I
Cuando visité el Infierno por primera vez, me vi sorprendido por lo diferente que es a la imagen tradicional que mi pueblo tenía de este. No se trataba de un enorme lago de fuego en que ángeles caídos con alas y cuernos castigaban despiadadamente a los pecadores. De hecho, uno apenas podía distinguir entre un demonio y un condenado común y corriente.
El Infierno es una colosal ciudad, llena de edificios, comercios, y casas, que sólo se distingue de cualquier otra urbe por, como dije, su enorme tamaño. Desde el edificio mas alto de esta, uno no alcanza a ver dónde termina. En este Infierno, uno debe trabajar para comer, pagar el alquiler...en resumen, llevar una vida lo mas plena posible.
Incluso hay un incipiente sistema educativo. La razón es sencilla: ningún monstruo horrible te arrastra hasta esta cruel e infinita tortura. Aquí se nace y se crece, para nunca morir, envejecer o enfermarse. El condenado primerizo ni siquiera recuerda su vida anterior al salir de la desgarrada vagina de su madre, cosa que, como me di cuenta eventualmente, forma parte del castigo. Pero...¿Cuál castigo? Te estarás preguntando. Si por casualidad te subestimo y eres alguien inteligente, ya te habrás dado cuenta del detalle: no se nace como una tabla rasa. En el Infierno uno no recuerda su vida pasada, pero sigue manteniendo los rasgos de carácter que lo arrastraron hasta este. Los asesinos siguen sin valorar la vida humana, los ladrones siguen despreciando los derechos ajenos, los violadores siguen siendo patéticas escorias necesitadas de poder...y así hasta con cada pecador.
El resultado es que esta ciudad es un constante caos, gobernado por mafias y grupos de mercenarios violentos, estafadores, y psicópatas de la peor clase.
Al principio pensé que no era justo: ¿Por qué los peores hombres acumulan enormes riquezas, y otros menos malvados simplemente sobreviven en el día a día? ¿No se supone que Dios es justo, que cada uno ha de pagar exactamente lo que hizo en vida? Este pensamiento me torturó hasta que finalmente vi como, a medida que pasaba el tiempo, los grandes oligarcas infernales perdían sus riquezas, y eran castigados por el propio pueblo al que explotaban, o capturados por sus enemigos políticos, quienes los sometían a torturas que ni el peor de los Estados en la Tierra aplicó jamás.
A medida que me compenetré en esa horrible sociedad, noté que incluso antes de eso la tortura no se ausentaba ni por un segundo en las mentes de los más poderosos miembros de la jerarquía. Al principio, se jactaban de su poder y gloria, como lo haría cualquier mafioso de éxito en mi mundo. Se alegraban por haber sobresalido, de poder, con su enorme riqueza, humillar a quien quisieran, de tener el mundo a sus pies. Luego, a medida que pasaba el tiempo, e incluso si su caída se dilataba durante décadas o siglos, se volvían cada vez más paranoicos. La idea de acabar como los que los precedieron les llenaba de pánico.
Lo peor era sin embargo su eternidad. Verás, la trampa con todo esto es que, como dije, los condenados no recuerdan su vida anterior. Y siendo así, son incapaces de frenar el ciclo de maldades que mantiene la rueda girando.
Mi nombre es Emker Phrtveeka. Nací en alguna perdida aldea del Norte de América, a finales del siglo XXII. Crecí en casa de un jerarca local, un profesor heredero de una larga tradición de erudición y aprendizaje, de quien adquirí los conocimientos básicos en matemáticas, ciencias y filosofía.
Aprendí a hablar con no más de ocho meses, y a los dos años ya sabía escribir, y leer con fluidez.
Entre los tres y los diez años, me pasaba las tardes encerrado en la biblioteca de mi casa, leyendo los clásicos de la literatura pre-nuclear, como el Mundo Feliz de Huxley o las obras de George Orwell.
A los quince años, era ya todo un experto en esa área y en algunas otras. Incluso escribí un par de tomos sobre historia de la humanidad, de una saga que nunca concluí.
