viernes, 31 de mayo de 2019

Infierno V

V

La mujer se apoyó enteramente  sobre el escritorio, y tras beber un sorbo de su café, comenzó a narrar:

-Era un día inusualmente caluroso, hace ya casi veinte años. Yo tendría catorce o quince, no recuerdo muy bien. Lo que si recuerdo, es que mi familia me protegía mucho. No me dejaban salir a la calle sin compañía de un guardia armado, y yo los odiaba por eso. Una tarde, algo harta de la situación, decidí plantearlo durante el almuerzo. Es así como, del diálogo amigable y alegre, pronto pasamos a la discusión. Ellos insistían en que lo hacían para protegerme, en que no querían que nada me pasara, pero yo no supe entender. Era una chiquilla tonta y algo caprichosa, así que, enojada, me levanté y me dirigí hacia mi habitación.

Lo primero que me llamó la atención de relato, fue la forma en que describió su edad, casi tal y como lo haría un mortal en la Tierra. Esto era  bastante revelador: los condenados en este mundo no son traídos aquí por los demonios o una entidad similar, sino que, al parecer, nacían como en cualquier otro lugar.

Una vez allí, y como buena niña de clase alta, comencé a fantasear con alguna pequeña venganza. Miré por la ventana. Afuera estaba hermoso, y aunque mis padres me habían prohibido terminantemente abandonar la casa ese día, decidí ignorarlos, y, tras salir por la ventana, me arrastré por los tejados hasta dar con un árbol cuyas ramas se extendían hasta donde yo estaba. 
Pocos minutos mas tarde, me encontraba recorriendo las calles de un mercado cercano, que curiosamente nunca había visitado antes. No era para sorprenderse: mi recorrido diario era entre mi casa y la de mi tutor, así que nunca había tenido la oportunidad de conocer en detalle mi propio barrio. 
No tardé en dar con una elegante cafetería, en que decidí parar para tomar algo. Había comido mas bien poco ese día, y estaba realmente hambrienta. 
Así que llegué, tome asiento, y cuando me atendieron, pedí una taza de café con leche y algo de pan dulce. Tardaron varios minutos en traerme mi pedido, pero cuando lo hicieron, empecé a devorarlo a una velocidad considerable. No fue sino hasta entonces que noté que el lugar estaba extrañamente vacío para el horario. De hecho, yo era la única cliente. En ese preciso instante, él entró por la puerta. 
Vestido con su tradicional gabardina, su traje y su ridículo sombrerito, me fue imposible relacionarlo con ninguna especie que conociera hasta el momento. De hecho, al principio pensé que era una mujer muy fea, y con un extraño gusto a la hora de vestir. Me sorprendí sobremanera cuando, en lugar de buscar su propio asiento, se acercó a mí, y me saludó como si me conociera de toda la vida. 
"¡Akim! Que gusto verte" dijo, en lo que tomaba asiento frente a mí. 
"¿Quién es usted? ¿Quién le dijo mi nombre?", le pregunté.
"Yo soy Aneu, y sé muchas cosas", me respondió, riendo. Yo estaba empezando a asustarme. Pensé por un momento que había cometido un grave error. Quizá mis padres no estaban exagerando después de todo. A fin de cuentas, estaba acostumbrada a que hombres y jóvenes intentaran coquetearme, pero eso no eso no explicaba cómo este...¿hombre? sabía como me llamaba.
"Tranquila," intervino él, calmándome un poco "no voy a raptarte. Sólo hay algo de lo que quisiera que habláramos."
Cuando iba a preguntarle de qué se trataba, el mesero se acercó a pasarme la cuenta. Me alarmé cuando me di cuenta de que era mucho más de lo que había traído. Aneu hizo entonces un gesto con los ojos, moviéndolos hacia abajo. Yo no entendía qué quería decirme.
"Tus bolsillos", me dijo "revisa tus bolsillos."
Obedecí, sólo para dar con un gran fajo de billetes que definitivamente no había tomado al salir. Lo  saqué, aún sin poder creerlo, y tras extraer algunos billetes de él, pagué mi pedido. 
Una vez que el joven se retiró, yo me quedé viendo al ser que se encontraba junto a mí, como atontada. 
"¿Qué...qué hiciste? ¿Que eres?" pregunté, casi tan asustada como antes. Él sonrió, como si le hiciera gracia la pregunta.
"Estos humanos, siempre tan impresionables" dijo, mientras materializaba de la nada una copa de vino. Para ese punto, una parte de mi deseaba salir corriendo, pero la otra sentía por alguna razón que él no era un peligro. "Digamos que soy lo que ustedes llaman un samaín", comentó, tras beber un poco de la alcohólica bebida.
La respuesta me dejó impresionada. Nunca había creído que esos seres existieran. Incluso, veía como tontos a quienes creían en ellos. Pero ahora, tenía uno de ellos en frente de mí, y me había ayudado a pagar la cuenta.
"Sé lo que estás pensando. ¿Por qué tú? ¿Por qué ahora? La respuesta no debería sorprendente, teniendo en cuenta que eres hija de uno de los mafiosos mas importantes de la ciudad", me explicó. "Puede que no entiendas el porqué ahora, pero vas a ser importante en mis planes algún día. Como sabrás, a los samaín nos gusta jugar. Y mi juego contigo empieza en este preciso instante." Yo lo miré, sin entender nada.
"Y...¿De qué se trata ese juego?" le pregunté, intrigada.
"Es muy simple, en realidad. Te voy a ayudar a cumplir tu sueño. Te voy a ayudar a llegar hasta la cúspide" me dijo. Definitivamente, me conocía muy bien. Yo era la menor de tres hermanos, dos de los cuales eran varones. Los dos eran...bastante incompetentes, a decir verdad. Descuidados, bocones. Y sin embargo, tenían, sólo por su sexo, una mayor jerarquía de la que yo podría alcanzar nunca.
"¿Y qué me pides a cambio?" lo interrogué por segunda vez. Él me miró a los ojos, y sonrió nuevamente.
"Nada", contestó. Nada era lo que yo entendía.
"¿Y por qué me ayudas, entonces?"
"Porque estoy aburrido", dijo, "¿Sabes lo que es saber con millones de años de antelación el final de un chiste? Es una verdadera tortura. Por eso hago lo que hago. Algunos samaín van por ahí creando sectas. Yo prefiero crear verdaderas obras de arte, historias interesantes de ver y contar." Pensé por un momento en lo que me había dicho. Y sí, era verdad. Si yo estuviera en su lugar, con certeza haría lo mismo.
"Y bueno ¿Qué dices?", me interrogó él esta vez.
"¿Podrías darme unos días para pensarlo?", le dije. En retrospectiva, me sorprendo de lo tonta que fue la pregunta. Habiendo tantas cosas sobre las que interrogarlo, se me había ocurrido la peor de todas. Sin embargo, la verdad es que, en mis nervios, mi mente no estaba muy clara.
"No unos días, pero sí unas horas", me respondió. "Tienes hasta esta noche. Elige bien. Ahora, si me disculpas, tengo que irme. Y tú también deberías hacerlo.", dijo, en lo que se levantaba y se alejaba por la puerta. Yo hice lo propio poco después. 
Cuando salí, no logré verlo por ninguna parte. Sin tener mucho más que hacer, caminé de vuelta a mi casa, pensando inútilmente en una excusa para mis padres. Si no me inventaba algo bueno pronto, seguro iba a acabar con un par de latigazos de parte de mi madre. Cuando llegué, estaba aún mas asustada que cuando apareció el samaín. Al tocar la puerta, ya sentía el dolor en mi espalda.
Sin embargo, nada de lo que temía pasó. En su lugar, mi padre abrió la puerta, y me abrazó antes de que pudiera decir nada. 
"¡Hija!" exclamó "¿Dónde estabas?". Sin tener ninguna buena idea, no pude mas que decirle la verdad. "¿Tienes idea de cómo se puso tu madre? ¡Pensamos que ya te habrían capturado!". A decir verdad, no pude evitar sentirme algo culpable al ver su preocupación.  Poco después, me encontraba sentada en la mesa del comedor, mirando a mi madre recuperarse de un ataque de pánico, y con mi padre dándome el sermón de mi vida. No pude evitar sentirme incómoda ante la desagradable situación que había generado. Mientras mi padre hablaba, mis hermanos me miraban haciendo gestos de desaprobación, todo producto de su carácter infantil y algo cruel.
"Imbéciles" pensaba para mis adentros. "Como si ustedes tuvieran que soportar lo que yo".
No cené esa noche. No estaba dispuesta a soportar la inquisidora mirada de los comensales. En su lugar, me dirigí hasta mi habitación, y me acosté a dormir. "No es justo" me dije a mi misma "ellos pueden hacer lo que quieran e ir a donde quieran, y yo no puedo ir ni a la esquina sin vigilancia".
Esas palabras llevaron a su vez a más y más profundas reflexiones, y en pocos minutos me encontraba en un estado de indignación total. Me dormí llorando de la rabia, mientras me preguntaba cuándo me visitaría el samaín.
Fue durante mis sueños que, finalmente, lo hizo.
Me soñé caminando por una inmensa ciudad, totalmente perdida. La calle estaba muy concurrida, y por más  que intentaba pedir indicaciones, nadie se molestaba en dármelas. El color del cielo era extraño, pero hermoso, y el sol brillaba calentándome. En un momento dado, pude ver el mar,  y a la distancia, dentro de este, una gigantesca estatua de una mujer, que sostenía una especie de linterna en una de sus manos. Era una escena bella. Fue entonces que, desde atrás, pude sentir una voz que me hablaba. Al voltear, di con la entidad caminando entre la multitud silenciosa.
"El mundo de los vivos es muy bello ¿verdad?", dijo Aneu, mientras  se acercaba a donde yo estaba. No fue sino hasta ese punto que me di cuenta de que estaba dormida.
"A...Aneu" dije, algo nerviosa, "pensé que ya no ibas a venir".
"Nunca falto a mis citas, y menos con una bella", me respondió, guiñádome el ojo, mientras se paraba a mi lado. "¿Te gusta lo que ves?", me preguntó.
"Sí...es muy hermoso", nunca me había dado cuenta, pero los colores que reinan en mi mundo son saturantes a la vista y el corazón.
"Y dime ¿No sientes como si tuvieras una conexión con lo que te rodea?"
Empecé a evaluar mis sentimientos. No tardé mucho en darme cuenta de que tenía razón, me sentía como si estuviera en casa. Mucho más en casa, de hecho, que en el hogar de mis padres.
"Eso" dijo, sin darme tiempo a contestar "es porque esta es tu casa".
"¿Cómo que mi casa?" le pregunté, sorprendida.
"Tú y todos los que haz conocido", me explicó, "proceden de aquí. Tu mundo no pasa de ser una impostura, una imitación."
Yo volvía a estar confundida. Sin embargo, esta vez tampoco me dio tiempo a preguntar.
"Verás, querida: toda alma inteligente que has conocido ha pasado por este lugar. O por lo menos, la inmensa mayoría. Este lugar es el centro de un gran examen. Los que lo pasan, van a un lugar que en realidad no es muy diferente a tu mundo, pero en el que todos quisiéramos vivir. Los que no, van directamente a tu mundo".
"¿Y en qué consiste ese examen?", lo interrogué nuevamente.
"En amar a los demás, en resumen. Los que vivieron honorablemente, pasarán la eternidad en ese lugar del que te hablé. Los que fueron malos en el corto, cortísimo período que se pasa aquí, sufrirán para siempre las consecuencias de sus actos en la alternativa, en que deberán convivir con los que fueron como ellos. Cobardes, corruptos, depravados, traidores, sádicos, sarcásticos, todos reunidos y obligados a convivir para siempre. Un castigo sin duda más cruel que cualquiera que se pueda aplicar aquí." Me quedé pensando en lo que dijo. Ahora entendía muchas cosas. Siempre me había preguntado porqué el mundo era como era, y ya tenía la respuesta.
Por otro lado, aunque la idea de haber sido mala me desagradaba por razones que sobra explicar, la de estar condenada a una eternidad de sufrimiento, en la que rara vez había reparado por mi corta edad, era aún peor.
"¿Y se puede escapar?" pregunté.
"En teoría", respondió, "pero nadie lo ha hecho hasta ahora, y no es tu destino salir."
Su respuesta me entristeció, a la par que me hizo reflexionar. Recordé a mis hermanos, y a mis padres. ¿Realmente quería vivir condicionada por ellos el resto de mi eterna existencia?
"No, definitivamente no lo quieres", intervino el ser, como si adivinara mis pensamientos. "Y es por eso que estoy aquí. Acepta mi oferta, y tendrás la ansiada libertad y el respeto con los que siempre fantaseaste. Recházala, y me temo que vas a tener que soportar estupideces como esas durante algún tiempo más...para luego terminar bastante mal, junto con toda tu familia".
"¿Que me estás ofreciendo, exactamente?" lo interrogué nuevamente, desconfiada.
"Mira, niña: en unos días, tus hermanos traicionarán a tu padre y a tu madre, con el fin de tomar ellos el puesto que tanto anhelan. Sí, se que parecen unos completos idiotas, pero no lo son. No intentes advertirles, no te van a creer, y vas a frustrar todo mi plan. Si aceptas, te voy a dar las indicaciones necesarias no sólo para escapar de su artimaña, sino también para causar su caída, y quedar como la única heredera."
Sus palabras me confundieron, para llenarme inmediatamente después de pavor. Es verdad, mis hermanos eran cínicos y sarcásticos, pero nunca me hubiera imaginado que fueran así de siniestros. Y mis padres, aunque me habían sobreprotegido hasta lo opresivo durante años, eran objeto de mi afecto, y me estremecí al pensar lo que sus muchos enemigos podrían hacerles.
"No... ¿No hay  nada que puedas hacer?"
"No", me dijo, haciéndome sentir un vacío en el estómago, "no hay nada que pueda hacer, a menos que quiera que me atrapen."
"¡Por favor!" supliqué "has algo, o no voy a pactar nada".
"Está bien, no hay acuerdo", me respondió cínicamente, mientras se alejaba. Humillada, tuve que correr tras de él.
"¡Ja, ja, ja! Sabía que ibas a hacer eso. Querida, entiendo que saber esto te duela, pero créeme que es lo más que puedo hacer. Si hago un esfuerzo para salvarlos, por pequeño que este sea, causará mi caída en algún momento. Y entonces, ya no voy a poder ayudar a nadie."
"¿Pero qué es lo peor que te puede pasar? ¡Eres un samaín!".
"Hay muchos conceptos erróneos sobre nosotros", me explicó, "tenemos mucho poder y mucho conocimiento, pero hay seres mucho más fuertes que nosotros, que incluso pueden acabarnos. Pero eso te lo voy a explicar otro día. Ahora, te toca tomar una decisión. Escoge bien."
Lo miré, y él me miró de vuelta. Para ese punto, yo ya me encontraba mas preocupada que confundida. Y, ante esa situación, no pude mas que echar cuentas. Como estaban las cosas, podía aceptar, y ver caer a toda mi familia, o rechazar la oferta, y caer con ella. La decisión mas lógica era evidente.
"Está bien", dije, finalmente "acepto". Él sonrió, para luego continuar.
"Buena elección. Ahora, tengo que retirarme, y tu tienes que despertar. Nos veremos esta noche."
No pude decir nada, pues inmediatamente mi despertador sonó, devolviéndome a la realidad.
Esa mañana, cuando me levanté para desayunar, estaba realmente asustada. Quería creer que todo había sido un sueño, que no estaba a punto de vivir una tragedia. Sin embargo, cuando las burlas de mis hermanos me confirmaron la veracidad de lo que había pasado el día anterior, me rendí ante la realidad. Sólo me quedaba esperar las instrucciones de Aneu, y lamentarme de mi desgracia, cosa en la que invertí el resto del día.
El desayuno con la familia fue sumamente incómodo. No pude mirar a mis hermanos con los mismos ojos, y tuve que literalmente morderme la lengua para no decir nada ante sus falsas muestras de afecto hacia mi madre.

