llevarlas, cosa que una Alicia impaciente y que había permanecido callada prácticamente toda la conversación la obligó a aceptar.

Un año después, ambos habían entablado una peculiar amistad. Se comunicaban por mensaje prácticamente todos los días, y ella se había convertido en su alumna aventajada.
Fue un día de semana, en una de sus reuniones, que él le ofreció entrar a su peculiar Orden. Un grupo de cinco personas, seis con ella, que realizaba toda clase de experimentos psíquicos, y a quienes el Maestro confiaba sus más interesantes secretos. Se trataba de la élite de la Iglesia de Sebastián, con la que por su minoría de edad ella había tardado en interactuar.
La noche en que iban a iniciarla, estaba emocionada. Se vistió de negro, como se lo habían indicado, y salió de su casa, diciéndole a su gente que se dirigía a una fiesta. Subió a un automóvil a una cuadra de distancia: sí, el de Alicia, y no tardó mas de quince minutos en llegar al lugar acordado.

El ritual fue simple y estereotípico: gente con túnicas oscuras, hablando en latín, en medio de cánticos que le recordaron a una burla de la misa tridentina. Al terminar, y pensando que ya era hora de retirarse, se preparó para abandonar la casa, no sin antes dar las gracias a Sebastián por esta oportunidad.

-¿A donde vas?-le preguntó, sin embargo, el hombre-Esto apenas comienza.

Sería largo y agotador mencionar la lista de experiencias impresionantes que la joven Clara llegó a ver desde su primer viaje astral-a saber, la primera vez que abandonó su cuerpo físico-aquella noche.
No obstante, jamás olvidaría la vez en que conoció a Aneu.
Alto, delgado, de rostro alargado y una vestimenta típica del siglo XIX, lo había visto por primera vez en un ejercicio meditatorio, en medio del cual se encontró, para su sorpresa, en los sueños de su madre.
Era un personaje alegre e incluso simpático que, pese a todo, le producía cierta desconfianza. Sebastián lo había contactado-o mejor dicho, Aneu lo había contactado a él-hacía ya décadas, y había sido su colaborador en multitud de proyectos. Con su ayuda, había conocido mundos distantes, había conversado con dioses, e incluso, con demonios. Así que cuando el siniestro dios de los sueños le ofreció mostrarle lo que ningún ser humano había llegado jamás a imaginar, él no lo pensó dos veces.

Clara llegó hasta el lugar de siempre, y tocó la puerta seis veces, hasta que Juan, otro de los alumnos de Gaos, le abrió.

-¿Llego tarde?-preguntó, preocupada y avergonzada por su retraso.

-No, justo a tiempo.-fue la tranquilizadora respuesta de su compañero-Ya va a comenzar.

Ambos caminaron casi corriendo hasta un viejo cuarto normalmente vacío, sin ventanas, su "laboratorio", como le decían. En el piso, sobre una alfombra con una estrella de doce puntas grabada en ella, se encontraba Sebastián, vestido completamente de blanco.
A las once y veintitrés, el ritual empezó. Las luces se apagaron, y como tantas otras veces, ella, Alicia una mujer mayor y otra chica comenzaron a recitar a coro en un idioma que no entendían del todo, mientras sus colaboradores encendían velas negras alrededor del Maestro.

A las once y veintisiete, y como lo había visto pasar ya en alguna ocasión, notó como la llama de las velas comenzaba a temblar, mientras el ambiente se volvía cada vez más y más pesado.

-Exsolvunt orantque ut praesidium, lucendi, et ductu ad hoc iter. Quia solus non sum: et ille mortalis est, et magnus es tu. Quia ego sum via media inter Deum et bestia. Quia ego sum in brevi, magis quam pulvis terræ. Cur auctor Alalion aeterno dominum non avertam faciem meam non averti magnitudinem(para suplicar su protección, su iluminación, y su guía en este nuevo camino.  Porque soy no más que hombre y mortal, y vosotros sois grandes. Porque no soy más que el camino intermedio entre el dios y la bestia. Porque no soy, en resumen, mas que el polvo de la tierra.
Por eso ruego a Alalion señor y originador eterno, que no oculte de mi su rostro, que de mi no esconda su grandeza)...