Como podrán imaginar, mi familia estaba sumamente entusiasmada conmigo, esperando que llegara a ser un gran líder para mi comunidad. Mis dos hermanos y mi madre me admiraban, y mi padre invertía mucho dinero en mi preparación. Me imagino entonces cuál habrá sido su frustración al enterarse de que su joven hijo iba a abandonarlos. En efecto: con 17 años, estaba decidido a ser más que un cacique para un montón de gente a la que rara vez veía. Yo quería ser un científico, un investigador que rompiera todos los moldes y permitiera devolver a la humanidad a su gloria original.
Así que decidí abandonar la casa, y marcharme a Nueva California, la más cercana urbe, y la capital científica del subcontinente desde la Gran Guerra.
La mañana en que me levanté listo para irme, me dirigí al baño mas cercano para prepararme. Una vez que estuve vestido, peiné mi cabello negro, frente al espejo del baño. Lucía extrañamente elegante con mi sweter gris, y un largo abrigo que me llegaba hasta las rodillas.
Ese día, cuando bajé las escaleras con mi equipaje en dos grandes mochilas, y algo de dinero en los bolsillos, mi familia me esperaba en la sala.
Mi padre se encontraba aún algo enojado por la decisión que había tomado, y las secuelas de la discusión la noche anterior se notaban todavía en su rostro. Mi madre, por su parte, sufría evidentemente en silencio, atormentada pronta separación.
Después de un silencioso desayuno, finalmente me dirigí hacia la puerta, donde uno a uno me despedí de ellos.
-¿Estás seguro de esto?-me preguntó mi padre. Lo había pensado por mucho tiempo, y no iba a echarme para atrás.
-Sí.-le respondí.
-Siendo así-me dijo, mientras sacaba una vieja pluma que le había regalado mi abuelo-, buena suerte. No olvides escribir cada tanto.
-Bien. Lo prometo.
Acto seguido, nos abrazamos, y comencé mi camino.
Cuando se produjo la Operación Blitzkrieg, los primeros objetivos fueron las capitales mundiales.
Moscú, Londres, Washington D.C., aniquiladas en pocas horas. Lo que la bestia fascista no predijo, fue que varios de estos Estados habían automatizado en secreto sus sistemas nucleares, con lo que fue cosa de horas antes de que las represalias llegaran. Millones de personas murieron en el ataque inicial, y muchas más después de este. Sin embargo, unas pocas ciudades pequeñas se las ingeniaron para sobrevivir, convirtiéndose en centros regionales de poder para las muchas aldeas en los campos surgidas producto del éxodo masivo a los lugares con tierras cultivables.
Con el paso del tiempo, estas nuevas capitales reunieron a las grandes mentes del nuevo mundo, que comenzaron a luchar para, con mucho esfuerzo volver a erigir la civilización anterior a la guerra, aunque con escaso éxito. Con demasiados muertos y una economía destrozada, debieron empezar por conformar grandes Estados de corte autoritario, que tuvieron que enfrentarse desde el principio a la resistencia de las comunidades. Varias rebeliones fueron aplastadas antes de la conformación de la República de Alta California, que poco tenía mas bien de republicana. En el año 2130, surgió el Partido. El Partido es básicamente un parlamento, compuesto por la élite militar, científica y tecnológica de Alta California. Está dividido en estratos, en los cuales se avanza meritocráticamente desde el mas bajo al más alto, el grado de Potens. Es aquí, y sólo aquí, donde se revelan los objetivos de la organización. Dentro del grado de Potens, existe una figura particularmente destacable, equivalente a los presidentes de las antiguas democracias occidentales: el Princeps.
Al momento en que llegué a la ciudad, el Princeps era Adam Kirtzner, un líder reconocido por sus numerosos éxitos durante las guerras contra las naciones vecinas, que tras el fin del conflicto y la muerte del líder anterior, llegó al cargo, imponiendo una brutal represión sobre lo que el consideraba traidores a la causa, dentro del Estado.
A decir verdad, tanto secretismo, miedo y la idea de trabajar durante años para un propósito desconocido, no era para mí. Esa es la razón por la que cuando me ofrecieron formar parte de esta enorme burocracia, decliné la oferta.
