V
La mujer se apoyó enteramente sobre el escritorio, y tras beber un sorbo de su café, comenzó a narrar:
-Era un día inusualmente caluroso, hace ya casi veinte años. Yo tendría catorce o quince, no recuerdo muy bien. Lo que si recuerdo, es que mi familia me protegía mucho. No me dejaban salir a la calle sin compañía de un guardia armado, y yo los odiaba por eso. Una tarde, algo harta de la situación, decidí plantearlo durante el almuerzo. Es así como, del diálogo amigable y alegre, pronto pasamos a la discusión. Ellos insistían en que lo hacían para protegerme, en que no querían que nada me pasara, pero yo no supe entender. Era una chiquilla tonta y algo caprichosa, así que, enojada, me levanté y me dirigí hacia mi habitación.
Lo primero que me llamó la atención de relato, fue la forma en que describió su edad, casi tal y como lo haría un mortal en la Tierra. Esto era bastante revelador: los condenados en este mundo no son traídos aquí por los demonios o una entidad similar, sino que, al parecer, nacían como en cualquier otro lugar.
Lo primero que me llamó la atención de relato, fue la forma en que describió su edad, casi tal y como lo haría un mortal en la Tierra. Esto era bastante revelador: los condenados en este mundo no son traídos aquí por los demonios o una entidad similar, sino que, al parecer, nacían como en cualquier otro lugar.
Una vez allí, y como buena niña de clase alta, comencé a fantasear con alguna pequeña venganza. Miré por la ventana. Afuera estaba hermoso, y aunque mis padres me habían prohibido terminantemente abandonar la casa ese día, decidí ignorarlos, y, tras salir por la ventana, me arrastré por los tejados hasta dar con un árbol cuyas ramas se extendían hasta donde yo estaba.
Pocos minutos mas tarde, me encontraba recorriendo las calles de un mercado cercano, que curiosamente nunca había visitado antes. No era para sorprenderse: mi recorrido diario era entre mi casa y la de mi tutor, así que nunca había tenido la oportunidad de conocer en detalle mi propio barrio.
No tardé en dar con una elegante cafetería, en que decidí parar para tomar algo. Había comido mas bien poco ese día, y estaba realmente hambrienta.
Así que llegué, tome asiento, y cuando me atendieron, pedí una taza de café con leche y algo de pan dulce. Tardaron varios minutos en traerme mi pedido, pero cuando lo hicieron, empecé a devorarlo a una velocidad considerable. No fue sino hasta entonces que noté que el lugar estaba extrañamente vacío para el horario. De hecho, yo era la única cliente. En ese preciso instante, él entró por la puerta.
Vestido con su tradicional gabardina, su traje y su ridículo sombrerito, me fue imposible relacionarlo con ninguna especie que conociera hasta el momento. De hecho, al principio pensé que era una mujer muy fea, y con un extraño gusto a la hora de vestir. Me sorprendí sobremanera cuando, en lugar de buscar su propio asiento, se acercó a mí, y me saludó como si me conociera de toda la vida.
"¡Akim! Que gusto verte" dijo, en lo que tomaba asiento frente a mí.
"¿Quién es usted? ¿Quién le dijo mi nombre?", le pregunté.
"Yo soy Aneu, y sé muchas cosas", me respondió, riendo. Yo estaba empezando a asustarme. Pensé por un momento que había cometido un grave error. Quizá mis padres no estaban exagerando después de todo. A fin de cuentas, estaba acostumbrada a que hombres y jóvenes intentaran coquetearme, pero eso no eso no explicaba cómo este...¿hombre? sabía como me llamaba.
"Tranquila," intervino él, calmándome un poco "no voy a raptarte. Sólo hay algo de lo que quisiera que habláramos."
Cuando iba a preguntarle de qué se trataba, el mesero se acercó a pasarme la cuenta. Me alarmé cuando me di cuenta de que era mucho más de lo que había traído. Aneu hizo entonces un gesto con los ojos, moviéndolos hacia abajo. Yo no entendía qué quería decirme.
"Tus bolsillos", me dijo "revisa tus bolsillos."
Obedecí, sólo para dar con un gran fajo de billetes que definitivamente no había tomado al salir. Lo saqué, aún sin poder creerlo, y tras extraer algunos billetes de él, pagué mi pedido.
Una vez que el joven se retiró, yo me quedé viendo al ser que se encontraba junto a mí, como atontada.
"¿Qué...qué hiciste? ¿Que eres?" pregunté, casi tan asustada como antes. Él sonrió, como si le hiciera gracia la pregunta.
"Estos humanos, siempre tan impresionables" dijo, mientras materializaba de la nada una copa de vino. Para ese punto, una parte de mi deseaba salir corriendo, pero la otra sentía por alguna razón que él no era un peligro. "Digamos que soy lo que ustedes llaman un samaín", comentó, tras beber un poco de la alcohólica bebida.
La respuesta me dejó impresionada. Nunca había creído que esos seres existieran. Incluso, veía como tontos a quienes creían en ellos. Pero ahora, tenía uno de ellos en frente de mí, y me había ayudado a pagar la cuenta.
"Sé lo que estás pensando. ¿Por qué tú? ¿Por qué ahora? La respuesta no debería sorprendente, teniendo en cuenta que eres hija de uno de los mafiosos mas importantes de la ciudad", me explicó. "Puede que no entiendas el porqué ahora, pero vas a ser importante en mis planes algún día. Como sabrás, a los samaín nos gusta jugar. Y mi juego contigo empieza en este preciso instante." Yo lo miré, sin entender nada.
"Y...¿De qué se trata ese juego?" le pregunté, intrigada.
"Es muy simple, en realidad. Te voy a ayudar a cumplir tu sueño. Te voy a ayudar a llegar hasta la cúspide" me dijo. Definitivamente, me conocía muy bien. Yo era la menor de tres hermanos, dos de los cuales eran varones. Los dos eran...bastante incompetentes, a decir verdad. Descuidados, bocones. Y sin embargo, tenían, sólo por su sexo, una mayor jerarquía de la que yo podría alcanzar nunca.
