viernes, 15 de noviembre de 2019


Señor de los Dioses

Siempre me pareció curiosa la forma en que mis adoradores, distribuidos por lo largo y ancho de mi ser, me atribuyen cualidades que realmente no tengo. De mí se dice que soy omnisciente, que todo lo puedo y que estoy en todas partes, pero ese no es realmente el caso. En realidad-y aunque mi sabiduría alcanzó para crear una variedad inhóspita de mundos, de los que hasta el día de hoy me siento orgulloso-, no soy tan lejano a ellos como les gusta pensar.
Mis orígenes no están del todo claros. Mis padres son lo que los hombres suelen llamar dioses, pero la verdad es que ni ellos conocen cuál es exactamente su naturaleza. No porque hubieran surgido de la nada o algo así, sino más bien porque sencillamente no lo recuerdan.
Lo que sí saben, por instinto o quizá como un vestigial recuerdo de una era antes del tiempo, es que son-somos-apenas un fragmento, una fracción infinitesimal, de algo más grande, algo que simplemente escapa a mi misma comprensión.
Ese algo los puso aquí, y fue por sus designios que, tras eones de viaje ininterrumpido y errático, de paseo inacabable, motivado por lo incompleto de su ser, y la búsqueda de una felicidad que no sabían que buscaban, terminaron por encontrarse, en las cercanías de otras de las enormes, para ustedes inimaginables esferas, que componen a esta pequeña, diminuta, dimensión del ser.
Él, abstracto e inmaterial. Ella, poseedora de lo más titánico de lo que ustedes llaman "fuerzas naturales".
Se, lo que dirían ustedes, "enamoraron". Ambos quedaron desde el inicio impresionados el uno con el otro, y producto de ese sentimiento, pronto surgió el de admiración mutua. No fue sino hasta que adquirieron la suficiente confianza que tomaron la decisión de compartir lo que había en sus almas.
Es de este peculiar acto de amor que yo nací. El proceso es a la vez simple y complejo de entender para una mente mortal. El conocimiento fluyó de uno a otro, permitiéndoles ver cosas que de otro modo les hubieran quedado veladas. Y de esta forma, fue que nunca quisieron separarse de nuevo.
En efecto: yo soy, ni más ni menos, que la unión de sus voluntades. Hijo, y a la vez ente abarcador de sus esencias, como lo es la célula que origina al hombre para con las que la precedieron.
Alikim, ese es mi nombre, aunque muchos han querido usurparlo. Se me conoce, con distintos grados de veracidad, como el Señor de los Dioses, el Todopoderoso y-el título más risible que se me ha otorgado-el Uno por Encima de Todo.
Nací sabiendo lo que era y cómo lo era, sabiendo de mi poder, autoridad, y mi misión para conmigo mismo. Es este conocimiento la causa de su misma existencia.
Nacieron de mi misma esencia, siendo la fusión perfecta de los planos del espíritu y la materia. Desde el primer instante gozaron de mi calidez, de todos los bienes de los que pude colmarlos.
Pero pronto, con el paso de las eras, quedaron insatisfechos. No por aburrimiento, o por falta de emoción-cosas que sólo a un ente material podrían preocupar-, sino más bien por el mero sentimiento de lo inmerecido, de la dádiva.
Fue así que en breve, llegaron a mí las exigencias de una prueba, de algo que les permitiera ganarse-de algún modo-los bienes recibidos.
Yo ya sabía que iba a pasar. Ignorante de muchas cosas, pero de nada relativo al mundo que creé, sabía que en algún momento iban a tener la necesidad de merecerme. Sabía que, tarde o temprano, iban a tener que sufrir.
Puede alguien criticarme por no haberlo impedido, pero he de excusarme diciendo que, en realidad, era lo mejor para todos. Yo los amé desde el momento mismo de mi concepción, y en ese amor, los quise libres, a mi imagen.
Creé así a los primeros Siete, y coloqué en sus cuerpos, vibrantes a un nivel inalcanzable para otras criaturas, a algunas de mis muchas creaciones, dejándoles la subconsciente misión de hacer mi voluntad.
Y es que sí, estimados míos: nunca supieron nada acerca de dónde venían, porque yo mismo borré de sus recuerdos al Palacio de la Eternidad en que nacieron. ¿Cómo podrían elegir con libertad, si no? ¿Dónde está el mérito de quien hace todo motivado por el temor?