Para esas alturas, yo era ya un reconocido físico y filósofo, profesor de la facultad de Filosofía de una de las pocas universidades que quedaban en el territorio de los antiguos Estados Unidos. Había logrado avances destacables en el campo de la física teórica, que me habían granjeado mas de un premio, y gozaba de ver a mis alumnos contemplarme con admiración en mis clases. Todo eso con 24 años.
Y sin embargo, no estaba satisfecho. Yo aspiraba a más. Quería dejar una marca grande e imborrable en la historia humana, algo que me permitiera, de algún modo, inmortalizarme.
Dicen que la vida a veces tiene humor negro. Y lo que siguió a lo anterior, sin duda tiene algo de eso.
Una noche, después de cenar sin mas compañía que mi criada y un viejo perro cuya raza nunca me molesté en averiguar, decidí acostarme temprano básicamente por falta de cosas para hacer.
Tras apagar las velas que iluminaban mi habitación, finalmente cerré los ojos, intentando no pensar en nada. Me fue imposible. Por alguna razón, me encontraba sumamente nervioso. No, esa no es la palabra. Expectante.
Finalmente, tras varias horas de dar vueltas en la cama, logré conciliar el sueño. No recuerdo muy bien en qué consistieron mis ensoñaciones en las horas que siguieron. Sólo recuerdo el último trecho, la recta final de aquella noche.
Estaba recostado, abajo de un árbol, mirando un cielo particularmente estrellado. En un momento dado, parpadeé. Al abrir los ojos, me encontraba en un enorme y solitario espacio blanco,
La temperatura era fría, y el ambiente, extrañamente inquietante.
Cuando me levanté, sobresaltado, pude identificar a lo lejos la silueta de un...hombre. O quizá una mujer. Era difícil distinguirlo. Era delgado, ni muy alto ni muy bajo, y llevaba una larga gabardina negra.
Algo asustado, comencé a caminar hacia él. En cuanto notó mi presencia, vi que, como si levitara, se acercaba a una gran velocidad hasta donde yo estaba. Me detuve en seco, pero eso no impidió que él continuara aproximándose hasta detenerse justo frente a mi.
Aterrorizado, caí hacia atrás, golpeándome contra el prácticamente invisible suelo.
-¡Ja, ja, ja, ja, ja!-se rió aquella cosa, con una voz chillona, pero masculina. Ahora sí podía verlo bien. Se trataba de un ser de cabeza alargada hacia arriba, con rasgos faciales humanos. Su piel era blanca, casi pálida, y su largo abrigo escondía un traje negro, como los que solían usar los políticos y empresarios de otros tiempos. Su cabello, por su parte, era largo, hasta la cintura, y su peculiar aspecto era coronado por un pequeño bombín. Era...andrógino, podría decirse.-¡Oh! ¿Te asusté, eh? ¡Ja! Ustedes son fácilmente impresionables.
De inmediato, comencé a arrastrarme lejos de él en la medida de mis posibilidades
-¿¡Qué...qué mierda es usted!? ¿Dónde estamos?
-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!-volvió a reír-¡Bienvenido a Adá, mi amigo! Yo soy Aneu.-dijo, haciendo un gesto con la mano. De inmediato, una fuerza misteriosa me incorporó, encontrándome otra vez de pie ante la extraña criatura.-Soy un dios. Y tu eres un humano, de nombre Emker.
-¿Quién te dijo mi nombre?
-¡Ja! Te he observado durante un largo tiempo. Los míos tienen la facultad de viajar astralmente con toda facilidad. Aunque aún así, no hubiera sido necesario.
-¿Do...donde estamos?
-Como te dije, este lugar es Adá, el mundo entre los mundos. Cuando los creadores hicieron el universo, este lugar fue destinado como un punto de conexión entre las distintas realidades, sólo accesible para los mortales durante el sueño.
-¿El sueño? ¿Entonces...estoy dormido?
-¡Exactamente! Mira, te mostraré.