"¿Y qué me pides a cambio?" lo interrogué por segunda vez. Él me miró a los ojos, y sonrió nuevamente.
"Nada", contestó. Nada era lo que yo entendía.
"¿Y por qué me ayudas, entonces?"
"Porque estoy aburrido", dijo, "¿Sabes lo que es saber con millones de años de antelación el final de un chiste? Es una verdadera tortura. Por eso hago lo que hago. Algunos samaín van por ahí creando sectas. Yo prefiero crear verdaderas obras de arte, historias interesantes de ver y contar." Pensé por un momento en lo que me había dicho. Y sí, era verdad. Si yo estuviera en su lugar, con certeza haría lo mismo.
"Y bueno ¿Qué dices?", me interrogó él esta vez.
"¿Podrías darme unos días para pensarlo?", le dije. En retrospectiva, me sorprendo de lo tonta que fue la pregunta. Habiendo tantas cosas sobre las que interrogarlo, se me había ocurrido la peor de todas. Sin embargo, la verdad es que, en mis nervios, mi mente no estaba muy clara.
"No unos días, pero sí unas horas", me respondió. "Tienes hasta esta noche. Elige bien. Ahora, si me disculpas, tengo que irme. Y tú también deberías hacerlo.", dijo, en lo que se levantaba y se alejaba por la puerta. Yo hice lo propio poco después.
Cuando salí, no logré verlo por ninguna parte. Sin tener mucho más que hacer, caminé de vuelta a mi casa, pensando inútilmente en una excusa para mis padres. Si no me inventaba algo bueno pronto, seguro iba a acabar con un par de latigazos de parte de mi madre. Cuando llegué, estaba aún mas asustada que cuando apareció el samaín. Al tocar la puerta, ya sentía el dolor en mi espalda.
Sin embargo, nada de lo que temía pasó. En su lugar, mi padre abrió la puerta, y me abrazó antes de que pudiera decir nada.
"¡Hija!" exclamó "¿Dónde estabas?". Sin tener ninguna buena idea, no pude mas que decirle la verdad. "¿Tienes idea de cómo se puso tu madre? ¡Pensamos que ya te habrían capturado!". A decir verdad, no pude evitar sentirme algo culpable al ver su preocupación. Poco después, me encontraba sentada en la mesa del comedor, mirando a mi madre recuperarse de un ataque de pánico, y con mi padre dándome el sermón de mi vida. No pude evitar sentirme incómoda ante la desagradable situación que había generado. Mientras mi padre hablaba, mis hermanos me miraban haciendo gestos de desaprobación, todo producto de su carácter infantil y algo cruel.
"Imbéciles" pensaba para mis adentros. "Como si ustedes tuvieran que soportar lo que yo".
No cené esa noche. No estaba dispuesta a soportar la inquisidora mirada de los comensales. En su lugar, me dirigí hasta mi habitación, y me acosté a dormir. "No es justo" me dije a mi misma "ellos pueden hacer lo que quieran e ir a donde quieran, y yo no puedo ir ni a la esquina sin vigilancia".
Esas palabras llevaron a su vez a más y más profundas reflexiones, y en pocos minutos me encontraba en un estado de indignación total. Me dormí llorando de la rabia, mientras me preguntaba cuándo me visitaría el samaín.
Fue durante mis sueños que, finalmente, lo hizo.
Me soñé caminando por una inmensa ciudad, totalmente perdida. La calle estaba muy concurrida, y por más que intentaba pedir indicaciones, nadie se molestaba en dármelas. El color del cielo era extraño, pero hermoso, y el sol brillaba calentándome. En un momento dado, pude ver el mar, y a la distancia, dentro de este, una gigantesca estatua de una mujer, que sostenía una especie de linterna en una de sus manos. Era una escena bella. Fue entonces que, desde atrás, pude sentir una voz que me hablaba. Al voltear, di con la entidad caminando entre la multitud silenciosa.
"El mundo de los vivos es muy bello ¿verdad?", dijo Aneu, mientras se acercaba a donde yo estaba. No fue sino hasta ese punto que me di cuenta de que estaba dormida.
"A...Aneu" dije, algo nerviosa, "pensé que ya no ibas a venir".
"Nunca falto a mis citas, y menos con una bella", me respondió, guiñádome el ojo, mientras se paraba a mi lado. "¿Te gusta lo que ves?", me preguntó.
"Sí...es muy hermoso", nunca me había dado cuenta, pero los colores que reinan en mi mundo son saturantes a la vista y el corazón.
"Y dime ¿No sientes como si tuvieras una conexión con lo que te rodea?"
Empecé a evaluar mis sentimientos. No tardé mucho en darme cuenta de que tenía razón, me sentía como si estuviera en casa. Mucho más en casa, de hecho, que en el hogar de mis padres.
"Eso" dijo, sin darme tiempo a contestar "es porque esta es tu casa".
"¿Cómo que mi casa?" le pregunté, sorprendida.
"Tú y todos los que haz conocido", me explicó, "proceden de aquí. Tu mundo no pasa de ser una impostura, una imitación."
Yo volvía a estar confundida. Sin embargo, esta vez tampoco me dio tiempo a preguntar.
"Verás, querida: toda alma inteligente que has conocido ha pasado por este lugar. O por lo menos, la inmensa mayoría. Este lugar es el centro de un gran examen. Los que lo pasan, van a un lugar que en realidad no es muy diferente a tu mundo, pero en el que todos quisiéramos vivir. Los que no, van directamente a tu mundo".
"¿Y en qué consiste ese examen?", lo interrogué nuevamente.