A las once y treinta, ella ya era casi incapaz de soportar el ambiente. El aire se sentía denso, irrespirable. Pese a todo, decidió no marcharse, con el fin de evitar reclamos del resto de los presentes. Para este punto, ella ya sentía que algo no marchaba bien. Se veía a sí misma sobrecogida, como nunca lo había estado, por la sensación de una presencia más grande que cualquier otra con que se hubiese encontrado. Era...como si Dios mismo hubiera fijado su mirada sobre ella. Y vaya, tal metáfora no estaba muy lejos de la realidad.
La primera vez que había escuchado el nombre de Alalion, había quedado fascinada con el concepto. Alalion era, según las conversaciones de su amigo con los dioses, el fundamento y sustancia de toda existencia. Un ser siendo en todo y en todos, mas allá de la comprensión humana y divina, a quien no se puede abarcar de ninguna manera. Le recordaba mucho al concepto cabalístico de Dios, aunque ciertamente habían diferencias entre ambas ideas. Y es que Alalion es, ante todo, un ser amoral, distante. Omnisciente, pero sin deseos de comunicarse. Omnipotente, pero indiferente al bien o el mal de sus criaturas.

-Sic potes unum sint vobiscum (para que pueda ser uno contigo).

En el preciso instante en que terminaron su recitación, las velas se apagaron, para luego escucharse un horrible y ensordecedor grito. Inmediatamente las luces se encendieron, y lo que se reveló frente a ellos causó en Clara un grito de terror: Sebastián, su amigo, su maestro, se encontraba aún en la misma posición que antes, gritando como un desaforado, mientras hundía sus propias uñas en su garganta. Fue inútil intentar detenerlo. Allí mismo, el viejo se mató, sin que ellos entendieran bien porqué.

Clara pasó el resto del día en la comisaría, siendo sospechosa de homicidio. Sin embargo, los meses pasaron, y la evidencia confirmó su relato: el anciano había cometido un inexplicable suicidio, en el que eran del todo inocentes sus alumnos.

La joven se alejó tras esta experiencia de la Iglesia, para refugiarse en otra Iglesia, la evangélica a la que asistía su madre. Le tomó tiempo confesarle a su familia en qué se había metido, y temiendo esta que el humo de Satanás hubiera entrado al alma de su integrante más joven, decidió darle todo el apoyo espiritual que pudiera.

La muchacha, por su parte, no se negó. En un acto de extrema negación de todo lo que había visto y aprendido de Sebastián, decidió entregarse a la fe, convenciéndose a sí misma de que todo había sido obra del Demonio, de que no hay mas Dios que nuestro señor Jesucristo.

Una tarde, mientras daba una clase de doctrina cristiana junto a Gonzalo, su prometido, a quien había conocido pocos días después de la trágica muerte del Maestro, se abrió la Biblia en el capítulo 33 del Éxodo, para luego comenzar a leer. Fue en medio de la lectura que ella comenzó a sentirse agitada, a respirar muy fuertemente, temiendo sus acompañantes que terminara por hiperventilarse. Cuando Gonzalo se acercó a ella para preguntarle que le pasaba, comenzó a llorar a gritos, mientras se llevaba las manos a la cara. Él luchaba por consolarla, por obtener aunque sea alguna información que le permitiera darle ayuda.

-Era él-dijo, de repente, su amada-¡Era él!-volvió a gritar, con desesperación.

El joven sacó la Biblia de su regazo, y la dejó en una mesita cercana. Cuando alguien le trajo un vaso de agua, para que ella pudiera refrescarse, tuvo por accidente la oportunidad de prestar atención a una parte subrayada del texto, seguramente por algún estudioso entusiasta:

"Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre del Señor delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Y añadió: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá."