Para ese punto, la mirada de Akim había cambiado. Se veía esta vez triste, como la de quien recuerda a un familiar muy querido.

-Tanta fue la presión, que decidí levantarme antes de la mesa, y retirarme a mi habitación. Tuve unos cuantos minutos para llevarme las manos a la cara, y llorar. Fue en ese estado que me encontró mi mucama personal, y tuve que pensar alguna excusa tonta para que no me delatara.
Inmediatamente después, oí la voz de mi madre, llamándome desde el piso de abajo. Me limpié los ojos, y me dirigí hacia allí, para encontrarme con mi guardia, listo para llevarme a casa de mi tutor. Es así como, al igual que cada día, subí al automóvil acompañada por él, en lo que el chofer arrancaba y conducía algunas cuadras desde mi casa.
Durante el viaje estuve algo mas callada que de costumbre, cosa que el notó. Nuevamente, tuve que simular que nada pasaba, aunque esta vez, mi interlocutor no me creyó.
"Señorita, con todo respeto, no creo conveniente callar cuando se tiene un problema. Sé que no soy el más indicado para conversar ciertos temas. Pero aún así, si desea hacerlo, estoy a su disposición."
Esta vez, mi excusa fue algo mas elaborada: le hablé sobre un romance fallido con un muchacho que conocía, y se tragó entera la historia. El resto del viaje, consistió en un discurso de su parte sobre lo tontos que suelen ser los chicos a mi edad, y de cómo no debería preocuparme por una pérdida tan insignificante. Mientra hablaba, yo me moría de ganas de gritarle a la cara todo lo que Aneu me había dicho, pero otra vez debí callarme.
Al llegar a destino, y como de costumbre, me bajé, con los pies pesados. El tutor me saludó con una sonrisa que, por pura educación, devolví. Aún recuerdo cómo se quejaba el hombre de mi desatención ese día. Varias veces estuve a punto de colapsar, pero me contuve. El martirio continuó hasta el anochecer. Sin haber aprendido nada, volví a casa, y al llegar, subí hasta mi cuarto sin saludar a nadie. Quería encontrarme con Aneu cuanto antes.
Sin embargo, me perseguía la desgracia. No logré dormirme sino hasta varias horas de dar vueltas en la cama después.
No recuerdo mucho de mis sueños aquella noche. Lo que recuerdo muy bien, sin embargo, fueron los últimos minutos.
Atravesé la puerta de entrada de mi casa tras discutir con mi madre, y me encontraba otra vez caminando por la ciudad de la noche anterior. Esta vez, me detuve afuera de un restaurante, en lo que esperaba a un mesero que me atendiera. Por alguna razón, estaba segura de que ese era el lugar indicado para esperar a la criatura.
Como descubrí tiempo después era costumbre suya, no tardó en aparecer. Yo me encontraba mirando al paisaje, pensando. Me sorprendía no ver mas que humanos circulando por las calles. Mis reflexiones se vieron interrumpidas cuando, doblando una esquina, apareció Aneu, tan elegante como siempre. Me saludó con la mano, y se acercó a paso veloz, hasta sentarse frente a mí como la primera vez.
"Hola", me dijo, "¿cómo has estado?"
"Terrible" le respondí, algo irritada por su tono alegre "estuve todo el día con ganas de llorar, y aguantándome las ganas de largar todo".
"Típico. Se enteran de algo que no les gusta, y ya están desesperados por advertir al resto. Siempre me pareció curioso que su instinto social los persiga tras la muerte."
"¡Son mis padres!" le grité, frustrada "¿Qué esperabas que hiciera?"
"Pues justo lo que hiciste, pero eso no lo hace menos peculiar", contestó.
 "Pero bueno, a lo que vine: lo que tienes que hacer es muy simple. Cuando despiertes, tienes que ir a la planta baja. Una vez allá, vas a pedirle a tu cocinera una taza de café cortado, y vas a esperar a que tus hermanos bajen. Los vas a saludar con un beso en la mejilla, y una vez que terminen de desayunar, te vas a ofrecer a lavar sus cubiertos y tazas, con la excusa de darle un descanso a la mujer. La sorpresa bastará para causar que tu hermano mayor olvide su teléfono en la mesa, al salir a sus labores. Es entonces que deberás tomarlo, y abrir su aplicación de mensajes, para buscar a Slav Ziven entre sus contactos. Le escribirás diciendo que lo sientes, que no puedes darle lo que te pidió, y luego, borrarás el mensaje. Eso bastará para enojarlo lo suficiente."
Yo escuché con atención cada palabra. Tenía más de una pregunta para hacerle, pero sabiendo por alguna razón que no había mucho tiempo, me limité a decir:
"No sé si pueda hacer esto."
"Lo vas a hacer bien", respondió él, "confía en mí."
Sus palabras, lejos de calmarme, me hicieron sentir abrumada. Me pregunté en ese punto el porqué. ¿Por qué tenía yo que pasar por esto?
"¡Oh! ¿Qué hice para merecer esto?" pregunté, llevándome las manos a la cara.
"Algo muy grave, la verdad...pero me temo que preferirás no saberlo."
"¿Que tan grave?" lo interrogué, otra vez.
"Sólo digamos que te dejaste llevar por tus sentimientos...como sea, no voy a decir más. Si seguimos conversando, vas a despertar cinco minutos tarde", me explicó, mientras se levantaba. "Sólo una cosa: el café tiene que estar tibio. Teoría del caos, le dice uno de mis clientes."
"¿Cuándo volveré a verte?", dije, en lo que se alejaba.
"Pronto", respondió la entidad, "mi amiga, este es el inicio de una fructífera relación comercial."
Yo me quedé sentada en el lugar durante algunos minutos más, esperando el momento en que sonara mi despertador.
Esa mañana, seguí diligentemente sus instrucciones. Al  despertar, bajé e hice mi pedido. Estaba hecha un manojo de nervios, lo cual no me impidió, pese a todo, comportarme de una forma inusualmente amable para con mis hermanos. Como Aneu me lo dijo, los besé en la mejilla, y les pregunté como habían descansado, simulando en todo momento estar alegre y relajada.
Ellos me miraron en todo momento con una mezcla de extrañeza y desprecio, que yo preferí ignorar, aún a costa de sentirme algo tonta. Finalmente, terminaron de comer. Esperé a que la cocinera levantara todo de la mesa, para finalmente, ofrecerme a hacer su trabajo.
"Disculpe, señora Alik ¿Quiere que limpie yo?"
Quienes se encontraban a mi alrededor se sorprendieron sobremanera. La mujer, que se resistió en un principio, terminó por aceptar a causa de mi insistencia. No me tomó mas de dos minutos terminar de limpiar. Para cuando me volteé, los dos chicos ya se habían retirado de la sala. Sobre la mesa, se encontraba el teléfono celular de mi hermano, que me apresuré a tomar. Inmediatamente después, me alejé corriendo hasta mi habitación.
Encendí el aparato, abrí la mensajería, y busqué el nombre que se me había dicho. Al abrir el contacto, me encontré con un chat vacío, evidentemente borrado tiempo atrás. Dudé durante unos segundos en proceder. Al hacerlo, probablemente acabaría condenando a alguien a un destino que nadie merece. Sin embargo, al recordar lo que ellos mismos habían planeado, la ira se apoderó de mí, y escribí ya sin rastro sin duda lo que Aneu me había mandado. Hecho esto, borré la conversación, y me apresuré a bajar para dejar el aparato donde lo había encontrado.
Volví inmediatamente a mi cuarto, con el corazón latiéndome fuertemente.
"Ya está", pensé, "ya está hecho".
Ese día, mis preocupaciones por mi familia siguieron atormentándome, aunque ya empezaba a digerir la situación. Por la noche, preferí no cenar, sólo para escapar a la horrible tentación de sacar todo a la luz, lo cual, conociendo a mis padres y tal y como lo había advertido el samaín, resultaría en desastre.
Aneu no volvió a aparecer durante unos tres o cuatro días. En ese tiempo, mi familia notó cambios en mi comportamiento. Ya casi no salía de mi habitación, y apenas comía. Cuando me negué a hablar, mi madre empezó a insistir cada vez más, hasta el punto de que tuvimos una discusión fuerte, que terminó conmigo llorando en mi cama. La situación estaba acabando conmigo, ya no soportaba más el peso del silencio, y la espera de lo inevitable se me hacía insoportable. Fue esa noche que, finalmente, él reapareció. Lo único que recuerdo de ese sueño fue estar en un gigantesco espacio en blanco, sentada en un banco similar al de un parque, con él a mi lado, consolándome.
"Tranquila", me decía, "ya casi es el momento."
Desperté en medio de la madrugada, con mi mucama sacudiéndome, con un notable rostro de preocupación.
"Señorita Hedeon, por favor levántese. Hay algo de lo que necesito que hablemos."
Lo que siguió a esto, fue la noticia que había estado temiendo durante días. Sin decirme nada, mi familia había salido de la casa en medio noche, para una reunión de emergencia. Al parecer, era todo parte de un elaborado plan, que resultó en su captura. Nunca supe que les pasó. Nadie se atrevió a decírmelo.
Después de eso, una tía mía que no había visto en años se hizo cargo de mí. Ella me crió hasta que tuve la edad suficiente para dirigir Barken Leddis por mí misma. Hasta el día de hoy sigue siendo mi confidente.