"En amar a los demás, en resumen. Los que vivieron honorablemente, pasarán la eternidad en ese lugar del que te hablé. Los que fueron malos en el corto, cortísimo período que se pasa aquí, sufrirán para siempre las consecuencias de sus actos en la alternativa, en que deberán convivir con los que fueron como ellos. Cobardes, corruptos, depravados, traidores, sádicos, sarcásticos, todos reunidos y obligados a convivir para siempre. Un castigo sin duda más cruel que cualquiera que se pueda aplicar aquí." Me quedé pensando en lo que dijo. Ahora entendía muchas cosas. Siempre me había preguntado porqué el mundo era como era, y ya tenía la respuesta.
Por otro lado, aunque la idea de haber sido mala me desagradaba por razones que sobra explicar, la de estar condenada a una eternidad de sufrimiento, en la que rara vez había reparado por mi corta edad, era aún peor.
"¿Y se puede escapar?" pregunté.
"En teoría", respondió, "pero nadie lo ha hecho hasta ahora, y no es tu destino salir."
Su respuesta me entristeció, a la par que me hizo reflexionar. Recordé a mis hermanos, y a mis padres. ¿Realmente quería vivir condicionada por ellos el resto de mi eterna existencia?
"No, definitivamente no lo quieres", intervino el ser, como si adivinara mis pensamientos. "Y es por eso que estoy aquí. Acepta mi oferta, y tendrás la ansiada libertad y el respeto con los que siempre fantaseaste. Recházala, y me temo que vas a tener que soportar estupideces como esas durante algún tiempo más...para luego terminar bastante mal, junto con toda tu familia".
"¿Que me estás ofreciendo, exactamente?" lo interrogué nuevamente, desconfiada.
"Mira, niña: en unos días, tus hermanos traicionarán a tu padre y a tu madre, con el fin de tomar ellos el puesto que tanto anhelan. Sí, se que parecen unos completos idiotas, pero no lo son. No intentes advertirles, no te van a creer, y vas a frustrar todo mi plan. Si aceptas, te voy a dar las indicaciones necesarias no sólo para escapar de su artimaña, sino también para causar su caída, y quedar como la única heredera."
Sus palabras me confundieron, para llenarme inmediatamente después de pavor. Es verdad, mis hermanos eran cínicos y sarcásticos, pero nunca me hubiera imaginado que fueran así de siniestros. Y mis padres, aunque me habían sobreprotegido hasta lo opresivo durante años, eran objeto de mi afecto, y me estremecí al pensar lo que sus muchos enemigos podrían hacerles.
"No... ¿No hay nada que puedas hacer?"
"No", me dijo, haciéndome sentir un vacío en el estómago, "no hay nada que pueda hacer, a menos que quiera que me atrapen."
"¡Por favor!" supliqué "has algo, o no voy a pactar nada".
"Está bien, no hay acuerdo", me respondió cínicamente, mientras se alejaba. Humillada, tuve que correr tras de él.
"¡Ja, ja, ja! Sabía que ibas a hacer eso. Querida, entiendo que saber esto te duela, pero créeme que es lo más que puedo hacer. Si hago un esfuerzo para salvarlos, por pequeño que este sea, causará mi caída en algún momento. Y entonces, ya no voy a poder ayudar a nadie."
"¿Pero qué es lo peor que te puede pasar? ¡Eres un samaín!".
"Hay muchos conceptos erróneos sobre nosotros", me explicó, "tenemos mucho poder y mucho conocimiento, pero hay seres mucho más fuertes que nosotros, que incluso pueden acabarnos. Pero eso te lo voy a explicar otro día. Ahora, te toca tomar una decisión. Escoge bien."
Lo miré, y él me miró de vuelta. Para ese punto, yo ya me encontraba mas preocupada que confundida. Y, ante esa situación, no pude mas que echar cuentas. Como estaban las cosas, podía aceptar, y ver caer a toda mi familia, o rechazar la oferta, y caer con ella. La decisión mas lógica era evidente.
"Está bien", dije, finalmente "acepto". Él sonrió, para luego continuar.
"Buena elección. Ahora, tengo que retirarme, y tu tienes que despertar. Nos veremos esta noche."
No pude decir nada, pues inmediatamente mi despertador sonó, devolviéndome a la realidad.
Esa mañana, cuando me levanté para desayunar, estaba realmente asustada. Quería creer que todo había sido un sueño, que no estaba a punto de vivir una tragedia. Sin embargo, cuando las burlas de mis hermanos me confirmaron la veracidad de lo que había pasado el día anterior, me rendí ante la realidad. Sólo me quedaba esperar las instrucciones de Aneu, y lamentarme de mi desgracia, cosa en la que invertí el resto del día.
El desayuno con la familia fue sumamente incómodo. No pude mirar a mis hermanos con los mismos ojos, y tuve que literalmente morderme la lengua para no decir nada ante sus falsas muestras de afecto hacia mi madre.
Para ese punto, la mirada de Akim había cambiado. Se veía esta vez triste, como la de quien recuerda a un familiar muy querido.
-Tanta fue la presión, que decidí levantarme antes de la mesa, y retirarme a mi habitación. Tuve unos cuantos minutos para llevarme las manos a la cara, y llorar. Fue en ese estado que me encontró mi mucama personal, y tuve que pensar alguna excusa tonta para que no me delatara.
Inmediatamente después, oí la voz de mi madre, llamándome desde el piso de abajo. Me limpié los ojos, y me dirigí hacia allí, para encontrarme con mi guardia, listo para llevarme a casa de mi tutor. Es así como, al igual que cada día, subí al automóvil acompañada por él, en lo que el chofer arrancaba y conducía algunas cuadras desde mi casa.
Durante el viaje estuve algo mas callada que de costumbre, cosa que el notó. Nuevamente, tuve que simular que nada pasaba, aunque esta vez, mi interlocutor no me creyó.
"Señorita, con todo respeto, no creo conveniente callar cuando se tiene un problema. Sé que no soy el más indicado para conversar ciertos temas. Pero aún así, si desea hacerlo, estoy a su disposición."
