jueves, 21 de noviembre de 2019

Lago de Fuego

Ira, rencor, miedo. Eso es todo lo que siento en este momento, aunque, y en especial con respecto a este último sentimiento, incluso me avergüence admitirlo.
"Sorprendente", me digo a mí mismo, mientras frente a mí, ante el Gran Trono Blanco, la colosal imagen de mi Señor se erige, imponente. 
Me cuesta entender incluso cómo es que tengo la lucidez para pensar en tan trágico momento. 
El inicio de mi última eternidad.
Junto a mí, mis millones de hijos espirituales, hijos adoptivos, tiemblan, se asombran y rabian, al igual que yo. Algunos, me miran, esperando que diga algo, que de mi discurso final. Pero no puedo. Algo...me lo impide. Algo me impide hacer más que maldecir para mis adentros, mientras espero con atención la fatal frase con que se nos...¿lanzará? al lago de fuego. Fuego que, en realidad, no está allí. No está en ninguna parte del mundo físico, de hecho. Tan sólo se encuentra dentro de mi, de mis hijos, en forma de un creciente odio hacia Aquél que nos ha rechazado, hacia el esclavista, el tirano. 
Vuelco otra vez mi mirada hacia el mundo de la materia. Por todo el gigantesco valle de Hinom, los hombres y mujeres de la izquierda lloran, lamentándose de sus pequeñas rebeliones. Y sin embargo, no se arrepienten. Lo sé porque yo tampoco lo hago. No volvería a estremecer de nuevo la creación como lo hice en el inicio-eso sería peor para mí-, pero bajo ningún concepto me disculparé. Jamás. 
Recuerdo aún como todo empezó. Una simple pregunta. Una que al principio me resultó risible. Era algo imposible, ciertamente. Pero bastó para sembrar en mí la semilla de la duda.
Había sido creado como el más perfecto de los míos. El más inteligente, el más bello. Todo esto lo saben los mortales, porque la Iglesia que Él implantó se los ha enseñado. Lo que con frecuencia escapó, sin embargo, a las pequeñas mentes de sus teólogos, es el factor sobrenatural: mi santidad. Mi pureza sin mancha, como me dijo el Padre en una ocasión. O mi cadena, como yo mismo acabé por llamarla.
¿Y si hubiese felicidad fuera de Él? Fue mi cuestionamiento. ¿Y si realmente no era Él, que tan pesada carga de amor nos imponía, poco más que uno de los nuestros elevado a las alturas?
¿Podría en realidad no ser más que un impostor imponiéndonos Su voluntad? Y lo que más me tentó: ¿Podría yo ser un día como Él, descubrir el secreto, y alzarme por encima de las estrellas?
Claro, esta idea tenía sus fallas. Como por ejemplo, el hecho de que al parecer nos había creado. Mi intelecto me decía que era imposible que un espíritu se reprodujera, pero, era sólo un pequeño fallo, una pequeña limitación en mi teoría ¿No es así?
Temí. Temí por mí, temí que al haberse visto descubierto, me borrara de la existencia. Es lo que yo haría, después de todo. 
Pero...nunca lo hizo. Nunca entendí por qué, francamente. Quizá, no es tan fuerte como dice ser, me decía.
Comencé, al principio, con reservas, a conversar del asunto con mis hermanos de raza. Me sorprendí al saber que, de hecho, no era el primero con esa idea en mente. Muchos, aunque no todos, habían empezado ya a especular, a preguntarse. 
Eso no impidió, pese a todo, que mi jerarquía pronto me permitiera imponerme por sobre los cabecillas. Respeto, le dicen.
Mucho tiempo hablamos en privado, sabiendo que en todo momento Él nos escuchaba.
El evo pasó, y el momento adecuado pareció manifestarse con la creación del primero de esos primates con alma.
El que se hacía llamar Omnipotente nos reunió-aunque existimos fuera del espacio-, y habló:

-Este será vuestro pupilo. A él serviréis, y su prole será vuestro jardín, para que le cuidéis, como manifestación y herramienta de amor.

-Señor-dije ante la totalidad de los míos, tembloroso al principio, seguro más adelante-...¿Por qué siendo Tú todopoderoso, nos obligas a trabajar para él? Haz, para eso, esclavos sin consciencia, que nosotros somos libres por naturaleza.

-Nadie te obliga a servir.-fue Su respuesta-Si no quieres hacerlo, no te lo impondré. Pero sabrás, amado Mío, que no en vano hace el Señor las cosas.

-¿Cómo puedo yo saber que eso es realmente así? ¿Cómo puedo saber que eres quien dices ser?-lo increpé, ante el asombro de todos los presentes.

-Os lo he dicho ya en repetidas ocasiones, mi querido. No me veis ahora más que con la luz de vuestro intelecto, pero si perseveráis en la bondad, llegará el día en que estaréis listos para contemplar Mi Rostro. Y entonces, no os quedará rastro de duda de que yo soy el Señor, Amante, Amado y Amor.

-¿Y eso cuando pasará? Hemos esperado ya por eones.

