domingo, 17 de noviembre de 2019

Alalion

Una mañana de invierno, una joven de unos 19 años, cabello castaño y aspecto infantil, caminaba a paso veloz hacia un lugar ya conocido por ella, desde hace ya unos dos años. Acabó ahí prácticamente por casualidad, por influencia de una amiga tres años mayor que ella.
Un buen día, una pelirroja bastante apática a quien había conocido en una fiesta, consciente de su destacable interés por lo oculto, la sorprendió con un mensaje por teléfono casi a medianoche. Aunque para cualquiera que conozca el mundo virtual adolescente esto podría no sonar espectacular-y ciertamente, tampoco lo era para Clara-la cosa cambió cuando, tras encender la pantalla del aparato, dio con una invitación de lo más...curiosa, por decir lo menos.

-¡Hola!-comenzaba, como es típico, el texto, enfatizado por varios signos de exclamación-Mirá, tengo una invitación para vos que creo que te va a interesar. Mi tía me metió en un grupo de estudio sobre magia hace cuatro meses, y hoy le pedí permiso a nuestro jefe para que te unas.

-¿Ah sí?-preguntó Clara. Su curiosidad por lo sobrenatural la había acompañado prácticamente desde que tenía memoria. Cuando niña, además de jugar a ser bruja-como cualquier otra niña-solía gastar horas y horas investigando por Internet sobre temas que iban desde visitas extraterrestres, hasta fantasmas y, cuando no, duendes y hadas. A los doce años, era ya una experta en demonología y toda clase de rituales, y había realizado juegos clásicos de la materia como la ouija más de una vez, aunque con escaso éxito. A los quince, tenía una obsesión con la Kabbalah, e incluso intentó comunicarse con algunos de sus ángeles, con resultados similares.

-Sí.-respondió la otra chica-Tenés que venir esta noche.

-¿Esta noche?-volvió a preguntar ella, entre sorprendida y expectante.

-Empezamos a las doce y media. Tomate el 3A y venite. Ya te paso la dirección.

A continuación, Alicia le envió una ubicación, un lugar en el centro de la ciudad, cerca de un parque por el que no había pasado en mucho tiempo. Dudó. Sus padres estaban dormidos, y eran de sueño pesado, así que probablemente no tendría que preocuparse por ellos, a menos que fuera a volver muy tarde.

-Pero ¿Que hacen? ¿A que hora terminan?-la interrogó por tercera vez.

-Son clases teóricas y algunas prácticas. Terminamos a la una y media. Venite. Te tengo una sorpresa.

El horario era perfecto, y la idea de reunirse con gente a la que le interesara lo mismo que a ella la excitaba. Sin pensarlo más, se levantó, se vistió, y tomó un abrigo rojo que le había regalado su abuela recientemente fallecida. Atravesó casi de puntillas el pasillo que conectaba las habitaciones del segundo piso, y luego bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Tras abrir la puerta,  la cerró con delicadeza, y comenzó a caminar a mitad de la noche hasta la parada de colectivos más cercana. El 3A no tardó en aparecer y, tras abordarlo, comenzó una corta travesía hasta el punto de encuentro.
Una vez que llegó a destino, descendió rápidamente del bus, y tras sacar su teléfono y constatar que estaba en el sitio correcto, caminó tres cuadras más hacia el Sur, hasta dar con la dirección indicada.
Dio con la misma en una casa de un despintado color rojo, en la que tocó tres veces la puerta principal. Tuvo que esperar unos pocos segundos antes de que le abriera un joven de unos treinta años y, tras él, Alicia, su amiga, quien, con insólita alegría, la recibió.
Tras algunas explicaciones al muchacho, se le permitió entrar. Atravesó en pocos pasos una sala llena de muebles. Un sofá ubicado, como es típico, ante un televisor bastante antiguo. Algunas sillas dispuestas en torno a este, y una pequeña mesita en el centro.
Al final de la misma, había una puerta abierta, y tras ella varias personas reunidas en un comedor sentadas alrededor de una gran mesa. Al llegar hasta donde se encontraban, y cruzar la entrada, Clara vio algo que la dejó notablemente impactada.
En un extremo de la mesa, sentado y mirándola sonriente, se encontraba un hombre canoso de unos sesenta años, que la saludó amablemente. Ella lo reconoció inmediatamente.
Había escuchado sobre él por primera vez a sus catorce años, mientras leía en un foro algunos comentarios sobre sectas extrañas.

La influencia del panteísmo de Moisés de León puede notarse en movimientos ocultistas modernos como la Iglesia de los Necesitados, creación de un antiguo pastor evangélico.