Esta vez, mi excusa fue algo mas elaborada: le hablé sobre un romance fallido con un muchacho que conocía, y se tragó entera la historia. El resto del viaje, consistió en un discurso de su parte sobre lo tontos que suelen ser los chicos a mi edad, y de cómo no debería preocuparme por una pérdida tan insignificante. Mientra hablaba, yo me moría de ganas de gritarle a la cara todo lo que Aneu me había dicho, pero otra vez debí callarme.
Al llegar a destino, y como de costumbre, me bajé, con los pies pesados. El tutor me saludó con una sonrisa que, por pura educación, devolví. Aún recuerdo cómo se quejaba el hombre de mi desatención ese día. Varias veces estuve a punto de colapsar, pero me contuve. El martirio continuó hasta el anochecer. Sin haber aprendido nada, volví a casa, y al llegar, subí hasta mi cuarto sin saludar a nadie. Quería encontrarme con Aneu cuanto antes.
Sin embargo, me perseguía la desgracia. No logré dormirme sino hasta varias horas de dar vueltas en la cama después.
No recuerdo mucho de mis sueños aquella noche. Lo que recuerdo muy bien, sin embargo, fueron los últimos minutos.
Atravesé la puerta de entrada de mi casa tras discutir con mi madre, y me encontraba otra vez caminando por la ciudad de la noche anterior. Esta vez, me detuve afuera de un restaurante, en lo que esperaba a un mesero que me atendiera. Por alguna razón, estaba segura de que ese era el lugar indicado para esperar a la criatura.
Como descubrí tiempo después era costumbre suya, no tardó en aparecer. Yo me encontraba mirando al paisaje, pensando. Me sorprendía no ver mas que humanos circulando por las calles. Mis reflexiones se vieron interrumpidas cuando, doblando una esquina, apareció Aneu, tan elegante como siempre. Me saludó con la mano, y se acercó a paso veloz, hasta sentarse frente a mí como la primera vez.
"Hola", me dijo, "¿cómo has estado?"
"Terrible" le respondí, algo irritada por su tono alegre "estuve todo el día con ganas de llorar, y aguantándome las ganas de largar todo".
"Típico. Se enteran de algo que no les gusta, y ya están desesperados por advertir al resto. Siempre me pareció curioso que su instinto social los persiga tras la muerte."
"¡Son mis padres!" le grité, frustrada "¿Qué esperabas que hiciera?"
"Pues justo lo que hiciste, pero eso no lo hace menos peculiar", contestó.
"Pero bueno, a lo que vine: lo que tienes que hacer es muy simple. Cuando despiertes, tienes que ir a la planta baja. Una vez allá, vas a pedirle a tu cocinera una taza de café cortado, y vas a esperar a que tus hermanos bajen. Los vas a saludar con un beso en la mejilla, y una vez que terminen de desayunar, te vas a ofrecer a lavar sus cubiertos y tazas, con la excusa de darle un descanso a la mujer. La sorpresa bastará para causar que tu hermano mayor olvide su teléfono en la mesa, al salir a sus labores. Es entonces que deberás tomarlo, y abrir su aplicación de mensajes, para buscar a Slav Ziven entre sus contactos. Le escribirás diciendo que lo sientes, que no puedes darle lo que te pidió, y luego, borrarás el mensaje. Eso bastará para enojarlo lo suficiente."
Yo escuché con atención cada palabra. Tenía más de una pregunta para hacerle, pero sabiendo por alguna razón que no había mucho tiempo, me limité a decir:
"No sé si pueda hacer esto."
"Lo vas a hacer bien", respondió él, "confía en mí."
Sus palabras, lejos de calmarme, me hicieron sentir abrumada. Me pregunté en ese punto el porqué. ¿Por qué tenía yo que pasar por esto?
"¡Oh! ¿Qué hice para merecer esto?" pregunté, llevándome las manos a la cara.
"Algo muy grave, la verdad...pero me temo que preferirás no saberlo."
"¿Que tan grave?" lo interrogué, otra vez.
"Sólo digamos que te dejaste llevar por tus sentimientos...como sea, no voy a decir más. Si seguimos conversando, vas a despertar cinco minutos tarde", me explicó, mientras se levantaba. "Sólo una cosa: el café tiene que estar tibio. Teoría del caos, le dice uno de mis clientes."
"¿Cuándo volveré a verte?", dije, en lo que se alejaba.
"Pronto", respondió la entidad, "mi amiga, este es el inicio de una fructífera relación comercial."
Yo me quedé sentada en el lugar durante algunos minutos más, esperando el momento en que sonara mi despertador.
Esa mañana, seguí diligentemente sus instrucciones. Al despertar, bajé e hice mi pedido. Estaba hecha un manojo de nervios, lo cual no me impidió, pese a todo, comportarme de una forma inusualmente amable para con mis hermanos. Como Aneu me lo dijo, los besé en la mejilla, y les pregunté como habían descansado, simulando en todo momento estar alegre y relajada.
Ellos me miraron en todo momento con una mezcla de extrañeza y desprecio, que yo preferí ignorar, aún a costa de sentirme algo tonta. Finalmente, terminaron de comer. Esperé a que la cocinera levantara todo de la mesa, para finalmente, ofrecerme a hacer su trabajo.
"Disculpe, señora Alik ¿Quiere que limpie yo?"
Quienes se encontraban a mi alrededor se sorprendieron sobremanera. La mujer, que se resistió en un principio, terminó por aceptar a causa de mi insistencia. No me tomó mas de dos minutos terminar de limpiar. Para cuando me volteé, los dos chicos ya se habían retirado de la sala. Sobre la mesa, se encontraba el teléfono celular de mi hermano, que me apresuré a tomar. Inmediatamente después, me alejé corriendo hasta mi habitación.
Encendí el aparato, abrí la mensajería, y busqué el nombre que se me había dicho. Al abrir el contacto, me encontré con un chat vacío, evidentemente borrado tiempo atrás. Dudé durante unos segundos en proceder. Al hacerlo, probablemente acabaría condenando a alguien a un destino que nadie merece. Sin embargo, al recordar lo que ellos mismos habían planeado, la ira se apoderó de mí, y escribí ya sin rastro sin duda lo que Aneu me había mandado. Hecho esto, borré la conversación, y me apresuré a bajar para dejar el aparato donde lo había encontrado.