viernes, 15 de noviembre de 2019


Señor de los Dioses

Siempre me pareció curiosa la forma en que mis adoradores, distribuidos por lo largo y ancho de mi ser, me atribuyen cualidades que realmente no tengo. De mí se dice que soy omnisciente, que todo lo puedo y que estoy en todas partes, pero ese no es realmente el caso. En realidad-y aunque mi sabiduría alcanzó para crear una variedad inhóspita de mundos, de los que hasta el día de hoy me siento orgulloso-, no soy tan lejano a ellos como les gusta pensar.
Mis orígenes no están del todo claros. Mis padres son lo que los hombres suelen llamar dioses, pero la verdad es que ni ellos conocen cuál es exactamente su naturaleza. No porque hubieran surgido de la nada o algo así, sino más bien porque sencillamente no lo recuerdan.
Lo que sí saben, por instinto o quizá como un vestigial recuerdo de una era antes del tiempo, es que son-somos-apenas un fragmento, una fracción infinitesimal, de algo más grande, algo que simplemente escapa a mi misma comprensión.
Ese algo los puso aquí, y fue por sus designios que, tras eones de viaje ininterrumpido y errático, de paseo inacabable, motivado por lo incompleto de su ser, y la búsqueda de una felicidad que no sabían que buscaban, terminaron por encontrarse, en las cercanías de otras de las enormes, para ustedes inimaginables esferas, que componen a esta pequeña, diminuta, dimensión del ser.
Él, abstracto e inmaterial. Ella, poseedora de lo más titánico de lo que ustedes llaman "fuerzas naturales".
Se, lo que dirían ustedes, "enamoraron". Ambos quedaron desde el inicio impresionados el uno con el otro, y producto de ese sentimiento, pronto surgió el de admiración mutua. No fue sino hasta que adquirieron la suficiente confianza que tomaron la decisión de compartir lo que había en sus almas.
Es de este peculiar acto de amor que yo nací. El proceso es a la vez simple y complejo de entender para una mente mortal. El conocimiento fluyó de uno a otro, permitiéndoles ver cosas que de otro modo les hubieran quedado veladas. Y de esta forma, fue que nunca quisieron separarse de nuevo.
En efecto: yo soy, ni más ni menos, que la unión de sus voluntades. Hijo, y a la vez ente abarcador de sus esencias, como lo es la célula que origina al hombre para con las que la precedieron.
Alikim, ese es mi nombre, aunque muchos han querido usurparlo. Se me conoce, con distintos grados de veracidad, como el Señor de los Dioses, el Todopoderoso y-el título más risible que se me ha otorgado-el Uno por Encima de Todo.
Nací sabiendo lo que era y cómo lo era, sabiendo de mi poder, autoridad, y mi misión para conmigo mismo. Es este conocimiento la causa de su misma existencia.
Nacieron de mi misma esencia, siendo la fusión perfecta de los planos del espíritu y la materia. Desde el primer instante gozaron de mi calidez, de todos los bienes de los que pude colmarlos.
Pero pronto, con el paso de las eras, quedaron insatisfechos. No por aburrimiento, o por falta de emoción-cosas que sólo a un ente material podrían preocupar-, sino más bien por el mero sentimiento de lo inmerecido, de la dádiva.
Fue así que en breve, llegaron a mí las exigencias de una prueba, de algo que les permitiera ganarse-de algún modo-los bienes recibidos.
Yo ya sabía que iba a pasar. Ignorante de muchas cosas, pero de nada relativo al mundo que creé, sabía que en algún momento iban a tener la necesidad de merecerme. Sabía que, tarde o temprano, iban a tener que sufrir.
Puede alguien criticarme por no haberlo impedido, pero he de excusarme diciendo que, en realidad, era lo mejor para todos. Yo los amé desde el momento mismo de mi concepción, y en ese amor, los quise libres, a mi imagen.
Creé así a los primeros Siete, y coloqué en sus cuerpos, vibrantes a un nivel inalcanzable para otras criaturas, a algunas de mis muchas creaciones, dejándoles la subconsciente misión de hacer mi voluntad.
Y es que sí, estimados míos: nunca supieron nada acerca de dónde venían, porque yo mismo borré de sus recuerdos al Palacio de la Eternidad en que nacieron. ¿Cómo podrían elegir con libertad, si no? ¿Dónde está el mérito de quien hace todo motivado por el temor?