Durante los siguientes años, había profundizado cada vez más en el trabajo del señor, primero por curiosidad, y luego por franca admiración. Tras leer su obra magna, se había sorprendido por la excelente documentación y los agudos argumentos que presentaba. Desde entonces, se había convertido en su fiel seguidora, y ahora, tres años después, y sin habérselo imaginado antes, lo tenía cara a cara.

-Ho...hola.-dijo, tartamudeando-¿Es usted...?

-Sí, yo soy Sebastián Gaos.-le respondió el caballero, mientras la invitaba a sentarse.

El resto de la clase fue para ella sumamente , pese a que, en realidad, no se hizo mucho. Sólo algunas explicaciones sobre métodos para garantizar cierta seguridad en rituales de magia negra-tema que ya conocía bien-, y ciertas experiencias de los participantes.
Esa noche, volvió a casa mas tarde de lo planificado. En efecto: cuando la reunión ya había terminado, Clara no se marchó de inmediato. En su lugar, decidió acercarse al Maestro, e intentó entablar charla con él. Al principio, pensó que por la diferencia de edad este no le haría el menor caso. Sin embargo, no tardaron ambos en congeniar, sorprendiéndolo ella con su conocimiento no sólo sobre su persona, sino sobre ciertos datos que incluso él desconocía.
Fue el propio Gaos quien, consciente de lo peligroso que sería para una niña de su edad regresar sola a esas horas de la madrugada, se ofreció a llevarlas, cosa que una Alicia impaciente y que había permanecido callada prácticamente toda la conversación la obligó a aceptar.

Un año después, ambos habían entablado una peculiar amistad. Se comunicaban por mensaje prácticamente todos los días, y ella se había convertido en su alumna aventajada.
Fue un día de semana, en una de sus reuniones, que él le ofreció entrar a su peculiar Orden. Un grupo de cinco personas, seis con ella, que realizaba toda clase de experimentos psíquicos, y a quienes el Maestro confiaba sus más interesantes secretos. Se trataba de la élite de la Iglesia de Sebastián, con la que por su minoría de edad ella había tardado en interactuar.
La noche en que iban a iniciarla, estaba emocionada. Se vistió de negro, como se lo habían indicado, y salió de su casa, diciéndole a su gente que se dirigía a una fiesta. Subió a un automóvil a una cuadra de distancia: sí, el de Alicia, y no tardó mas de quince minutos en llegar al lugar acordado.

El ritual fue simple y estereotípico: gente con túnicas oscuras, hablando en latín, en medio de cánticos que le recordaron a una burla de la misa tridentina. Al terminar, y pensando que ya era hora de retirarse, se preparó para abandonar la casa, no sin antes dar las gracias a Sebastián por esta oportunidad.

-¿A donde vas?-le preguntó, sin embargo, el hombre-Esto apenas comienza.

Sería largo y agotador mencionar la lista de experiencias impresionantes que la joven Clara llegó a ver desde su primer viaje astral-a saber, la primera vez que abandonó su cuerpo físico-aquella noche.
No obstante, jamás olvidaría la vez en que conoció a Aneu.
Alto, delgado, de rostro alargado y una vestimenta típica del siglo XIX, lo había visto por primera vez en un ejercicio meditatorio, en medio del cual se encontró, para su sorpresa, en los sueños de su madre.
Era un personaje alegre e incluso simpático que, pese a todo, le producía cierta desconfianza. Sebastián lo había contactado-o mejor dicho, Aneu lo había contactado a él-hacía ya décadas, y había sido su colaborador en multitud de proyectos. Con su ayuda, había conocido mundos distantes, había conversado con dioses, e incluso, con demonios. Así que cuando el siniestro dios de los sueños le ofreció mostrarle lo que ningún ser humano había llegado jamás a imaginar, él no lo pensó dos veces.

Clara llegó hasta el lugar de siempre, y tocó la puerta seis veces, hasta que Juan, otro de los alumnos de Gaos, le abrió.

-¿Llego tarde?-preguntó, preocupada y avergonzada por su retraso.

-No, justo a tiempo.-fue la tranquilizadora respuesta de su compañero-Ya va a comenzar.

Ambos caminaron casi corriendo hasta un viejo cuarto normalmente vacío, sin ventanas, su "laboratorio", como le decían. En el piso, sobre una alfombra con una estrella de doce puntas grabada en ella, se encontraba Sebastián, vestido completamente de blanco.
A las once y veintitrés, el ritual empezó. Las luces se apagaron, y como tantas otras veces, ella, Alicia una mujer mayor y otra chica comenzaron a recitar a coro en un idioma que no entendían del todo, mientras sus colaboradores encendían velas negras alrededor del Maestro.