Volví inmediatamente a mi cuarto, con el corazón latiéndome fuertemente.
"Ya está", pensé, "ya está hecho".
Ese día, mis preocupaciones por mi familia siguieron atormentándome, aunque ya empezaba a digerir la situación. Por la noche, preferí no cenar, sólo para escapar a la horrible tentación de sacar todo a la luz, lo cual, conociendo a mis padres y tal y como lo había advertido el samaín, resultaría en desastre.
Aneu no volvió a aparecer durante unos tres o cuatro días. En ese tiempo, mi familia notó cambios en mi comportamiento. Ya casi no salía de mi habitación, y apenas comía. Cuando me negué a hablar, mi madre empezó a insistir cada vez más, hasta el punto de que tuvimos una discusión fuerte, que terminó conmigo llorando en mi cama. La situación estaba acabando conmigo, ya no soportaba más el peso del silencio, y la espera de lo inevitable se me hacía insoportable. Fue esa noche que, finalmente, él reapareció. Lo único que recuerdo de ese sueño fue estar en un gigantesco espacio en blanco, sentada en un banco similar al de un parque, con él a mi lado, consolándome.
"Tranquila", me decía, "ya casi es el momento."
Desperté en medio de la madrugada, con mi mucama sacudiéndome, con un notable rostro de preocupación.
"Señorita Hedeon, por favor levántese. Hay algo de lo que necesito que hablemos."
Lo que siguió a esto, fue la noticia que había estado temiendo durante días. Sin decirme nada, mi familia había salido de la casa en medio noche, para una reunión de emergencia. Al parecer, era todo parte de un elaborado plan, que resultó en su captura. Nunca supe que les pasó. Nadie se atrevió a decírmelo.
Después de eso, una tía mía que no había visto en años se hizo cargo de mí. Ella me crió hasta que tuve la edad suficiente para dirigir Barken Leddis por mí misma. Hasta el día de hoy sigue siendo mi confidente.
Su semblante lucía ahora incluso mas melancólico que antes. Era evidente que hablar de este tipo de cuestiones la afectaba, y mucho.
-Como sea, tuve otros encuentros con Aneu después de eso. Como él mismo lo dijo, hemos hecho acuerdos fructíferos. Le debo mucho, aunque a veces no me sienta del todo cómoda lidiando con él. Por mas que he insistido, nunca quiso decirme exactamente cuál es su plan para mí. No es algo que realmente me mate, la verdad...pero sería bueno saberlo. Pero bueno, creo que ya me estoy explayando demasiado. Ahora, te toca cumplir tu parte del acuerdo. Yo ya te conté mi historia, así que deberás decirme la tuya.-y colocando otro terrón en su taza, continuó-Te escucho.
A esto, siguió una larga narración sobre mi vida, tan abundante en detalles como la suya, que ella escuchó con sumo interés. Una vez que terminé, sostuvimos una pequeña charla, en que me deseó suerte.
-Espero que tengas éxito en tu propósito. Si algo aprendí después de tantos años de trabajar con Aneu, es que los samaín nunca cometen equivocaciones. Sólo espero que el bastardo desee lo mismo que yo.-me dijo, con una amigable sonrisa. A continuación, me invitó a retirarme, y ambos caminamos hacia la puerta, en que me encontré con Orel, quien había cumplido adecuadamente con el mandato de su señora.
-Orel, querida, te tengo una tarea.-dijo, sin molestarse con mi presencia-Quiero que te encargues de...cuidar de nuestro invitado, si entiendes lo que quiero decir. Necesito que alguien evalúe sus capacidades antes de integrarlo. Voy a disponer una habitación para él justo al lado de la tuya, la 102, que deberá estar cerrada con llave durante la noche.
-Por supuesto.-respondió la joven-¿Hay algo mas que deba saber?
-Sí. Hemos conversado de cuestiones personales, y preferiría que la cosa no se ventilara. Así que si lo ves diciendo algo que no debería, deberás notificármelo inmediatamente. En cuanto a ti-dijo, dirigiéndose a mí-, será mejor que no me entere de nada, o podrías acabar bastante mal. En fin, pueden irse. Tengo cosas que hacer.
"Imbéciles" pensaba para mis adentros. "Como si ustedes tuvieran que soportar lo que yo".
No cené esa noche. No estaba dispuesta a soportar la inquisidora mirada de los comensales. En su lugar, me dirigí hasta mi habitación, y me acosté a dormir. "No es justo" me dije a mi misma "ellos pueden hacer lo que quieran e ir a donde quieran, y yo no puedo ir ni a la esquina sin vigilancia".
Esas palabras llevaron a su vez a más y más profundas reflexiones, y en pocos minutos me encontraba en un estado de indignación total. Me dormí llorando de la rabia, mientras me preguntaba cuándo me visitaría el samaín.
Fue durante mis sueños que, finalmente, lo hizo.
Me soñé caminando por una inmensa ciudad, totalmente perdida. La calle estaba muy concurrida, y por más que intentaba pedir indicaciones, nadie se molestaba en dármelas. El color del cielo era extraño, pero hermoso, y el sol brillaba calentándome. En un momento dado, pude ver el mar, y a la distancia, dentro de este, una gigantesca estatua de una mujer, que sostenía una especie de linterna en una de sus manos. Era una escena bella. Fue entonces que, desde atrás, pude sentir una voz que me hablaba. Al voltear, di con la entidad caminando entre la multitud silenciosa.
"El mundo de los vivos es muy bello ¿verdad?", dijo Aneu, mientras se acercaba a donde yo estaba. No fue sino hasta ese punto que me di cuenta de que estaba dormida.
"A...Aneu" dije, algo nerviosa, "pensé que ya no ibas a venir".