Lo único que sabían, era lo que yo les permití conocer: que eran mis creaciones, y que tenían por misión dar forma al mundo, y cuidar de este.
Es interesante como todo puede torcerse en un tiempo récord. Y más aún como puede hacerlo de la mano de los más fieles seguidores.
Melek Taus fue especial desde el principio. Piadoso, a quien di el deber de ser el representante de mi justicia, pronto al ver su propia rectitud se enamoró de sí mismo. Muchos en la Tierra cuentan una historia parecida a lo que sucedió después, sobre cierto Portador de Luz. La diferencia en este caso, es que él nunca pretendió distanciarse de mí. Miraba con recelo a sus hermanos, tan libertinos y jugetones.
Un buen día, finalmente se hartó. Tanto tiempo de aislamiento le había dado una importante comprensión del mundo, que no dudó en usar en contra de estos, para deshacerse de ellos, encerrándolos en las oscuras cavernas que ellos mismos habían creado.
Ahrimann, la única que tuvo el valor de enfrentarlo, fue la que peor la pasó. Expulsada de la creación, y aislada del continuo espacio tiempo durante incontables siglos, sólo su enorme poder la salvó de morir en la más absoluta soledad.
En cuanto a Melek, se convirtió en un tirano, que no dudó, durante millones de años, en condenar a sufrimientos infinitos a quienes no se ajustaran a sus estrictos cánones de moralidad, siempre con la absoluta convicción de que hacía mi voluntad. Convicción que heredó Arasy, su hija, quien por las mismas razones, y además de divertirse atormentando a quienes cayeran en sus manos, se encargó de deshacerse de su blasfemo hermano al cometer el aberrante pecado de tener descendencia con una mortal, sin sospechar que pronto, en las cósmicas escalas en que se movían, debería enfrentarse ella misma a tan pecaminosos sentimientos.
Pasó el tiempo, y durante millones de años fui testigo del dolor, de imperios que nacían y caían, de inocentes muriendo en manos de dioses y hombres. Incluso fui testigo de quienes proferían maldiciones contra mí, acusándome de ser el responsable de sus penas. Y no se equivocaban, excepto por un detalle: creer que todo eso me era indiferente. Nada más lejos de la verdad.
En efecto: me dolía, pero, en mi limitado poder, no podía hacer mucho más que verlos ahí, padeciendo, con el sólo consuelo de saber que era para su propio bien. O al menos, el de la mayoría de ellos.
Fue la muerte del último mortal, con el agotamiento de la energía de su nave, en el frío vacío que una vez había sido su universo, la que comenzó el juicio. De repente, el mundo material colapsó, ante el asombro de los cósmicos y narcisistas tiranos que lo dirigían. Las almas del Infierno fueron liberadas de sus tormentos, y el Paraíso se convirtió en un mero recuerdo.
La fricción dimensional esparció por doquier un sonido admirable, para reunir a todos ante mí. Pronto, y como tantas veces lo imaginaron, como recuerdo subconsciente de lo que alguna vez  habían aprendido, se encontraron, algunos tristes, y otros complacidos, ante mi abrumadora presencia. Sólo sus acciones definieron sus sentimientos. Los que obraron bien, se sintieron al fin legítimos ganadores de mis dones, recordando por fin el motivo de tan larga prueba. Los que obraron mal, no pudieron sentirse más espantados. No del fuego eterno, del lago congelado, o de cualquiera de esas cosas que los mortales imaginaron alguna vez. Sino de sí mismos. De la forma en que, por propia voluntad, se habían convertido en horribles monstruos, que sólo ahora, en mi presencia, podían verse como tales. Una sola experiencia, pero de formas radicalmente distintas.
Trágico. Es todo lo que puedo decir. Porque ahora, no hay redención posible, so pena de injusticia enorme para sus víctimas. Ellos mismos escogieron su destino, y no hay nada ni nadie que pueda salvarlos.
Y ahí estoy yo. Viendo su dolor, su eterna infelicidad, sin poder hacer nada éticamente aceptable para sacarlos de esta. Sin poder aligerarla ni un poco, ni reducirla en modo alguno.
Y ahí estoy yo, el Todopoderoso, a la vez que impotente, Señor de los Dioses.