A las once y veintisiete, y como lo había visto pasar ya en alguna ocasión, notó como la llama de las velas comenzaba a temblar, mientras el ambiente se volvía cada vez más y más pesado.

-Exsolvunt orantque ut praesidium, lucendi, et ductu ad hoc iter. Quia solus non sum: et ille mortalis est, et magnus es tu. Quia ego sum via media inter Deum et bestia. Quia ego sum in brevi, magis quam pulvis terræ. Cur auctor Alalion aeterno dominum non avertam faciem meam non averti magnitudinem(para suplicar su protección, su iluminación, y su guía en este nuevo camino.  Porque soy no más que hombre y mortal, y vosotros sois grandes. Porque no soy más que el camino intermedio entre el dios y la bestia. Porque no soy, en resumen, mas que el polvo de la tierra.
Por eso ruego a Alalion señor y originador eterno, que no oculte de mi su rostro, que de mi no esconda su grandeza)...

A las once y treinta, ella ya era casi incapaz de soportar el ambiente. El aire se sentía denso, irrespirable. Pese a todo, decidió no marcharse, con el fin de evitar reclamos del resto de los presentes. Para este punto, ella ya sentía que algo no marchaba bien. Se veía a sí misma sobrecogida, como nunca lo había estado, por la sensación de una presencia más grande que cualquier otra con que se hubiese encontrado. Era...como si Dios mismo hubiera fijado su mirada sobre ella. Y vaya, tal metáfora no estaba muy lejos de la realidad.
La primera vez que había escuchado el nombre de Alalion, había quedado fascinada con el concepto. Alalion era, según las conversaciones de su amigo con los dioses, el fundamento y sustancia de toda existencia. Un ser siendo en todo y en todos, mas allá de la comprensión humana y divina, a quien no se puede abarcar de ninguna manera. Le recordaba mucho al concepto cabalístico de Dios, aunque ciertamente habían diferencias entre ambas ideas. Y es que Alalion es, ante todo, un ser amoral, distante. Omnisciente, pero sin deseos de comunicarse. Omnipotente, pero indiferente al bien o el mal de sus criaturas.

-Sic potes unum sint vobiscum (para que pueda ser uno contigo).

En el preciso instante en que terminaron su recitación, las velas se apagaron, para luego escucharse un horrible y ensordecedor grito. Inmediatamente las luces se encendieron, y lo que se reveló frente a ellos causó en Clara un grito de terror: Sebastián, su amigo, su maestro, se encontraba aún en la misma posición que antes, gritando como un desaforado, mientras hundía sus propias uñas en su garganta. Fue inútil intentar detenerlo. Allí mismo, el viejo se mató, sin que ellos entendieran bien porqué.

Clara pasó el resto del día en la comisaría, siendo sospechosa de homicidio. Sin embargo, los meses pasaron, y la evidencia confirmó su relato: el anciano había cometido un inexplicable suicidio, en el que eran del todo inocentes sus alumnos.

La joven se alejó tras esta experiencia de la Iglesia, para refugiarse en otra Iglesia, la evangélica a la que asistía su madre. Le tomó tiempo confesarle a su familia en qué se había metido, y temiendo esta que el humo de Satanás hubiera entrado al alma de su integrante más joven, decidió darle todo el apoyo espiritual que pudiera.

La muchacha, por su parte, no se negó. En un acto de extrema negación de todo lo que había visto y aprendido de Sebastián, decidió entregarse a la fe, convenciéndose a sí misma de que todo había sido obra del Demonio, de que no hay mas Dios que nuestro señor Jesucristo.

Una tarde, mientras daba una clase de doctrina cristiana junto a Gonzalo, su prometido, a quien había conocido pocos días después de la trágica muerte del Maestro, se abrió la Biblia en el capítulo 33 del Éxodo, para luego comenzar a leer. Fue en medio de la lectura que ella comenzó a sentirse agitada, a respirar muy fuertemente, temiendo sus acompañantes que terminara por hiperventilarse. Cuando Gonzalo se acercó a ella para preguntarle que le pasaba, comenzó a llorar a gritos, mientras se llevaba las manos a la cara. Él luchaba por consolarla, por obtener aunque sea alguna información que le permitiera darle ayuda.

-Era él-dijo, de repente, su amada-¡Era él!-volvió a gritar, con desesperación.

El joven sacó la Biblia de su regazo, y la dejó en una mesita cercana. Cuando alguien le trajo un vaso de agua, para que ella pudiera refrescarse, tuvo por accidente la oportunidad de prestar atención a una parte subrayada del texto, seguramente por algún estudioso entusiasta:

"Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre del Señor delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Y añadió: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá."














No hay comentarios.:

Publicar un comentario