"Nunca falto a mis citas, y menos con una bella", me respondió, guiñádome el ojo, mientras se paraba a mi lado. "¿Te gusta lo que ves?", me preguntó.
"Sí...es muy hermoso", nunca me había dado cuenta, pero los colores que reinan en mi mundo son saturantes a la vista y el corazón.
"Y dime ¿No sientes como si tuvieras una conexión con lo que te rodea?"
Empecé a evaluar mis sentimientos. No tardé mucho en darme cuenta de que tenía razón, me sentía como si estuviera en casa. Mucho más en casa, de hecho, que en el hogar de mis padres.
"Eso" dijo, sin darme tiempo a contestar "es porque esta es tu casa".
"¿Cómo que mi casa?" le pregunté, sorprendida.
"Tú y todos los que haz conocido", me explicó, "proceden de aquí. Tu mundo no pasa de ser una impostura, una imitación."
Yo volvía a estar confundida. Sin embargo, esta vez tampoco me dio tiempo a preguntar.
"Verás, querida: toda alma inteligente que has conocido ha pasado por este lugar. O por lo menos, la inmensa mayoría. Este lugar es el centro de un gran examen. Los que lo pasan, van a un lugar que en realidad no es muy diferente a tu mundo, pero en el que todos quisiéramos vivir. Los que no, van directamente a tu mundo".
"¿Y en qué consiste ese examen?", lo interrogué nuevamente.
"En amar a los demás, en resumen. Los que vivieron honorablemente, pasarán la eternidad en ese lugar del que te hablé. Los que fueron malos en el corto, cortísimo período que se pasa aquí, sufrirán para siempre las consecuencias de sus actos en la alternativa, en que deberán convivir con los que fueron como ellos. Cobardes, corruptos, depravados, traidores, sádicos, sarcásticos, todos reunidos y obligados a convivir para siempre. Un castigo sin duda más cruel que cualquiera que se pueda aplicar aquí." Me quedé pensando en lo que dijo. Ahora entendía muchas cosas. Siempre me había preguntado porqué el mundo era como era, y ya tenía la respuesta.
Por otro lado, aunque la idea de haber sido mala me desagradaba por razones que sobra explicar, la de estar condenada a una eternidad de sufrimiento, en la que rara vez había reparado por mi corta edad, era aún peor.
"¿Y se puede escapar?" pregunté.
"En teoría", respondió, "pero nadie lo ha hecho hasta ahora, y no es tu destino salir."
Su respuesta me entristeció, a la par que me hizo reflexionar. Recordé a mis hermanos, y a mis padres. ¿Realmente quería vivir condicionada por ellos el resto de mi eterna existencia?
"No, definitivamente no lo quieres", intervino el ser, como si adivinara mis pensamientos. "Y es por eso que estoy aquí. Acepta mi oferta, y tendrás la ansiada libertad y el respeto con los que siempre fantaseaste. Recházala, y me temo que vas a tener que soportar estupideces como esas durante algún tiempo más...para luego terminar bastante mal, junto con toda tu familia".
"¿Que me estás ofreciendo, exactamente?" lo interrogué nuevamente, desconfiada.
"Mira, niña: en unos días, tus hermanos traicionarán a tu padre y a tu madre, con el fin de tomar ellos el puesto que tanto anhelan. Sí, se que parecen unos completos idiotas, pero no lo son. No intentes advertirles, no te van a creer, y vas a frustrar todo mi plan. Si aceptas, te voy a dar las indicaciones necesarias no sólo para escapar de su artimaña, sino también para causar su caída, y quedar como la única heredera."
Sus palabras me confundieron, para llenarme inmediatamente después de pavor. Es verdad, mis hermanos eran cínicos y sarcásticos, pero nunca me hubiera imaginado que fueran así de siniestros. Y mis padres, aunque me habían sobreprotegido hasta lo opresivo durante años, eran objeto de mi afecto, y me estremecí al pensar lo que sus muchos enemigos podrían hacerles.
"No... ¿No hay nada que puedas hacer?"
"No", me dijo, haciéndome sentir un vacío en el estómago, "no hay nada que pueda hacer, a menos que quiera que me atrapen."
"¡Por favor!" supliqué "has algo, o no voy a pactar nada".
"Está bien, no hay acuerdo", me respondió cínicamente, mientras se alejaba. Humillada, tuve que correr tras de él.
"¡Ja, ja, ja! Sabía que ibas a hacer eso. Querida, entiendo que saber esto te duela, pero créeme que es lo más que puedo hacer. Si hago un esfuerzo para salvarlos, por pequeño que este sea, causará mi caída en algún momento. Y entonces, ya no voy a poder ayudar a nadie."
"¿Pero qué es lo peor que te puede pasar? ¡Eres un samaín!".
"Hay muchos conceptos erróneos sobre nosotros", me explicó, "tenemos mucho poder y mucho conocimiento, pero hay seres mucho más fuertes que nosotros, que incluso pueden acabarnos. Pero eso te lo voy a explicar otro día. Ahora, te toca tomar una decisión. Escoge bien."
Lo miré, y él me miró de vuelta. Para ese punto, yo ya me encontraba mas preocupada que confundida. Y, ante esa situación, no pude mas que echar cuentas. Como estaban las cosas, podía aceptar, y ver caer a toda mi familia, o rechazar la oferta, y caer con ella. La decisión mas lógica era evidente.
"Está bien", dije, finalmente "acepto". Él sonrió, para luego continuar.
"Buena elección. Ahora, tengo que retirarme, y tu tienes que despertar. Nos veremos esta noche."
No pude decir nada, pues inmediatamente mi despertador sonó, devolviéndome a la realidad.
Esa mañana, cuando me levanté para desayunar, estaba realmente asustada. Quería creer que todo había sido un sueño, que no estaba a punto de vivir una tragedia. Sin embargo, cuando las burlas de mis hermanos me confirmaron la veracidad de lo que había pasado el día anterior, me rendí ante la realidad. Sólo me quedaba esperar las instrucciones de Aneu, y lamentarme de mi desgracia, cosa en la que invertí el resto del día.