Su semblante lucía ahora incluso mas melancólico que antes. Era evidente que hablar de este tipo de cuestiones la afectaba, y mucho.

-Como sea, tuve otros encuentros con Aneu después de eso. Como él mismo lo dijo, hemos hecho acuerdos fructíferos. Le debo mucho, aunque a veces no me sienta del todo cómoda lidiando con él. Por mas que he insistido, nunca quiso decirme exactamente cuál es su plan para mí. No es algo que realmente me mate, la verdad...pero sería bueno saberlo. Pero bueno, creo que ya me estoy explayando demasiado. Ahora, te toca cumplir tu parte del acuerdo. Yo ya te conté mi historia, así que deberás decirme la tuya.-y colocando otro terrón en su taza, continuó-Te escucho.

A esto, siguió una larga narración sobre mi vida, tan abundante en detalles como la suya, que ella escuchó con sumo interés. Una vez que terminé, sostuvimos una pequeña charla, en que me deseó suerte.

-Espero que tengas éxito en tu propósito. Si algo aprendí después de tantos años de trabajar con Aneu, es que los samaín nunca cometen equivocaciones. Sólo espero que el bastardo desee lo mismo que yo.-me dijo, con una amigable sonrisa. A continuación, me invitó a retirarme, y ambos caminamos hacia la puerta, en que me encontré con Orel, quien había cumplido adecuadamente con el mandato de su señora.

-Orel, querida, te tengo una tarea.-dijo, sin molestarse con mi presencia-Quiero que te encargues de...cuidar de nuestro invitado, si entiendes lo que quiero decir. Necesito que alguien evalúe sus capacidades antes de integrarlo. Voy a disponer una habitación para él justo al lado de la tuya, la 102, que deberá estar cerrada con llave durante la noche.

-Por supuesto.-respondió la joven-¿Hay algo mas que deba saber?

-Sí. Hemos conversado de cuestiones personales, y preferiría que la cosa no se ventilara. Así que si lo ves diciendo algo que no debería, deberás notificármelo inmediatamente. En cuanto a ti-dijo, dirigiéndose a mí-, será mejor que no me entere de nada, o podrías acabar bastante mal. En fin, pueden irse. Tengo cosas que hacer.

Infierno IV


IV

En cuanto la conversación terminó, ella se volteó a los que descubrí eran sus subordinados para ordenarles dispersarse.

-Ustedes pueden irse. Tú y yo-dijo, dirigiéndose a mí-vamos a ir a mi habitación. Tenemos mucho de que hablar.

En cuanto todos se fueron, ella me dirigió hacia una escalera cercana, en la que comenzamos a caminar hacia un destino por mi desconocido. El edificio contaba con muchas habitaciones, y cada tanto me encontraba con un balcón desde el cual se podía ver el anochecer de la gigantesca ciudad. Atravesamos un par de pisos, todos pintados con ese horrible amarillo antes de que ella comenzara a hablar.

-¿Quien te dijo de Aneu?-me preguntó, finalmente. La interrogante me sobresaltó. Aún con lo extraño de la situación, no me sentía preparado para, después de tres años, hablar al fin con alguien sobre mis experiencias.

-¿A..Aneu? Pues...digamos que lo conocí hace mucho.-le respondí. No iba a hacer el ridículo mintiéndole.

-¿Formas parte de la Comunidad?

-¿La Comunidad?-nunca había oído hablar de ellos. Sabía que los dioses y otras entidades suelen crear grupos a su servicio, pero jamás había tenido contacto con ninguno.

-Bah, olvídalo. No me corresponde a mí hacerte estas preguntas. ¿Cuál es tu nombre?

-Emker. Emker Prhtveeka.

-Qué nombre tan raro. ¿Es del Sur?

-Sí...supongo.

-¿Cómo que supongo? ¿De dónde eres?

-No creo que te convenga saberlo.-le dije, para evadir la pregunta.

-Oh...entiendo.

-¿Qué es este lugar?-pregunté, para su sorpresa.

-Pues...la sede de Barken Leddis. ¿Te suena?

-¿Barken Leddis?

-¡Una de las mayores organizaciones de este sector de la ciudad! No me digas que nunca oíste nada al respecto...

-Pues, a decir verdad, no...¿Y que tipo de organización es? ¿Que hacen?-dije, aunque ya sospechaba la respuesta.

-¡Ja, ja! Pues...no creo que quieras saber.-me respondió, burlonamente.

-No quiero, pero necesito saber.-retruqué. Ella se puso seria.

-Robo, venta de narcóticos, mercenariado...un poco de todo.

"Aneu, hijo de puta", pensé. Finalmente, llegamos a la puerta de una de las habitaciones, la 101. Ella sacó de su bolsillo una pequeña llave, y tras abrir la cerradura, ambos entramos. Lo que me encontré adentro no era la pequeña habitación que había imaginado. Se trataba en su lugar de casi una casa entera, con una sala y varias habitaciones. En un cómodo sofá, habían un par de niñas de entre quince y diecisiete años. Ambas se sorprendieron al vernos entrar y, tras saludar a su compañera, empezaron a interrogarla respecto a mi presencia.

-¿Y ese quién es?-preguntó la que parecía ser más joven.

-Es una larga historia...-respondió ella.-Prefiero que lo hablemos más tarde.

-Como quieras...-contestó la niña, que me miraba con curiosidad

-¿Cómo te fue en la misión?-preguntó la otra.

-Un desastre. Por poco me atrapan. Prácticamente nos salvó una tormenta.

-Ya te he dicho que debes planificar con mas tiempo las cosas.-intervino una tercera, una chica de unos dieciséis años de edad-Has tenido mucha suerte hasta ahora, pero esta se va a agotar tarde o temprano.

-Si me preparé.-exclamó ella-¡Estuve tres días pensándolo todo!

-Sí, pero sin consultar espías. Lo hiciste todo con un mapa y un par de lápices. Me pregunto que pensará Akim de eso...