Repentinamente, del suelo empezaron a brotar plantas y animales. El cielo se tornó azul, y un largo arroyo apareció prácticamente de la nada. A lo lejos, podía divisarse un bosque de pinos, en pleno verano.
-¿Ves? Aquí, todos podemos gozar de una pequeña omnipotencia. La mayoría de ustedes, sin embargo, tienen que esforzarse mucho para acceder a ella. Sus complejas mentes mortales los condicionan a ver y sentir determinadas cosas, siendo hasta difícil poder controlar lo que crean cuando están en este lugar.
Yo estaba extasiado, contemplando sorprendido lo que sucedía. Si esto no pasaba de ser otro sueño, era sin duda el mas extraño que había tenido.
-Y...¿Por qué me observabas? ¿Qué es lo que quieres?
-¡Ja! Estos mortales...siempre hay que explicarles todo.-se rió la entidad-Mi amigo, soy lo que has estado buscando. Sé que durante un largo tiempo has buscado dejar una huella, cambiar tu pequeño mundo de alguna manera. Y estoy aquí para eso, quiero ayudarte.
-¿Y por qué?-pregunté, desconfiado
-Pues porque estoy aburrido.-respondió-¿Que esperabas? Es aburrido poder siempre acceder a lo que uno quiere, sin tener que esforzarse. Y, aunque pueda parecer increíblemente poderoso para tus cánones, la verdad es que soy una humilde deidad en mi dimensión. No puedo ni siquiera abandonar mi realidad sin empezar a debilitarme.
-Correcto...¿Y cuál es tu idea?
-Mira, mi oferta es la siguiente: te voy a entregar lo mismo que a mi último cliente. El poder para alcanzar otros mundos.
-¿Qué?
-Lo que escuchas. No sólo mi especie es capaz de alcanzar el mundo que sea, por lo menos en espíritu, sino que podemos darles esa capacidad a otros seres. Tu raza ya tiene la habilidad natural de hacerlo, pero requiere de un gran esfuerzo y preparación. Lo que te ofrezco, es sencillamente saltarte ese paso.
-¿Y para qué querría yo eso?-volví a preguntar.
-¿Todo te tengo que explicar? ¡Es la mayor oportunidad de tu vida! Con mi ayuda, podrías convertirte en el mayor genio de la historia reciente de tu planeta, el hombre que consiguió demostrar la existencia del alma, de ángeles y demonios. El que abrió las puertas a infinidad de realidades diferentes.
Si este ser me había observado durante mucho, se notaba. Había logrado, en efecto, tentarme.
-Un momento...¿Y que pides a cambio?
-Pues, para volver mas interesante el asunto, yo determinaré que lugares visitas. Me encargaré de protegerte y todo, y además podrás realizar las actividades que quieras mientras estés ahí. Pero no te preocupes por eso, el tiempo no corre igual en todas las realidades, y puedo devolverte a tu tiempo sin importar cuanto hayas estado fuera.
-Hummm...entiendo.
-Entonces...¿Que te parece?
-No lo sé-respondí-tendría que pensarlo...
-Mira, amigo, no quiero presionarte, pero esto no es del todo legal.
-¿Que quieres decir?
-Bah, olvídalo. Vas a aceptar tarde o temprano.
-¿Que quieres decir?
Justo después de esas tres palabras, me desperté en mi cama, bañado en sudor. Eran ya las seis de la mañana, y en breve debería levantarme para ir a trabajar.
Rápidamente, me vestí y preparé para desayunar. Mientras lo hacía, reflexionaba sobre lo sucedido. Como científico y escéptico de toda la vida que era, me avergonzaba un poco el darle un ápice de credibilidad a mi sueño. Y sin embargo, algo dentro de mí me decía que había sido más que simplemente eso.
Como todas las mañanas, me peiné y lavé los dientes, para luego comer mis medialunas de cada día, acompañadas de una taza de café. Finalmente, me dirigí en bicicleta hasta la Universidad, en que, como siempre, di mi clase. Ese día se me señaló varias veces lo distraído y absorto en mis pensamientos que parecía. En efecto, el recuerdo de Aneu me seguía a todas partes.
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