El desayuno con la familia fue sumamente incómodo. No pude mirar a mis hermanos con los mismos ojos, y tuve que literalmente morderme la lengua para no decir nada ante sus falsas muestras de afecto hacia mi madre.
Para ese punto, la mirada de Akim había cambiado. Se veía esta vez triste, como la de quien recuerda a un familiar muy querido.
-Tanta fue la presión, que decidí levantarme antes de la mesa, y retirarme a mi habitación. Tuve unos cuantos minutos para llevarme las manos a la cara, y llorar. Fue en ese estado que me encontró mi mucama personal, y tuve que pensar alguna excusa tonta para que no me delatara.
Inmediatamente después, oí la voz de mi madre, llamándome desde el piso de abajo. Me limpié los ojos, y me dirigí hacia allí, para encontrarme con mi guardia, listo para llevarme a casa de mi tutor. Es así como, al igual que cada día, subí al automóvil acompañada por él, en lo que el chofer arrancaba y conducía algunas cuadras desde mi casa.
Durante el viaje estuve algo mas callada que de costumbre, cosa que el notó. Nuevamente, tuve que simular que nada pasaba, aunque esta vez, mi interlocutor no me creyó.
"Señorita, con todo respeto, no creo conveniente callar cuando se tiene un problema. Sé que no soy el más indicado para conversar ciertos temas. Pero aún así, si desea hacerlo, estoy a su disposición."
Esta vez, mi excusa fue algo mas elaborada: le hablé sobre un romance fallido con un muchacho que conocía, y se tragó entera la historia. El resto del viaje, consistió en un discurso de su parte sobre lo tontos que suelen ser los chicos a mi edad, y de cómo no debería preocuparme por una pérdida tan insignificante. Mientra hablaba, yo me moría de ganas de gritarle a la cara todo lo que Aneu me había dicho, pero otra vez debí callarme.
Al llegar a destino, y como de costumbre, me bajé, con los pies pesados. El tutor me saludó con una sonrisa que, por pura educación, devolví. Aún recuerdo cómo se quejaba el hombre de mi desatención ese día. Varias veces estuve a punto de colapsar, pero me contuve. El martirio continuó hasta el anochecer. Sin haber aprendido nada, volví a casa, y al llegar, subí hasta mi cuarto sin saludar a nadie. Quería encontrarme con Aneu cuanto antes.
Sin embargo, me perseguía la desgracia. No logré dormirme sino hasta varias horas de dar vueltas en la cama después.
No recuerdo mucho de mis sueños aquella noche. Lo que recuerdo muy bien, sin embargo, fueron los últimos minutos.
Atravesé la puerta de entrada de mi casa tras discutir con mi madre, y me encontraba otra vez caminando por la ciudad de la noche anterior. Esta vez, me detuve afuera de un restaurante, en lo que esperaba a un mesero que me atendiera. Por alguna razón, estaba segura de que ese era el lugar indicado para esperar a la criatura.
Como descubrí tiempo después era costumbre suya, no tardó en aparecer. Yo me encontraba mirando al paisaje, pensando. Me sorprendía no ver mas que humanos circulando por las calles. Mis reflexiones se vieron interrumpidas cuando, doblando una esquina, apareció Aneu, tan elegante como siempre. Me saludó con la mano, y se acercó a paso veloz, hasta sentarse frente a mí como la primera vez.
"Hola", me dijo, "¿cómo has estado?"
"Terrible" le respondí, algo irritada por su tono alegre "estuve todo el día con ganas de llorar, y aguantándome las ganas de largar todo".
"Típico. Se enteran de algo que no les gusta, y ya están desesperados por advertir al resto. Siempre me pareció curioso que su instinto social los persiga tras la muerte."
"¡Son mis padres!" le grité, frustrada "¿Qué esperabas que hiciera?"
"Pues justo lo que hiciste, pero eso no lo hace menos peculiar", contestó.
"Pero bueno, a lo que vine: lo que tienes que hacer es muy simple. Cuando despiertes, tienes que ir a la planta baja. Una vez allá, vas a pedirle a tu cocinera una taza de café cortado, y vas a esperar a que tus hermanos bajen. Los vas a saludar con un beso en la mejilla, y una vez que terminen de desayunar, te vas a ofrecer a lavar sus cubiertos y tazas, con la excusa de darle un descanso a la mujer. La sorpresa bastará para causar que tu hermano mayor olvide su teléfono en la mesa, al salir a sus labores. Es entonces que deberás tomarlo, y abrir su aplicación de mensajes, para buscar a Slav Ziven entre sus contactos. Le escribirás diciendo que lo sientes, que no puedes darle lo que te pidió, y luego, borrarás el mensaje. Eso bastará para enojarlo lo suficiente."
Yo escuché con atención cada palabra. Tenía más de una pregunta para hacerle, pero sabiendo por alguna razón que no había mucho tiempo, me limité a decir:
"No sé si pueda hacer esto."
"Lo vas a hacer bien", respondió él, "confía en mí."
Sus palabras, lejos de calmarme, me hicieron sentir abrumada. Me pregunté en ese punto el porqué. ¿Por qué tenía yo que pasar por esto?
"¡Oh! ¿Qué hice para merecer esto?" pregunté, llevándome las manos a la cara.
"Algo muy grave, la verdad...pero me temo que preferirás no saberlo."
"¿Que tan grave?" lo interrogué, otra vez.
"Sólo digamos que te dejaste llevar por tus sentimientos...como sea, no voy a decir más. Si seguimos conversando, vas a despertar cinco minutos tarde", me explicó, mientras se levantaba. "Sólo una cosa: el café tiene que estar tibio. Teoría del caos, le dice uno de mis clientes."
"¿Cuándo volveré a verte?", dije, en lo que se alejaba.
"Pronto", respondió la entidad, "mi amiga, este es el inicio de una fructífera relación comercial."