-No te atrevas...o me voy a encargar de volver tu vida una tortura.-la amenazó, causando no más que risas.

-¡Ja, ja, ja! Tranquila, no voy a hacer eso. Sólo te lo digo para que te cuides. Como sea, voy a salir. Las veo por la noche.

Orel la miró con odio, y procedió a conducirme hasta una sala central, en que había una gran mesa. Allí, me pidió sentarme, y se alejó un momento hasta la cocina cercana. Desde allí, me gritó preguntándome se quería algo para comer. En un principio, me sorprendí de que un ser astral,como evidentemente lo era ella y yo mismo en ese momento, necesitara alimento.
Sin embargo, no era momento para profundas interrogantes. Accedí a su oferta, y ella me trajo una taza de café y algunos panes dulces, para luego sentarse a mi lado.

-¿Estas niñas son tus hermanas?-le pregunté, tras unos segundos de silencio, sólo interrumpido por la charla entre las dos chicas tras de nosotros.

-No. Son mis compañeras de guardia. O lo serán, mas bien.

-¿Cómo?-dije, sin entender mucho.

-Hedeon nos mantiene y educa a cambio de que algún día la protejamos-me explicó-, no confía en sus guardianes. Yo soy la única que está en edad de hacer el trabajo, por eso las entreno y cumplo algunas misiones.

Me admiró la naturalidad con que lo decía. Era evidente que tales situaciones eran comunes en este mundo, cosa que me recordó a algún que otro libro de aventuras que leí cuando niño.

-Y...¿Por qué estás buscando a Akim?-dijo, otra vez incomodándome.

-Prefiero hablarlo directamente con...

-Hummm...entiendo. De todos modos, no creo que vayas a ser una amenaza.

-¿Por qué?-contesté, entendiendo a qué se refería. En un mundo así, casi cualquiera podía ser un peligro.

-Porque sé reconocer a quien tiene habilidad para el combate, y la tuya es nula.-me dijo, dejándome algo humillado-Tu actitud tampoco parece sospechosa, y no creo que escondas algún arma en tu ropa. Más bien, te ves como si no tuvieras mucha idea de lo que pasa a tu alrededor. Es más: apostaría a que no eres de ningún lugar que yo conozca.

Yo la miré, para luego bajar la mirada. Era obvio que de contarle lo que en verdad estaba pasando, lo mas probable era que me tomara por loco, cosa que prefería evitar. Y siendo así, sólo me quedaba esperar a hablar con quien fuera Hedeon, y ver que tal. Fue entonces que me surgieron una serie de preguntas, que había estado conteniendo durante algunos minutos:

-¿Qué es la Comunidad?

-¿La Comunidad? La verdad...ni yo lo tengo del todo claro. Akim nunca nos lo ha dicho. Creo que son una especie de fraternidad.

-¿Y que tiene que ver Aneu con ellos?

-Oh...nada. Es un amigo suyo. Un sujeto bastante extraño, por cierto.

-Ni que lo digas...-respondí, riendo para mis adentros. Yo sería un individuo sin apenas habilidad para pelear, pero ella no sabía ni para quién trabajaba.

-Ni siquiera sé de que especie es.-me dijo, con total naturalidad-Créeme que he estudiado mucho sobre cada raza y sus debilidades, pero a él simplemente no logro identificarlo.

No dije nada. Simplemente, no había nada que decir. En los siguientes minutos, me limité a beber un poco del café, y a comer algunos panes en lo que su mirada iba de un lugar a otro, pensando en Dios sabe qué.
Cuando ya faltaban pocos minutos para la reunión, ella me advirtió amablemente, a la par que levantaba la comida de la mesa y le daba una breve lavada a los platos y tazas que habíamos usado.

-Tenemos que irnos. A Hedeon no le gustan los retrasos.-me dijo, en lo que me levantaba para seguirla hasta la puerta. Antes de que saliéramos, se dirigió a las dos niñas que se encontraban aún sentadas en el sofá, hablando sobre lo que habían hecho en el día.

-Chicas, volveré en algunos minutos. Les recomiendo dormir una siesta. Tenemos un entrenamiento duro esta noche.

-¿No podemos dejarlo para mañana? Tenía una reunión justo hoy.-respondió la más pequeña.

-No, ya llevamos dos semanas de retraso. Akim va a matarme.

-¡Vamos! Todas sabemos que no te va a decir nada...

-Sí, señorita consentida.-rió la otra.

-Lo hablamos en la  noche. Tengo que llevar al señor a charlar con ella.-comentó, mientras abría la puerta.

Cuando esta se cerró tras de nosotros, comenzamos a caminar a través de ese piso, hasta una pequeña puerta sin numeración, que al abrirse reveló un ascensor con capacidad para cuatro personas.

-No sabía que tenían ascensores-le dije, algo sorprendido.

-Oh, discúlpame. Prefiero caminar. Ayuda a mantener el estado físico.-me respondió, provocándome, por alguna razón, una sonrisa.

Cuando la puerta se abrió, nos encontrábamos en el piso superior del edificio. Ella me condujo por un par de pasillos, antes de llegar a un gran par de puertas. Tras tocar tres veces, una voz femenina respondió desde el interior, autorizándonos a abrir. Me encontré cuando lo hicimos con un escritorio. A su lado, había una enorme biblioteca y, en la pared trasera, varias fotografías, representando varias escenas. Desde lo que supuse serían reuniones de negocios, hasta fotografías familiares. En todas ellas, aparecía una mujer en sus treinta, rubia, de buena figura, y rostro angelical. La misma que se encontraba sentada tras el escritorio.

-¡Orel! Que gusto verte. ¿A quién me has traído esta vez?

-Pues...él es Emker...perdón ¿Cuál era tu apellido?

-Phrtveeka.-le respondí.

-Eso-dijo ella, un tanto avergonzada-, me lo encontré de regreso de la misión que me encomendó. Preguntó por ti, y dijo que venía de parte de Aneu.

-Aneu...que interesante.-contestó la mujer-Por favor, tome asiento.-me dijo, con un tono amable pero autoritario- Orel, por favor espera afuera. Tengo algunas preguntas que hacerle a nuestra visita.

La chica obedeció, y cerró la puerta tras de sí. En el escritorio, a la derecha de la mujer, se encontraba una taza de té, y unos cuantos cubos de azucar en un pequeño recipiente, dos de los cuales arrojó dentro de la taza. Tras varios segundos de incómodo silencio, finalmente se dirigió a mi, diciendo:

-Aneu...veo que ese bastardo tiene otros clientes aparte de mí.-no atiné a decir nada. A decir verdad, eso era una revelación también para mí. En todo lo que llevaba de investigación, nunca había escuchado de un culto al excéntrico dios de los sueños, ni nada parecido. Ante mi silencio, la bella mujer no tuvo mejor idea que hacerme la típica pregunta:-¿Qué? ¿Te comió la lengua el ratón? ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Tranquilo, estoy bromeando. Soy Akim Hedeon. Así que dime: ¿De dónde eres?

-Se lo diría-respondí, algo intimidado por su actitud-, pero me temo que no me creería.-ella arqueó una ceja, lo cual, por alguna razón, me dio el valor para continuar-Así que, antes de decir nada, necesito saber: ¿Qué sabe sobre Aneu?

-Pues...que es un bastardo. Y que es un dios con poder para moverse por las dimensiones.

-Hummm...entonces supongo que no le será extraño saber que vengo de la Tierra.

-¿La qué?-preguntó, algo sorprendida.

-La Tierra...el mundo de los vivos.

-¡Ah, ya entiendo! Sí, Aneu me había hablado de él. Es el lugar en el que vivimos antes de venir aquí.

-Sí, así es.

-¿Y cómo es? ¿Cómo se siente?-me preguntó, curiosa.

-Pues...por lo que vi, no es muy diferente a este lugar. Sólo que en tonos diferentes de color.

-Nada que no supiera.-dijo, quizá algo decepcionada-Y...¿Qué te trae por aquí? Quiero decir: ¿Por qué alguien de allá querría venir aquí?

-Es una larga historia...-respondí-aunque, la verdad, no es tan malo como hubiera creído. En mi mundo, nos imaginamos un tormento incesante después de la muerte para...ciertas personas.

-Sí, para los que fuimos malvados en nuestra primera vida, esa historia ya me la contaron.

-¿Aneu se lo dijo?-pregunté, algo sorprendido.

-Es lo primero que me enseñó.-contestó ella-Recuerdo el día que nos conocimos. Yo era aún una adolescente.

-Hummm...es una historia que me gustaría conocer.-dije, con el fin de acercarme un poco a su persona. Si Aneu me había contactado con esta mujer, era evidentemente por una razón.

-Bueno, te la contaré. Pero a cambio de una condición.

-¿Cuál?-la interrogué.

-Que me cuentes la tuya. Necesito saber porqué decidió traerte conmigo. Normalmente, no le cuento esto a nadie. Pero el tatuaje en tu mano me dice que puedo confiar en ti.

-¿Ah sí?

-Sí. Es el Sello de Melek Taus, y sólo un puñado de personas en el mundo lo conocemos. Además, vienes por recomendación de Aneu. Entonces ¿Qué te parece mi oferta?