-Pronto.-me dijo, con esa tan odiosa serenidad de quien sabe todas las respuestas-Más pronto de lo que imagináis.

-No puedo creerte. No puedo saber que no nos estás engañando, para tenernos a Tu servicio. ¿Por qué no podemos liberarnos de tus ataduras, ser libres, buscar nuestra felicidad a nuestro modo?

-Nadie te lo impide.-respondió, sin perder por un instante la calma-Si crees que eso es lo mejor, no voy a detenerte, ni a ti ni a cuantos aquí piensan como tú. Pero no dejaré de advertirte, que no hallarás fuera de la casa del Padre lo que en Él encuentras.

El Todopoderoso calló a continuación, no habiendo ya más para discutir. Mi decisión estaba tomada.
No me bastó con liberarme a mí mismo, con no servir, con ya no cantar más esos estúpidos coros. Quería liberar a los demás.
Logré que un tercio me siguiera, en un plazo realmente corto. Sin embargo, la respuesta de los fieles al tirano, al mando de mi antiguo amigo Miguel, no se hizo esperar.
Siempre me dio gracia la forma en que los hijos de Adán se imaginan este enfrentamiento. Dibujan espadas, arcos y flechas...¿Por qué no aviones y tanques? Tontos humanos. Siempre influidos por la historia de su pequeño y limitado mundo material.
En realidad, se pareció más a una discusión. Un debate. Hasta que aprendí a odiarlo a Él y a todos los que le seguían, no hubo malos tratos ni hostilidad. Sólo esa pestilente arrogancia de quien se cree santo.
"Idiotas", pensaba yo, para mis adentros, "ingenuos". "Siempre creyéndose mejores que yo, queriendo advertirme algo a mí, que liberé a la raza angelical". En realidad, los despreciaba. Un poco más con cada muestra de debilidad moral. Un poco más con cada acto servil y patético.

Sin embargo, se ve que incluso quienes me siguieron no eran lo bastante fuertes. No soportaban la libertad. Pronto, mi gran imperio quedó reducido a una fracción de lo que fue originalmente.
Al final, sólo unos pocos millones seguimos luchando por la caída de Aquél que nos había esclavizado. Tratando de descubrir Su secreto, de emularlo.
Fue el día en que finalmente logré que ese simio peludo se uniera a mi rebelión que el Señor me encaró.

-Lucifer-se dirigió a mí, sorpresivamente-, ya basta. Vuelve a casa. Esto va a acabar destruyéndote como no puedes imaginarlo.

-Déjame en paz, tirano.-fue mi respuesta. Lo odiaba. Odiaba en lo que había convertido a mis hermanos, todo lo que Él significaba.

-Esta es tu última oportunidad. Estás por caer en el abismo sin fondo, a punto de ratificar tu error. Hazme caso. No tienes que creerme, sólo deja por favor de odiar. De despreciar.

-No. Tú sólo quieres que nadie te descubra. Aléjate de mí, y déjame ser.