Yo me quedé sentada en el lugar durante algunos minutos más, esperando el momento en que sonara mi despertador.
Esa mañana, seguí diligentemente sus instrucciones. Al despertar, bajé e hice mi pedido. Estaba hecha un manojo de nervios, lo cual no me impidió, pese a todo, comportarme de una forma inusualmente amable para con mis hermanos. Como Aneu me lo dijo, los besé en la mejilla, y les pregunté como habían descansado, simulando en todo momento estar alegre y relajada.
Ellos me miraron en todo momento con una mezcla de extrañeza y desprecio, que yo preferí ignorar, aún a costa de sentirme algo tonta. Finalmente, terminaron de comer. Esperé a que la cocinera levantara todo de la mesa, para finalmente, ofrecerme a hacer su trabajo.
"Disculpe, señora Alik ¿Quiere que limpie yo?"
Quienes se encontraban a mi alrededor se sorprendieron sobremanera. La mujer, que se resistió en un principio, terminó por aceptar a causa de mi insistencia. No me tomó mas de dos minutos terminar de limpiar. Para cuando me volteé, los dos chicos ya se habían retirado de la sala. Sobre la mesa, se encontraba el teléfono celular de mi hermano, que me apresuré a tomar. Inmediatamente después, me alejé corriendo hasta mi habitación.
Encendí el aparato, abrí la mensajería, y busqué el nombre que se me había dicho. Al abrir el contacto, me encontré con un chat vacío, evidentemente borrado tiempo atrás. Dudé durante unos segundos en proceder. Al hacerlo, probablemente acabaría condenando a alguien a un destino que nadie merece. Sin embargo, al recordar lo que ellos mismos habían planeado, la ira se apoderó de mí, y escribí ya sin rastro sin duda lo que Aneu me había mandado. Hecho esto, borré la conversación, y me apresuré a bajar para dejar el aparato donde lo había encontrado.
Volví inmediatamente a mi cuarto, con el corazón latiéndome fuertemente.
"Ya está", pensé, "ya está hecho".
Ese día, mis preocupaciones por mi familia siguieron atormentándome, aunque ya empezaba a digerir la situación. Por la noche, preferí no cenar, sólo para escapar a la horrible tentación de sacar todo a la luz, lo cual, conociendo a mis padres y tal y como lo había advertido el samaín, resultaría en desastre.
Aneu no volvió a aparecer durante unos tres o cuatro días. En ese tiempo, mi familia notó cambios en mi comportamiento. Ya casi no salía de mi habitación, y apenas comía. Cuando me negué a hablar, mi madre empezó a insistir cada vez más, hasta el punto de que tuvimos una discusión fuerte, que terminó conmigo llorando en mi cama. La situación estaba acabando conmigo, ya no soportaba más el peso del silencio, y la espera de lo inevitable se me hacía insoportable. Fue esa noche que, finalmente, él reapareció. Lo único que recuerdo de ese sueño fue estar en un gigantesco espacio en blanco, sentada en un banco similar al de un parque, con él a mi lado, consolándome.
"Tranquila", me decía, "ya casi es el momento."
Desperté en medio de la madrugada, con mi mucama sacudiéndome, con un notable rostro de preocupación.
"Señorita Hedeon, por favor levántese. Hay algo de lo que necesito que hablemos."
Lo que siguió a esto, fue la noticia que había estado temiendo durante días. Sin decirme nada, mi familia había salido de la casa en medio noche, para una reunión de emergencia. Al parecer, era todo parte de un elaborado plan, que resultó en su captura. Nunca supe que les pasó. Nadie se atrevió a decírmelo.
Después de eso, una tía mía que no había visto en años se hizo cargo de mí. Ella me crió hasta que tuve la edad suficiente para dirigir Barken Leddis por mí misma. Hasta el día de hoy sigue siendo mi confidente.
Su semblante lucía ahora incluso mas melancólico que antes. Era evidente que hablar de este tipo de cuestiones la afectaba, y mucho.
-Como sea, tuve otros encuentros con Aneu después de eso. Como él mismo lo dijo, hemos hecho acuerdos fructíferos. Le debo mucho, aunque a veces no me sienta del todo cómoda lidiando con él. Por mas que he insistido, nunca quiso decirme exactamente cuál es su plan para mí. No es algo que realmente me mate, la verdad...pero sería bueno saberlo. Pero bueno, creo que ya me estoy explayando demasiado. Ahora, te toca cumplir tu parte del acuerdo. Yo ya te conté mi historia, así que deberás decirme la tuya.-y colocando otro terrón en su taza, continuó-Te escucho.
A esto, siguió una larga narración sobre mi vida, tan abundante en detalles como la suya, que ella escuchó con sumo interés. Una vez que terminé, sostuvimos una pequeña charla, en que me deseó suerte.
-Espero que tengas éxito en tu propósito. Si algo aprendí después de tantos años de trabajar con Aneu, es que los samaín nunca cometen equivocaciones. Sólo espero que el bastardo desee lo mismo que yo.-me dijo, con una amigable sonrisa. A continuación, me invitó a retirarme, y ambos caminamos hacia la puerta, en que me encontré con Orel, quien había cumplido adecuadamente con el mandato de su señora.
-Orel, querida, te tengo una tarea.-dijo, sin molestarse con mi presencia-Quiero que te encargues de...cuidar de nuestro invitado, si entiendes lo que quiero decir. Necesito que alguien evalúe sus capacidades antes de integrarlo. Voy a disponer una habitación para él justo al lado de la tuya, la 102, que deberá estar cerrada con llave durante la noche.
-Por supuesto.-respondió la joven-¿Hay algo mas que deba saber?
-Sí. Hemos conversado de cuestiones personales, y preferiría que la cosa no se ventilara. Así que si lo ves diciendo algo que no debería, deberás notificármelo inmediatamente. En cuanto a ti-dijo, dirigiéndose a mí-, será mejor que no me entere de nada, o podrías acabar bastante mal. En fin, pueden irse. Tengo cosas que hacer.