-Está bien...supongo.-le dije, tras pensarlo un poco.

jueves, 16 de mayo de 2019

Infierno III

III

Tres largos años pasaron desde entonces. En ese tiempo, me convertí en un experimentado ocultista. Incluso, llegué a recuperar las obras de viejos autores olvidados.
Cada tanto, la gente me preguntaba por el extraño símbolo que me había tatuado en la mano. Dos círculos concéntricos rodeando un ojo de lagarto. Siempre sacaba como excusa algún gusto personal, aunque la gente pensaba que pertenecía a alguna organización secreta.
La verdad es que no era un tatuaje. Era una quemadura. Una quemadura tan negra como el carbón, que nunca sanaba, y que pese a todo no me producía dolor al tocarla.
Una buena tarde, investigando en la biblioteca de una de las universidades más conocidas de mi país, di finalmente con una traducción al inglés de uno de los libros de mi investigador paranormal preferido: Sebastián Gaos. La obra en cuestión era quizá la mas antigua que había escrito en la materia, y se titulaba Los Juegos de los Dioses. Publicado alrededor del año 2023, era un largo ensayo que se proponía demostrar la existencia y actividad en nuestro mundo de diversos tipos de entidades sobrenaturales.
En su libro, él definió la existencia de tres tipos de seres que visitaban la Tierra. En primer lugar, nos encontramos con los extraterrestres. Seres de origen, generalmente, en universos o líneas temporales alternas a la nuestra. Ellos alguna vez fueron como nosotros. Seres caprichosos, conflictivos, y violentos hacia los suyos. Sin embargo, evolucionaron tecnológicamente, superaron todos sus problemas, y alcanzaron nuevos planos de existencia y nuevas dimensiones. La única razón por la que no se apoderan de una vez de todo, es la intervención de los devas. Estos existen desde antes del Big Bang, y vieron al creador hacer el mundo. En la actualidad, actúan como burócratas celestes, controlando la acción de las entidades mas poderosas, e impidiendo que los azazel y por sobre todo, los dioses, hagan de las suyas.
Los azazel son algo así como los carceleros del Inframundo. Son crueles, sádicos y violentos por naturaleza, pero rara vez descargan su furia sobre los condenados. En su lugar, les permiten castigarse entre sí. Los azazel tienen una interesante serie de habilidades. Pueden cambiar de forma, pueden manipular el fuego a voluntad, y no sienten dolor. Su única debilidad, es estar confinados a su dimensión, y no poder abandonarla a menos que un mago negro cometa un error, o los saque de ella deliberadamente. Cuando vienen a nuestro mundo, a menos que se cuente con los conjuros para dominarlos, son capaces de hacer atrocidades a gran escala sólo por diversión.
Los dioses-o samaín, como en realidad se llaman-son la primera raza inteligente creada, incluso antes que los ángeles y los demonios. Tienen una gran variedad de poderes y habilidades. Muchos de ellos conocen incluso el pasado y el futuro. Pero no son omnipotentes, razón por la que sus vidas son básicamente una tortura. Se aburren muchísimo, y están eternamente condenados a buscar algún divertimento, razón por la que andan buscando contactar incautos, para crear religiones sanguinarias sólo para entretenerse. Logré reconocer la descripción de Aneu la primera vez que leí sobre ellos.
Me sorprendí cuando noté, en la página número 134 del libro, un símbolo igual al que portaba en mi mano derecha. El Sello de Melek Taus, como se le llamaba, era en el libro el utilizado por los devas para viajar entre los mundos.
"Eso lo explica todo" pensé. Y es que en efecto: desde aquél extraño sueño con el alegre hasta lo desagradable dios, había adquirido una serie de habilidades un tanto interesantes. Para empezar, me había vuelto objeto continuo de esa sensación popularmente conocida como deja vu, siendo con frecuencia capaz de predecir acontecimientos. También había adquirido la habilidad de salir de mi cuerpo físico con algo de concentración y silencio, fenómeno sobre el que estaba escribiendo mi propio libro.
Fue en uno de mis viajes que finalmente me reencontré con Aneu. Estaba realizando un experimento de rutina, cuando, después de caminar unos cuantos pasos y atravesar una pared, me quedé viendo la Luna. Era increíble. En ese estado, todo se veía mucho más nítido. Fue entonces cuando el dios se manifestó, de la misma forma sorpresiva en que solía hacerlo siempre.

-Bonita noche ¿No?-oí decir a alguien detrás de mí. Al voltear, me lo encontré con su tradicional atuendo, sonriendo y mirando a nuestro satélite natural.

-Aneu...que sorpresa.-no me asusté, como las primeras veces. Tanta era mi experiencia con este tipo de cosas, que ya tenía asumido que alguna vez iba a volver.

-¿Te alegras de verme?-preguntó, con una sonrisa cínica-No respondas, ya conozco la respuesta.

-¿A qué viniste esta vez?-lo interrogué de vuelta.

-Ya estás listo. Y tu amada ha crecido. Lo suficiente, al menos.

-Hummm...¿Y qué con eso?-pregunté, tramposamente.

-Es hora de recibir mi parte del trato. Vamos a viajar esta misma noche.

-¿En serio quieres hacer esto ahora?-le pregunté, algo preocupado-Los tuyos pueden viajar en el tiempo.

-Sí, pero no somos omnipotentes. Si no se hace ahora, mi plan fracasará inexorablemente.

-Entiendo...-respondí.

-Mira, como tú hay diez otros en líneas temporales alternas a los que les encantaría actuar ahora. Si no quieres hacer nada, está bien, pero no te quejes cuando me vaya para no volver.

El maldito estaba en posición ventajosa, y lo sabía. Sintiéndome atrapado, no tuve más opción que acceder a sus demandas.

-Está bien.-dije, finalmente.

-Entonces-comentó, mientras me tomaba de la mano-, adelante.

Inmediatamente, comenzamos a elevarnos en el aire. En un principio, todo ocurrió de una forma relativamente lenta, mas después de unos cuantos minutos, comenzamos a acelerar, alcanzando velocidades cada vez mayores. Rápidamente, abandonamos la atmósfera terrestre. Al mirar hacia "abajo", pude  ver la brillante esfera azul que hasta ese momento no había visto sino en cuadros. Pude notar, además, más de un pequeño objeto a la distancia entrando y saliendo del planeta. "Devas", pensé.

-Y otras entidades.-intervino Aneu-En el plano astral, este tipo de seres son perceptibles a simple vista.

Para cuando salimos del sistema solar, nuestra velocidad crecía exponencialmente, hasta llegar un punto en que veía como los objetos se alargaban a mi alrededor, y a la luz distorsionarse. Finalmente, atravesamos una suerte de barrera, y nos vimos sumidos en la más pura oscuridad.

Al voltear, vi una gigantesca esfera brillante, llena de diversos colores, algunos de los cuales nunca había visto. Era nuestro universo, con sus incontables líneas temporales, superpuestas.

No tuvimos que viajar mucho antes de encontrarnos con otras esferas. Una de ellas era dorada, otra gris, y así cada una con su propio color. Finalmente, alcanzamos una de un color rojizo brillante. Supe al instante que me encontraba, simbólicamente, a las puertas del Infierno.

Al entrar en ella, me quedé francamente sorprendido. Tras atravesar algunas nubes rojas, me encontré no con un lago de fuego, sino con la enorme, gigantesca estructura urbana descrita al principio de este texto.

Aterrizamos poco después, en un barrio bajo lejos de los más grandes edificios, sin que nadie llegara a vernos. Una vez que lo hicimos, mi acompañante habló:

-Bueno, estoy seguro de que no es esto lo que te esperabas.

-No...-le dije, contemplando asombrado el paisaje.

-Mira, me encantaría explicarte cómo son las cosas en este lugar, pero creo que será mas entretenido si te dejo a averiguarlo.

-Un momento ¿Me vas a dejar sólo aquí? ¿Eso es todo?

-No tengo alternativa. Ya empieza a dolerme la cabeza. Sólo te diré algunas cosas que necesitas saber: uno, los condenados no recuerdan su vida anterior,  dos, cuando llegues al puente, pregunta por Akim Hedeon. Diles que vienes a nombre mío. Tres: aquí no existe la muerte, pero sí el dolor. Cuídate mucho de tus enemigos. Y por último: vas a tener la capacidad para entender la lengua local. Sólo para ahorrarte sorpresas.

Dicho esto, procedió a desvanecerse, dejándome con más preguntas que respuestas. 

Comencé a caminar. Tras recorrer algunas cuadras por la gigantesca chabola en que me encontraba, me percaté de un detalle en que no había reparado hasta entonces: las calles estaban totalmente vacías. "Curioso. No es todavía muy tarde.", me dije a mí mismo. No tardaría en entender el porqué de esa ausencia de vida.

Cuando había ya había recorrido un par de kilómetros, divisé a lo lejos una extraña nube, que se acercaba a gran velocidad a donde yo estaba. Pensé de inmediato en las mortales tormentas de arena de mi planeta, con lo que me preocupé sobremanera. Rápidamente, miré a mi alrededor buscando un lugar donde esconderme. Comencé a tocar las puertas de las casas cercanas, suplicando por ayuda. Lo mas cercano a una respuesta que recibí, fue un disparo que rompió la ventana mas cercana de una casucha mal construida.
En mi desesperación, pude notar tras doblar en una esquina un lejano puente de hormigón, en que varias personas se agolpaban para entrar una por una en una especie de refugio.

Desesperado, corrí hasta ahí, llegando algo tarde. En efecto, todos habían entrado ya, y se alejaban lentamente de la entrada, una suerte de colector de agua en forma de reja, que daba a una escalera. Grité, llamándolos, hasta recibir al fin y de forma prácticamente milagrosa una respuesta.

-¿Que mierda quieres?-me dijo una voz femenina desde dentro. En efecto: no se comunicaba en ninguna lengua que yo hubiera aprendido, pero podía entenderla a la perfección.

-¡Por piedad! Permitanme entrar. Esa nube...

-Es tu problema si no buscaste refugio antes.

-¡Acabo de llegar aquí! Nunca he visto algo así.

-Ajá.  Pues, supongo que así vas a aprender.

Recordé entonces lo que me había dicho el dios, justo antes de desvanecerse.

-Estoy buscando a Akim Hedeon. Vengo de parte de Aneu.

Un silencio nos invadió en forma instantánea. Tras unos segundos de lo que debió ser una gran sorpresa de parte de mi interlocutora, escuché como ordenaba abrir la compuerta. Un hombre que no aparentaba más de treinta años, de piel morena y cabello oscuro., subió por la escalera hasta abrir con una pequeña llave un candado, para luego levantar el colector, dejándome entrar. Me apresuré a bajar, y en cuanto estuve en el fondo, el hombre cerró la entrada.

-¡Corran, rápido!-gritó quien se reveló como una joven, de no mas de 20 años de edad, de cabello negro y vestida con unos jeans, una camiseta blanca y un abrigo negro. De inmediato, nos alejamos a través de un largo túnel, guiados por la luz de una pequeña linterna, en lo que algo de polvo nos rodeaba. Luego de caminar unos cuanto segundos nos encontramos en una oscuridad casi total, con la linterna como única fuente de iluminación. Empecé a sentir mis pies mojados, al mismo tiempo que un espantoso hedor a mugre inundaba mis sentidos.
Tras varios minutos de caminata, pude observar a la distancia otro colector, igual a aquél por el que había entrado a lo que, como era obvio para ese momento, era parte del alcantarillado de la ciudad.