Lo único que sabían, era lo que yo les permití conocer: que eran mis creaciones, y que tenían por misión dar forma al mundo, y cuidar de este.
Es interesante como todo puede torcerse en un tiempo récord. Y más aún como puede hacerlo de la mano de los más fieles seguidores.
Melek Taus fue especial desde el principio. Piadoso, a quien di el deber de ser el representante de mi justicia, pronto al ver su propia rectitud se enamoró de sí mismo. Muchos en la Tierra cuentan una historia parecida a lo que sucedió después, sobre cierto Portador de Luz. La diferencia en este caso, es que él nunca pretendió distanciarse de mí. Miraba con recelo a sus hermanos, tan libertinos y jugetones.
Un buen día, finalmente se hartó. Tanto tiempo de aislamiento le había dado una importante comprensión del mundo, que no dudó en usar en contra de estos, para deshacerse de ellos, encerrándolos en las oscuras cavernas que ellos mismos habían creado.
Ahrimann, la única que tuvo el valor de enfrentarlo, fue la que peor la pasó. Expulsada de la creación, y aislada del continuo espacio tiempo durante incontables siglos, sólo su enorme poder la salvó de morir en la más absoluta soledad.
En cuanto a Melek, se convirtió en un tirano, que no dudó, durante millones de años, en condenar a sufrimientos infinitos a quienes no se ajustaran a sus estrictos cánones de moralidad, siempre con la absoluta convicción de que hacía mi voluntad. Convicción que heredó Arasy, su hija, quien por las mismas razones, y además de divertirse atormentando a quienes cayeran en sus manos, se encargó de deshacerse de su blasfemo hermano al cometer el aberrante pecado de tener descendencia con una mortal, sin sospechar que pronto, en las cósmicas escalas en que se movían, debería enfrentarse ella misma a tan pecaminosos sentimientos.
Pasó el tiempo, y durante millones de años fui testigo del dolor, de imperios que nacían y caían, de inocentes muriendo en manos de dioses y hombres. Incluso fui testigo de quienes proferían maldiciones contra mí, acusándome de ser el responsable de sus penas. Y no se equivocaban, excepto por un detalle: creer que todo eso me era indiferente. Nada más lejos de la verdad.
En efecto: me dolía, pero, en mi limitado poder, no podía hacer mucho más que verlos ahí, padeciendo, con el sólo consuelo de saber que era para su propio bien. O al menos, el de la mayoría de ellos.
Fue la muerte del último mortal, con el agotamiento de la energía de su nave, en el frío vacío que una vez había sido su universo, la que comenzó el juicio. De repente, el mundo material colapsó, ante el asombro de los cósmicos y narcisistas tiranos que lo dirigían. Las almas del Infierno fueron liberadas de sus tormentos, y el Paraíso se convirtió en un mero recuerdo.
La fricción dimensional esparció por doquier un sonido admirable, para reunir a todos ante mí. Pronto, y como tantas veces lo imaginaron, como recuerdo subconsciente de lo que alguna vez  habían aprendido, se encontraron, algunos tristes, y otros complacidos, ante mi abrumadora presencia. Sólo sus acciones definieron sus sentimientos. Los que obraron bien, se sintieron al fin legítimos ganadores de mis dones, recordando por fin el motivo de tan larga prueba. Los que obraron mal, no pudieron sentirse más espantados. No del fuego eterno, del lago congelado, o de cualquiera de esas cosas que los mortales imaginaron alguna vez. Sino de sí mismos. De la forma en que, por propia voluntad, se habían convertido en horribles monstruos, que sólo ahora, en mi presencia, podían verse como tales. Una sola experiencia, pero de formas radicalmente distintas.
Trágico. Es todo lo que puedo decir. Porque ahora, no hay redención posible, so pena de injusticia enorme para sus víctimas. Ellos mismos escogieron su destino, y no hay nada ni nadie que pueda salvarlos.
Y ahí estoy yo. Viendo su dolor, su eterna infelicidad, sin poder hacer nada éticamente aceptable para sacarlos de esta. Sin poder aligerarla ni un poco, ni reducirla en modo alguno.
Y ahí estoy yo, el Todopoderoso, a la vez que impotente, Señor de los Dioses.

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