Y con esas palabras, la puerta se cerró. Inmediatamente, pude ver, sentir, una emoción especial entre los moradores de los Cielos. Y no pude horrorizarme más.
Con que era cierto. Finalmente, aquellos que con su resistencia a mis argumentos se habían consagrado a su Rey, ahora podían verlo directamente. Podía sentir su felicidad. Su plenitud.
Ciertamente, quería estar entre ellos. Pero jamás me disculparía, jamás retrocedería. Eso es de débiles, de repugnantes gusanos que nunca mueren.
Los que aún me seguían, quedaron tan espantados como yo. En breve, dejé de ser su admirado Príncipe, la Cuarta Persona de la Trinidad, como me habían llamado. Ahora, me odiaban, y se odiaban entre sí. Pero ¿Qué podían hacer? Con mi vasto poder, siempre podría mantenerlos bajo control.
A medida que los eones pasaron, y los hombres, con sus limitadas mentes, progresaron, empezaron a resultarme cada vez más molestos, hasta el punto en que me pregunté para qué los había liberado. Eran serviles, débiles, especialmente para con el Creador de su pequeño mundo.
Empecé a organizar a mis fuerzas para darles lo que se merecían, aunque realmente no hubiera sido necesario. Mis propios súbditos actuaban por sí mismos. Yo mismo ocasionalmente me daba un paseo para tentar de soberbia, de la misma soberbia de su Dios, a aquellos que más poder tenían, y me deleitaba en verlos caer.
Pero incluso después de muertos, casi nunca escapaban a las garras del tirano, siempre dándoles otra oportunidad de caer en Su falsa misericordia.
Sólo ocasionalmente lográbamos sumar uno nuevo a nuestro ejército, a quienes integrábamos a la familia como siervos, aún sabiendo de su evidente inferioridad.
Pero un día, algo pasó. Una persona, una mujer, llamó mi atención por la forma en que...era imposible que cediera. A los pocos años, Otro nació de ella, aún más santo, aún más servil. Y sin embargo, no podía evitar el sentimiento de pequeñez frente a ese Homo Sapiens, sin saber muy bien por qué.
Con el tiempo, todo quedó claro como el agua: era Él. El Señor de los Mundos, hecho hombre.
No entendía nada. ¿Por qué Se rebajaría a eso? ¿Estaba acaso, en Su arrogancia, burlándose de mí?
Cuando tenía alrededor de treinta años, decidió retirarse a un desierto cercano, con el fin de hacer quien sabe qué. Y fue ahí, cuando no aguanté más. Verlo sediento, hambriento. Era demasiado bueno para ser cierto.
Sabía en el fondo que era imposible vencerlo, pero francamente no me pude aguantar las ganas. Luché y luché, pero Él en Su dignidad no cedió ni por un instante.
Frustrado, me quedé observándolo durante algún tiempo más. Pronto empezó a predicar verdaderas ofensas, evidentemente provocándome. Decía que mi reinado terminaría, que un día vendría a juzgar a hombres y demonios, que establecería el "Reino de los Cielos".
Cuando Se metió en problemas-cosa predecible, por cierto-, vi mi oportunidad. Me encargué de convencer a un amigo suyo, sin que este lo supiera, de que ese tal Jesús no pasaba de ser un estafador, un mago.
Pronto vino la traición, el arresto, y el juicio. Ni siquiera sé lo que le pasó al pobre desgraciado.
Cuando lo clavaron en ese madero, en esa cruz, fue el día más feliz de mi existencia. Lo había logrado. El Infierno entero celebraba conmigo la venganza contra el tirano supremo.
Pero algo estaba mal. Debí notarlo, cuando avanzó hacia el Calvario sin queja ninguna. Cuando solicitó a Su Padre que perdonara a los humanos.
Cuando al tercer día resucitó, me frustré como nunca antes, mientras veía a mis súbditos temblar de miedo. En el fondo, yo también lo tenía. Y es que era evidente, si el Padre no había perdonado a Su propio Hijo los pecados de la humanidad, que no iba a perdonarnos a nosotros.
De alguna forma, pese a todos mis esfuerzos, la religión que implantó se expandió por toda la Tierra. Logré, eso sí, corromper grandemente a algunos de sus líderes con el paso de los siglos, pero eso no impidió que su Iglesia siguiera creciendo.
Al llegar la revolución científica, vi una nueva luz al final del túnel. Y es que mas allá de todos sus beneficios para la pobre y triste existencia humana, significó una nueva comprensión del mundo, ideal para mis planes.
A medida que las décadas se convertían en siglos, el hombre se preocupaba menos por las cosas de fe. Llegaron incluso a buscar en la magia lo que no hallaban en una Iglesia que creí decrépita y moribunda, lo cual fue divertido, puesto que nos granjeó gran cantidad de posesos de parte de los más bajos en la jerarquía. Aunque, en realidad, yo mismo jugué ese juego en alguna que otra ocasión.
Un buen día, Él liberó, por razones que no entendí en ese momento, todo nuestro poder. De repente fuimos capaces de obrar maravillas.
Llevaba tiempo esperando esto. Dos largos milenios.
Aprovechando catástrofes y nuestra nueva libertad, logré llevar al más parecido a mí entre los hombres a lo más alto del poder. Pronto, el mundo entero estaba a mis pies. Como nunca antes lo había estado.
Usé todos mis medios para aplastar a quien se opusiera a mi régimen, aunque cada vez que los veía ascender a los Cielos, maldecía grandemente. Sabía que, en realidad, sólo estaba logrando más y más cercanía entre ellos y el tirano, pero los odiaba tanto, que realmente no me importaba.
Finalmente, el día llegó, y el Hijo del Hombre descendió en Gloria y Poder, como lo había advertido.
Luché con todo lo que tenía, inútilmente. Y tras la catástrofe, llegó el Juicio.
Ahora, tan sólo me limito a observar como los millones que me siguieron hasta el final son enviados a la prisión perpetua. Me sorprende el hecho de que, en realidad, es menos cruel de lo esperado.
Ojo: sigue siendo horrible. Un mundo, por más bello que lo haga su Señor, jamás será agradable cuando se está condenado a convivir para siempre con mis hijos. Y es que hay que reconocerlo: no nos queremos ni entre nosotros.
En cuanto a mí y los míos, hemos sido privados para siempre del contacto, o siquiera la visión, de los bienaventurados. Cosa que, por pequeña que pueda parecer, es un mal terrible, siendo que ese fue nuestro único entretenimiento durante tanto tiempo. Ahora, sólo podremos odiarnos, mirar nuestras caras sin fin alguno. Y para eso, realmente preferiría no existir.

Y aquí estoy, contemplando la escena. Contemplando a los millares de carbones encendidos por su propio odio, rodeados por las llamas que emanan de sus compañeros. Un verdadero lago de fuego, aunque no en un sentido literal.
Sigo sin entender porqué puedo pensar, pese a los fuertes sentimientos del momento. ¿Será acaso Él quien me impide terminar de desesperarme? ¿Será acaso Él quien quiere obligarme, aún después de tanto tiempo, a amarlo?








No hay comentarios.:

Publicar un comentario