No fue sino hasta que llegamos que noté que algunos a mi alrededor tenían una apariencia cuanto menos peculiar. Éramos un total de ocho personas, de las cuales solo cinco-la chica, yo y otras tres personas-podíamos ser definidos como humanos. Los otros tres, eran una criatura con cuernos y completamente calva, de un tono de piel muy pálido, un ser peludo de orejas alargadas, y una mujer de cabello ondulado y pelirrojo, que en nada destacaría de no ser por las enormes alas en su espalda. Me sobresalté, hasta el punto de alejarme de ellos unos cuantos pasos, en lo que procesaba la situación. Sin embargo, recordé mis lecturas sobre entidades paradimensionales y extraterrestres, y eso me ayudó a entender un poco más lo que estaba pasando.

-¿Que te pasa?-preguntó la joven que me había salvado cuando me vio, a lo que, avergonzado, debí simular que nada sucedía.

-Na...nada.

-¿Que? ¿Te damos miedo?-dijo, esbozando una casi sádica sonrisa.

-No...¿Por qué deberían?

-Bueno, no sé...estás rodeado de delincuentes conocidos por estos lares.

-¿Qué?-pregunté, sorprendido-¿Quiénes son ustedes?

Empecé a odiar a Aneu en ese preciso instante. En efecto: Pudiendo transportarme a donde quisiera en el espacio y el tiempo, había decidido reunirme con ellos, seguramente por pura diversión. Al mismo tiempo que nacía en mí mas de una pregunta, comencé a preocuparme respecto a la posibilidad de haber sido engañado. ¿Y si había caído en una trampa?

-Pues...gente que en estado normal ya te estaría robando hasta la ropa.-me respondió, llenándome de terror- Pero tranquilo: estoy segura de que mi jefa va a estar encantada de conocerte.

Iba a correr en la dirección contraria, cuando recordé que, de hacerlo, podría frustrar los misteriosos caminos del dios. Además, no tenía a donde ir, y de salir corriendo probablemente sólo iba a conseguir perderme, o ser capturado. Y siendo así, sin muchas mas opciones, decidí tratar de calmarme y continuar a su lado.
Uno por uno, los que mas tarde serían mis compañeros subieron las escaleras. Cuando finalmente llegó mi turno, dudé por unos segundos, para luego alzarme por sobre mis temores, y subir.
Al hacerlo, dí con que me encontraba en medio de una zona de altos edificios. A mi alrededor, las personas-humanas y no-realizaban como si nada sus actividades laborales y comerciales. Pude reconocer desde hombres y mujeres casi totalmente normales, pero con los ojos totalmente negros, hasta seres bajos y de un tono de piel amarillento, sin nada de pelo en el cuerpo.
En torno a la calle, se habían dispuesto varios hombres armados, que cada tanto se alejaban para caminar por lo que rápidamente reconocí como una fortaleza.

-¡Hey!-gritó la joven tras de mí-¿Vas a venir, o no?

Al voltear, vi como todos se estaban dirigiendo hacia la entrada del edificio mas grande que podía ver. De inmediato, caminé en su dirección.

El lugar estaba lejos de ser lujoso. Oscuro y despintado, recordaba a un pequeño hotel de mala muerte en que había refugiado una lluviosa noche de Octubre, poco después de salir de casa. Caminamos a través del concurrido lugar, hasta encontrarnos con lo que parecía ser el recibidor. La chica tomó la delantera, y tocó una campanita que se había dispuesto para la ocasión.

De inmediato, se nos acercó del otro lado del mostrador un joven moreno y alto, que nos saludó de una forma mas bien poco amable. Tras una pequeña discusión al parecer sobre una deuda, ella finalmente se hartó y dijo:

-Bueno, ya basta. Quiero hablar con Hedeon.

-Hedeon está ocupada. Y no te vas a ir de aquí sin pagar.

-¡Ja, ja! ¿Tú me vas a dar órdenes? ¿Tienes idea de quien soy?

-Me importa una mierda. No querrás que hable con Vadim...¿O sí?

-Pobre tonto...yo soy Orel Shersoi, y si no me comunicas con Hedeon de inmediato, me voy a encargar personalmente de las represalias.

-Claro, y yo te creo.

-¿Te la vas a jugar?-respondió ella, poniéndolo en jaque. Finalmente, el muchacho accedió a sus demandas. entró un momento a una pequeña cabina telefónica que había a su lado, y desde dentro, se dirigió hacia ella:

-Hedeon dice que te verá en media hora.

-Dile que tengo una sorpresa para ella.

-Dice que no tiene tiempo ahora mismo, pero que puedes llevar a la sorpresa a tomar algo o a la prisión del edificio, según gustes.

La chica suspiró, y finalmente dijo:

-Está bien. Sólo espero que no se tarde demasiado.

Infierno II

II

No fue sino hasta mi cita con Lara que tuve la oportunidad de alejar a la criatura de mis pensamientos.
La había conocido unos meses atrás, en una reunión de café organizada por el Partido para reclutar nuevos miembros. Con no más de 25 años, era quizá la persona más inteligente que había conocido nunca. Infatigable y modesta, trabajaba en una universidad rival de la mía, como asistente de profesor. No por falta de capacidad, ni de lejos, sino porque pese a ser ya toda una experta en la materia, había preferido cursar sus estudios como cualquier chica común y corriente. "Me gusta la vida universitaria", dijo cuando la interrogué al respecto.
A las nueve de la noche, llegué al pequeño pero lujoso restaurante que había reservado, para sentarme en una de las mesas. Pedí algo de comida étnica, y me limité a esperar. Pocos minutos mas tarde, Lara entraba por la puerta, elegantemente vestida. Su cabello castaño lucía sedoso, y esos extraños pero a la vez hermosos ojos grises que tanto me habían atraído la primera vez que la vi, brillaban alegremente. Me saludó con una sonrisa, mientras levantaba la mano.
Esa noche nos entendimos bastante bien, nos reímos mucho, y disfrutamos de la cena. Tanto así, que poco tiempo después nos reunimos otra vez, y hubo una tercera cita, en que finalmente tuvimos intimidad.
Ella era una chica dulce y bondadosa, aunque algo tímida. Extrañamente, prefería que la gente supiera que salíamos, aunque nunca supo darme una explicación clara del porqué.
Con el paso del tiempo, se volvió algo mas abierta, y unos meses mas tarde, ya éramos pareja. Nos visitábamos el uno al otro casi todos los días, y ya habíamos intercambiado nuestras inquietudes. Estaba perdidamente enamorado, y, curiosamente, este afecto no se debilitaba con el paso del tiempo.
Ella soñaba con sacar a su familia de la pobreza. Como yo, había crecido en una pequeña aldea agrícola, aunque no había tenido la suerte de tener una educación formal, debiendo aprender a leer y escribir imitando a otros niños. Con veintiún años, abandonó la casa de sus padres víctima de una hambruna, para buscar trabajo en la ciudad. 
Empezó durmiendo en las calles, para luego conseguir un trabajo como lavandera, y con su escaso salario, pagar un profesor particular que le enseñara química básica. En pocos meses, la alumna superó al maestro, y este la recomendó como colaboradora a un profesor amigo suyo.
Es así como, a los veintitrés años, consiguió un empleo bien pagado, recuperó el contacto con sus familiares, y empezó a ayudarlos con el dinero que conseguía.
Una noche, después de una jornada  de trabajo especialmente larga, fui a visitarla. Al llegar, me la encontré con ojos llorosos. Ella simuló que no pasaba nada, y debí insistir durante varios minutos antes de que finalmente me contara lo sucedido. 
Su hermano mas pequeño padecía de una peculiar enfermedad de la piel, que le causaba un intenso dolor ante la exposición al Sol. Para colmo de males, los medicamentos necesarios eran escasos, y de alto precio. Mientras vivió con él, había sido testigo de sus lágrimas y lamentos durante las noches, y al salir de su pequeño pueblo, se había prometido auxiliarlo a como diera lugar.

-No sé que hacer.-me confesó, llorando-Cometí un grave error, y me da miedo lo que pueda pasarme.

-¿Pero que es?-le pregunté-No puede ser tan grave.

Me estremecí al escuchar cuál era la famosa equivocación. Ella era básicamente una corrupta, que aprovechando la confianza de los profesores en ella, se permitía hacer ciertas trampas para recolectar dinero. Delito simple, que solía castigarse en otros tiempos por medio del despido y el señalamiento público. Sin embargo, el Partido, en su afán de reprimir al extremo las tendencias malignas en lo que construía su nueva utopía, había impuesto sus propias penas.
De acuerdo con el Código Penal de la República, la corrupción debía castigarse en todos los casos con la muerte, tortura de por medio. Los reos eran desnudados, y conducidos a pie hasta una plaza pública, donde tras azotarlos en una cantidad proporcional a la gravedad del delito, serían ahorcados.
Días atrás, la policía había empezado una investigación por la denuncia de algunos profesores, e iba a ser cuestión de tiempo antes de que llegaran a ella. Estaba aterrorizada, y por obvias razones, yo también. La amaba, y si no actuaba rápido, no iba a poder hacer mucho. Así que, dispuesto a renunciar a todo con tal de salvarla, empecé a elucubrar un plan.

Pocos minutos mas tarde, abandoné la casa para  prepararme. Esa noche, retiré todo mi dinero del banco local y una vez en casa, preparé un bolso con todo lo que pude llevar. Una vez que estuve listo, me dispuse a salir a su encuentro.
 Tras recorrer en bicicleta las calles con mi bolso a cuestas, finalmente llegué hasta su cuadra, sólo para dar con varios policías.
Temiéndome lo peor, me acerqué y, simulando desconocimiento, interrogué a uno de los oficiales sobre la situación. Lo que descubrí, sin embargo, y mas por el efecto sorpresa que por otra cosa, me desgarró como una puñalada.

-Una joven cometió suicidio de un disparo en la cabeza, cuando intentamos arrestarla por un cargo de corrupción.-me dijo, como si fuera lo mas corriente del mundo-Era brillante y con un futuro prometedor. Una verdadera lástima.

En ese momento, no atiné mas que a darme la vuelta y alejarme tan rápido como había llegado. Podría, quizá, haberme quebrado ahí mismo, pero algo dentro de mí, el temor a acabar implicado, me lo impidió.
Me subí a la bicicleta, y pedaleé un par de cuadras antes de detenerme, básicamente porque no podía ver nada de tantas lágrimas agolpadas en mis ojos.
Me senté en la acera, y una vez ahí, finalmente lloré. No hice mucho más durante varios minutos, antes de retirarme hacia mi hogar. Sin avisar, decidí no ir al trabajo al día siguiente. Tampoco lo hice al posterior.
En mi tristeza, incluso consideré ir detrás de ella. Mas sin embargo, esa idea siempre desistía en mi mente.
Una noche, mientras dormía, el dios de los sueños volvió a presentarse. Me encontraba totalmente borracho, hasta el punto de no poder caminar. Sin tener mucho más que hacer, decidí recostarme y dormir un poco.
De inmediato, me vi caminando por un largo pasillo, en un edificio bastante maltrecho. No sabía porqué ni a donde me dirigía, pero sabía que era importante. En un momento dado, escuché dos voces, que no había escuchado nunca, pero que se me hicieron extrañamente conocidas. Caminé rápidamente en su dirección, en lo que escuchaba a ambas voces discutir.
 A medida que avanzaba, más me preocupaba, hasta el punto de empezar a llamar a gritos a la dueña de una de ellas. Sin embargo, sin importar cuanto caminara, las voces no se sentían mas lejanas, o mas cercanas.

Mi desesperación se incrementó hasta que, finalmente, una tercera voz intervino.

-¡Vaya, vaya, vaya!-oí decir tras de mí, al mismo tiempo en que toda la escena parecía derretirse. En un momento dado, me encontré otra vez en el enorme espacio blanco de la vez anterior-Parece que mi genio favorito está en aprietos ¿No es así?-al voltear, dí para mi sorpresa con Aneu, quien me miraba sonriente, relamiéndose.

-Tú...¿Tú que haces aquí?

-¡Te lo dije! Vas a aceptar mi oferta tarde o temprano.

-¿De qué estás hablando?

-¡Ja, ja, ja, ja, ja! Es simple, mi amigo: tu enamorada no la está pasando del todo bien en este preciso instante.

-No te entiendo.

-¿Que es lo que no entiendes? ¿No es ese acaso un concepto común en tu mundo?

-¿Cuál concepto?

-El del Infierno, claro está.-me estremecí. La idea de que mi amada Lara hubiera sido sentenciada al tormento eterno era incluso peor que el propio conocimiento de su muerte-Pero tranquilo. No es tan malo para los pecadores leves.

-Pero...¿Como lo sabes?-pregunté, temiendo que fuera una trampa.

-De la misma manera en que sé tu nombre, y como la haz estado pasando. Yo lo sé todo. Algunos dioses poseemos un conocimiento ilimitado sobre el universo.-me explicó, con su característico tono alegre-Como sea, no estoy aquí para hacerte sufrir aún más de lo que ya lo estás haciendo. Vine para concretar nuestro negocio. ¿Te acuerdas de cuál era el trato?

-Sí, en efecto.-respondí, escéptico-¿Algo más que añadir?

-No, para nada. Por el contrario, vine para concertar lo que ya habíamos hablado. Como te dije, a donde te lleve vas a poder hacer lo que quieras, con la sola condición de que sea yo quien decida el lugar. Siendo tan listo como eres, dudo que no entiendas la magnitud de la oferta.-dijo, cínicamente.

-Hummmm...-realmente me había interesado la idea. Sin embargo, no tenía mucha idea de que era aquella cosa, o de sus intereses. Si realmente era un ser maligno, no iba a revelármelo así como así. Finalmente, cuando ya me disponía a descartar la idea y volver, muy a mi pesar, a mi vida común y corriente-mira, aceptaría encantado, pero no sé quien eres, o si siquiera existes.

-Si no existo, no hay nada que perder ¿O sí? Además, supongo que no querrás romper tu promesa.

Empecé a creerme lo de su omnisciencia cuando recordé el juramento que le había hecho a Lara tan sólo horas antes de su muerte. La promesa de no dejarla caer, de poner todas mis energías en salvarla.

-Eres un tipo listo, así que ya sabrás a que quiero llegar. Ahora, la decisión es tuya.

En ese momento, me sentí en una verdadera encrucijada. No tenía la menor idea de que era ese ser, y mucho menos de sus intenciones. Y sin embargo, estaba lo bastante enamorado para mandar por la borda todos mis temores. Uno podría pensar, sin conocer mis antecedentes, que soy un imbécil. No obstante, tengo una excusa: no podía imaginar mi futuro sin Lara. Es así como, después de pensarlo un poco, y aún temiendo las consecuencias de mi decisión, acabé por acceder.

-Acepto. Mi única condición, es que me ayudes activamente a encontrarla.

-¡Hecho!-exclamó la criatura, mientras una sonrisa algo extraña, casi maliciosa, se dibujaba en su rostro, al tiempo que me extendía la mano. Yo hice lo propio, y en cuanto nos tocamos, él continuó-Bueno, otra vez debemos despedirnos. Tengo otras cosas que hacer.

-¿Pero que hay de mi viaje?

-Eso ya está arreglado ¡Adiós!

Inmediatamente, vi como mi interlocutor se desvanecía, en lo que el espacio a mi alrededor se deformaba, hasta convertirse en un vacío de total oscuridad. Lo último que percibí antes de despertar, fue un profundo dolor en mi mano derecha.

Infierno I

I


Cuando visité el Infierno por primera vez, me vi sorprendido por lo diferente que es a la imagen tradicional que mi pueblo tenía de este. No se trataba de un enorme lago de fuego en que ángeles caídos con alas y cuernos castigaban despiadadamente a los pecadores. De hecho, uno apenas podía distinguir entre un demonio y un condenado común y corriente.
El Infierno es una colosal ciudad, llena de edificios, comercios, y casas, que sólo se distingue de cualquier otra urbe por, como dije, su enorme tamaño. Desde el edificio mas alto de esta, uno no alcanza a ver dónde termina. En este Infierno, uno debe trabajar para comer, pagar el alquiler...en resumen, llevar una vida lo mas plena posible.
Incluso hay un incipiente sistema educativo. La razón es sencilla: ningún monstruo horrible te arrastra hasta esta cruel e infinita tortura. Aquí se nace y se crece, para nunca morir, envejecer o enfermarse. El condenado primerizo ni siquiera recuerda su vida anterior al salir de la desgarrada vagina de su madre, cosa que, como me di cuenta eventualmente, forma parte del castigo. Pero...¿Cuál castigo? Te estarás preguntando. Si por casualidad te subestimo y eres alguien inteligente, ya te habrás dado cuenta del detalle: no se nace como una tabla rasa. En el Infierno uno no recuerda su vida pasada, pero sigue manteniendo los rasgos de carácter que lo arrastraron hasta este. Los asesinos siguen sin valorar la vida humana, los ladrones siguen despreciando los derechos ajenos, los violadores siguen siendo patéticas escorias necesitadas de poder...y así hasta con cada pecador.
El resultado es que esta ciudad es un constante caos, gobernado por mafias y grupos de mercenarios violentos, estafadores, y psicópatas de la peor clase.
Al principio pensé que no era justo: ¿Por qué los peores hombres acumulan enormes riquezas, y otros menos malvados simplemente sobreviven en el día a día? ¿No se supone que Dios es justo, que cada uno ha de pagar exactamente lo que hizo en vida? Este pensamiento me torturó hasta que finalmente vi como, a medida que pasaba el tiempo, los grandes oligarcas infernales perdían sus riquezas, y eran castigados por el propio pueblo al que explotaban, o capturados por sus enemigos políticos, quienes los sometían a torturas que ni el peor de los Estados en la Tierra aplicó jamás.
A medida que me compenetré en esa horrible sociedad, noté que incluso antes de eso la tortura no se ausentaba ni por un segundo en las mentes de los más poderosos miembros de la jerarquía. Al principio, se jactaban de su poder y gloria, como lo haría cualquier mafioso de éxito en mi mundo. Se alegraban por haber sobresalido, de poder, con su enorme riqueza, humillar a quien quisieran, de tener el mundo a sus pies. Luego, a medida que pasaba el tiempo, e incluso si su caída se dilataba durante décadas o siglos, se volvían cada vez más paranoicos. La idea de acabar como los que los precedieron les llenaba de pánico.
Lo peor era sin embargo su eternidad. Verás, la trampa con todo esto es que, como dije, los condenados no recuerdan su vida anterior. Y siendo así, son incapaces de frenar el ciclo de maldades que mantiene la rueda girando.

Mi nombre es Emker Phrtveeka. Nací en alguna perdida aldea del Norte de América, a finales del siglo XXII. Crecí en casa de un jerarca local, un profesor heredero de una larga tradición de erudición y aprendizaje, de quien adquirí los conocimientos básicos en matemáticas, ciencias y filosofía.
Aprendí a hablar con no más de ocho meses, y a los dos años ya sabía escribir, y leer con fluidez.
Entre los tres y los diez años, me pasaba las tardes encerrado en la biblioteca de mi casa, leyendo los clásicos de la literatura pre-nuclear, como el Mundo Feliz de Huxley o las obras de George Orwell.
A los quince años, era ya todo un experto en esa área y en algunas otras. Incluso escribí un par de tomos sobre historia de la humanidad, de una saga que nunca concluí.
Como podrán imaginar, mi familia estaba sumamente entusiasmada conmigo, esperando que llegara a ser un gran líder para mi comunidad. Mis dos hermanos y mi madre me admiraban, y mi padre invertía mucho dinero en mi preparación. Me imagino entonces cuál habrá sido su frustración al enterarse de que su joven hijo iba a abandonarlos. En efecto: con 17 años, estaba decidido a ser más que un cacique para un montón de gente a la que rara vez veía. Yo quería ser un científico, un investigador que rompiera todos los moldes y permitiera devolver a la humanidad a su gloria original.
 Así que decidí abandonar la casa, y marcharme a Nueva California, la más cercana urbe, y la capital científica del subcontinente desde la Gran Guerra.
La mañana en que me levanté listo para irme, me dirigí al baño mas cercano para prepararme. Una vez que estuve vestido, peiné mi cabello negro, frente al espejo del baño. Lucía extrañamente elegante con mi sweter gris, y un largo abrigo que me llegaba hasta las rodillas.
Ese día, cuando bajé las escaleras con mi equipaje en dos grandes mochilas, y algo de dinero en los bolsillos, mi familia me esperaba en la sala.
Mi padre se encontraba aún algo enojado por la decisión que había tomado, y las secuelas de la discusión la noche anterior se notaban todavía en su rostro. Mi madre, por su parte, sufría evidentemente en silencio, atormentada pronta separación.
Después de un silencioso desayuno, finalmente me dirigí hacia la puerta, donde uno a uno me despedí de ellos.

-¿Estás seguro de esto?-me preguntó mi padre. Lo había pensado por mucho tiempo, y no iba a echarme para atrás.

-Sí.-le respondí.

-Siendo así-me dijo, mientras sacaba una vieja pluma que le había regalado mi abuelo-, buena suerte. No olvides escribir cada tanto.

-Bien. Lo prometo.

Acto seguido, nos abrazamos, y comencé mi camino.
Cuando se produjo la Operación Blitzkrieg, los primeros objetivos fueron las capitales mundiales.
Moscú, Londres, Washington D.C., aniquiladas en pocas horas. Lo que la bestia fascista no predijo, fue que varios de estos Estados habían automatizado en secreto sus sistemas nucleares, con lo que fue cosa de horas antes de que las represalias llegaran. Millones de personas murieron en el ataque inicial, y muchas más después de este. Sin embargo, unas pocas ciudades pequeñas se las ingeniaron para sobrevivir, convirtiéndose en centros regionales de poder para las muchas aldeas en los campos surgidas producto del éxodo masivo a los lugares con tierras cultivables.
Con el paso del tiempo, estas nuevas capitales reunieron a las grandes mentes del nuevo mundo, que comenzaron a luchar para, con mucho esfuerzo volver a erigir la civilización anterior a la guerra, aunque con escaso éxito. Con demasiados muertos y una economía destrozada, debieron empezar por conformar grandes Estados de corte autoritario, que tuvieron que enfrentarse desde el principio a la resistencia de las comunidades. Varias rebeliones fueron aplastadas antes de la conformación de la República de Alta California, que poco tenía mas bien de republicana. En el año 2130, surgió el Partido. El Partido es básicamente un parlamento, compuesto por la élite militar, científica y tecnológica de Alta California. Está dividido en estratos, en los cuales se avanza meritocráticamente desde el mas bajo al más alto, el grado de Potens. Es aquí, y sólo aquí, donde se revelan los objetivos de la organización. Dentro del grado de Potens, existe una figura particularmente destacable, equivalente a los presidentes de las antiguas democracias occidentales: el Princeps.
Al momento en que llegué a la ciudad, el Princeps era Adam Kirtzner, un líder reconocido por sus numerosos éxitos durante las guerras contra las naciones vecinas, que tras el fin del conflicto y la muerte del líder anterior, llegó al cargo, imponiendo una brutal represión sobre lo que el consideraba traidores a la causa, dentro del Estado.
A decir verdad, tanto secretismo, miedo y la idea de trabajar durante años para un propósito desconocido, no era para mí. Esa es la razón por la que cuando me ofrecieron formar parte de esta enorme burocracia, decliné la oferta.
Para esas alturas, yo era ya un reconocido físico y filósofo, profesor de la facultad de Filosofía de una de las pocas universidades que quedaban en el territorio de los antiguos Estados Unidos. Había logrado avances destacables en el campo de la física teórica, que me habían granjeado mas de un premio, y gozaba de ver a mis alumnos contemplarme con admiración en mis clases. Todo eso con 24 años.
Y sin embargo, no estaba satisfecho. Yo aspiraba a más. Quería dejar una marca grande e imborrable en la historia humana, algo que me permitiera, de algún modo, inmortalizarme.
Dicen que la vida a veces tiene humor negro. Y lo que siguió a lo anterior, sin duda tiene algo de eso.
Una noche, después de cenar sin mas compañía que mi criada y un viejo perro cuya raza nunca me molesté en averiguar, decidí acostarme temprano básicamente por falta de cosas para hacer.
Tras apagar las velas que iluminaban mi habitación, finalmente cerré los ojos, intentando no pensar en nada. Me fue imposible. Por alguna razón, me encontraba sumamente nervioso. No, esa no es la palabra. Expectante.
Finalmente, tras varias horas de dar vueltas en la cama, logré conciliar el sueño. No recuerdo muy bien en qué consistieron mis ensoñaciones en las horas que siguieron. Sólo recuerdo el último trecho, la recta final de aquella noche.
Estaba recostado, abajo de un árbol, mirando un cielo particularmente estrellado. En un momento dado, parpadeé. Al abrir los ojos, me encontraba en un enorme y solitario espacio blanco,
La temperatura era fría, y el ambiente, extrañamente inquietante.
Cuando me levanté, sobresaltado, pude identificar a lo lejos la silueta de un...hombre. O quizá una mujer. Era difícil distinguirlo. Era delgado, ni muy alto ni muy bajo, y llevaba una larga gabardina negra.
Algo asustado, comencé a caminar hacia él. En cuanto notó mi presencia, vi que, como si levitara, se acercaba a una gran velocidad hasta donde yo estaba. Me detuve en seco, pero eso no impidió que él continuara aproximándose hasta detenerse justo frente a mi.
Aterrorizado, caí hacia atrás, golpeándome contra el prácticamente invisible suelo.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja!-se rió aquella cosa, con una voz chillona, pero masculina. Ahora sí podía verlo bien. Se trataba de un ser de cabeza alargada hacia arriba, con rasgos faciales humanos. Su piel era blanca, casi pálida, y su largo abrigo escondía un traje negro, como los que solían usar los políticos y empresarios de otros tiempos. Su cabello, por su parte, era largo, hasta la cintura, y su peculiar aspecto era coronado por un pequeño bombín. Era...andrógino, podría decirse.-¡Oh! ¿Te asusté, eh? ¡Ja! Ustedes son fácilmente impresionables.

De inmediato, comencé a arrastrarme lejos de él en la medida de mis posibilidades

-¿¡Qué...qué mierda es usted!? ¿Dónde estamos?

-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!-volvió a reír-¡Bienvenido a Adá, mi amigo! Yo soy Aneu.-dijo, haciendo un gesto con la mano. De inmediato, una fuerza misteriosa me incorporó, encontrándome otra vez de pie ante la extraña criatura.-Soy un dios. Y tu eres un humano, de nombre Emker.

-¿Quién te dijo mi nombre?

-¡Ja! Te he observado durante un largo tiempo. Los míos tienen la facultad de viajar astralmente con toda facilidad. Aunque aún así, no hubiera sido necesario.

-¿Do...donde estamos?

-Como te dije, este lugar es Adá, el mundo entre los mundos. Cuando los creadores hicieron el universo, este lugar fue destinado como un punto de conexión entre las distintas realidades, sólo accesible para los mortales durante el sueño.

-¿El sueño? ¿Entonces...estoy dormido?

-¡Exactamente! Mira, te mostraré.

Repentinamente, del suelo empezaron a brotar plantas y animales. El cielo se tornó azul, y un largo arroyo apareció prácticamente de la nada. A lo lejos, podía divisarse un bosque de pinos, en pleno verano.

-¿Ves? Aquí, todos podemos gozar de una pequeña omnipotencia. La mayoría de ustedes, sin embargo, tienen que esforzarse mucho para acceder a ella. Sus complejas mentes mortales los condicionan a ver y sentir determinadas cosas, siendo hasta difícil poder controlar lo que crean cuando están en este lugar.

Yo estaba extasiado, contemplando sorprendido lo que sucedía. Si esto no pasaba de ser otro sueño, era sin duda el mas extraño que había tenido.

-Y...¿Por qué me observabas? ¿Qué es lo que quieres?

-¡Ja! Estos mortales...siempre hay que explicarles todo.-se rió la entidad-Mi amigo, soy lo que has estado buscando. Sé que durante un largo tiempo has buscado dejar una huella, cambiar tu pequeño mundo de alguna manera. Y estoy aquí para eso, quiero ayudarte.

-¿Y por qué?-pregunté, desconfiado

-Pues porque estoy aburrido.-respondió-¿Que esperabas? Es aburrido poder siempre acceder a lo que uno quiere, sin tener que esforzarse. Y, aunque pueda parecer increíblemente poderoso para tus cánones, la verdad es que soy una humilde deidad en mi dimensión. No puedo ni siquiera abandonar mi realidad sin empezar a debilitarme.

-Correcto...¿Y cuál es tu idea?

-Mira, mi oferta es la siguiente: te voy a entregar lo mismo que a mi último cliente. El poder para alcanzar otros mundos.

-¿Qué?

-Lo que escuchas. No sólo mi especie es capaz de alcanzar el mundo que sea, por lo menos en espíritu, sino que podemos darles esa capacidad a otros seres. Tu raza ya tiene la habilidad natural de hacerlo, pero requiere de un gran esfuerzo y preparación. Lo que te ofrezco, es sencillamente saltarte ese paso.

-¿Y para qué querría yo eso?-volví a preguntar.

-¿Todo te tengo que explicar? ¡Es la mayor oportunidad de tu vida! Con mi ayuda, podrías convertirte en el mayor genio de la historia reciente de tu planeta, el hombre que consiguió demostrar la existencia del alma, de ángeles y demonios. El que abrió las puertas a infinidad de realidades diferentes.

Si este ser me había observado durante mucho, se notaba. Había logrado, en efecto, tentarme.

-Un momento...¿Y que pides a cambio?

-Pues, para volver mas interesante el asunto, yo determinaré que lugares visitas. Me encargaré de protegerte y todo, y además podrás realizar las actividades que quieras mientras estés ahí. Pero no te preocupes por eso, el tiempo no corre igual en todas las realidades, y puedo devolverte a tu tiempo sin importar cuanto hayas estado fuera.

-Hummm...entiendo.

-Entonces...¿Que te parece?

-No lo sé-respondí-tendría que pensarlo...

-Mira, amigo, no quiero presionarte, pero esto no es del todo legal.

-¿Que quieres decir?

-Bah, olvídalo. Vas a aceptar tarde o temprano.

-¿Que quieres decir?

Justo después de esas tres palabras, me desperté en mi cama, bañado en sudor. Eran ya las seis de la mañana, y en breve debería levantarme para ir a trabajar.
Rápidamente, me vestí y preparé para desayunar. Mientras lo hacía, reflexionaba sobre lo sucedido. Como científico y escéptico de toda la vida que era, me avergonzaba un poco el darle un ápice de credibilidad a mi sueño. Y sin embargo, algo dentro de mí me decía que había sido más que simplemente eso.
Como todas las mañanas, me peiné y lavé los dientes, para luego comer mis medialunas de cada día, acompañadas de una taza de café. Finalmente, me dirigí en bicicleta hasta la Universidad, en que, como siempre, di mi clase. Ese día se me señaló varias veces lo distraído y absorto en mis pensamientos que parecía. En efecto, el recuerdo de Aneu me seguía a todas partes.