II
No fue sino hasta mi cita con Lara que tuve la oportunidad de alejar a la criatura de mis pensamientos.
La había conocido unos meses atrás, en una reunión de café organizada por el Partido para reclutar nuevos miembros. Con no más de 25 años, era quizá la persona más inteligente que había conocido nunca. Infatigable y modesta, trabajaba en una universidad rival de la mía, como asistente de profesor. No por falta de capacidad, ni de lejos, sino porque pese a ser ya toda una experta en la materia, había preferido cursar sus estudios como cualquier chica común y corriente. "Me gusta la vida universitaria", dijo cuando la interrogué al respecto.
A las nueve de la noche, llegué al pequeño pero lujoso restaurante que había reservado, para sentarme en una de las mesas. Pedí algo de comida étnica, y me limité a esperar. Pocos minutos mas tarde, Lara entraba por la puerta, elegantemente vestida. Su cabello castaño lucía sedoso, y esos extraños pero a la vez hermosos ojos grises que tanto me habían atraído la primera vez que la vi, brillaban alegremente. Me saludó con una sonrisa, mientras levantaba la mano.
Esa noche nos entendimos bastante bien, nos reímos mucho, y disfrutamos de la cena. Tanto así, que poco tiempo después nos reunimos otra vez, y hubo una tercera cita, en que finalmente tuvimos intimidad.
Ella era una chica dulce y bondadosa, aunque algo tímida. Extrañamente, prefería que la gente supiera que salíamos, aunque nunca supo darme una explicación clara del porqué.
Con el paso del tiempo, se volvió algo mas abierta, y unos meses mas tarde, ya éramos pareja. Nos visitábamos el uno al otro casi todos los días, y ya habíamos intercambiado nuestras inquietudes. Estaba perdidamente enamorado, y, curiosamente, este afecto no se debilitaba con el paso del tiempo.
Ella era una chica dulce y bondadosa, aunque algo tímida. Extrañamente, prefería que la gente supiera que salíamos, aunque nunca supo darme una explicación clara del porqué.
Con el paso del tiempo, se volvió algo mas abierta, y unos meses mas tarde, ya éramos pareja. Nos visitábamos el uno al otro casi todos los días, y ya habíamos intercambiado nuestras inquietudes. Estaba perdidamente enamorado, y, curiosamente, este afecto no se debilitaba con el paso del tiempo.
Ella soñaba con sacar a su familia de la pobreza. Como yo, había crecido en una pequeña aldea agrícola, aunque no había tenido la suerte de tener una educación formal, debiendo aprender a leer y escribir imitando a otros niños. Con veintiún años, abandonó la casa de sus padres víctima de una hambruna, para buscar trabajo en la ciudad.
Empezó durmiendo en las calles, para luego conseguir un trabajo como lavandera, y con su escaso salario, pagar un profesor particular que le enseñara química básica. En pocos meses, la alumna superó al maestro, y este la recomendó como colaboradora a un profesor amigo suyo.
Es así como, a los veintitrés años, consiguió un empleo bien pagado, recuperó el contacto con sus familiares, y empezó a ayudarlos con el dinero que conseguía.
Una noche, después de una jornada de trabajo especialmente larga, fui a visitarla. Al llegar, me la encontré con ojos llorosos. Ella simuló que no pasaba nada, y debí insistir durante varios minutos antes de que finalmente me contara lo sucedido.
Su hermano mas pequeño padecía de una peculiar enfermedad de la piel, que le causaba un intenso dolor ante la exposición al Sol. Para colmo de males, los medicamentos necesarios eran escasos, y de alto precio. Mientras vivió con él, había sido testigo de sus lágrimas y lamentos durante las noches, y al salir de su pequeño pueblo, se había prometido auxiliarlo a como diera lugar.
-No sé que hacer.-me confesó, llorando-Cometí un grave error, y me da miedo lo que pueda pasarme.
-¿Pero que es?-le pregunté-No puede ser tan grave.
Me estremecí al escuchar cuál era la famosa equivocación. Ella era básicamente una corrupta, que aprovechando la confianza de los profesores en ella, se permitía hacer ciertas trampas para recolectar dinero. Delito simple, que solía castigarse en otros tiempos por medio del despido y el señalamiento público. Sin embargo, el Partido, en su afán de reprimir al extremo las tendencias malignas en lo que construía su nueva utopía, había impuesto sus propias penas.
De acuerdo con el Código Penal de la República, la corrupción debía castigarse en todos los casos con la muerte, tortura de por medio. Los reos eran desnudados, y conducidos a pie hasta una plaza pública, donde tras azotarlos en una cantidad proporcional a la gravedad del delito, serían ahorcados.
Días atrás, la policía había empezado una investigación por la denuncia de algunos profesores, e iba a ser cuestión de tiempo antes de que llegaran a ella. Estaba aterrorizada, y por obvias razones, yo también. La amaba, y si no actuaba rápido, no iba a poder hacer mucho. Así que, dispuesto a renunciar a todo con tal de salvarla, empecé a elucubrar un plan.
Pocos minutos mas tarde, abandoné la casa para prepararme. Esa noche, retiré todo mi dinero del banco local y una vez en casa, preparé un bolso con todo lo que pude llevar. Una vez que estuve listo, me dispuse a salir a su encuentro.
Tras recorrer en bicicleta las calles con mi bolso a cuestas, finalmente llegué hasta su cuadra, sólo para dar con varios policías.
Temiéndome lo peor, me acerqué y, simulando desconocimiento, interrogué a uno de los oficiales sobre la situación. Lo que descubrí, sin embargo, y mas por el efecto sorpresa que por otra cosa, me desgarró como una puñalada.
-Una joven cometió suicidio de un disparo en la cabeza, cuando intentamos arrestarla por un cargo de corrupción.-me dijo, como si fuera lo mas corriente del mundo-Era brillante y con un futuro prometedor. Una verdadera lástima.
En ese momento, no atiné mas que a darme la vuelta y alejarme tan rápido como había llegado. Podría, quizá, haberme quebrado ahí mismo, pero algo dentro de mí, el temor a acabar implicado, me lo impidió.
Me subí a la bicicleta, y pedaleé un par de cuadras antes de detenerme, básicamente porque no podía ver nada de tantas lágrimas agolpadas en mis ojos.
Me senté en la acera, y una vez ahí, finalmente lloré. No hice mucho más durante varios minutos, antes de retirarme hacia mi hogar. Sin avisar, decidí no ir al trabajo al día siguiente. Tampoco lo hice al posterior.
En mi tristeza, incluso consideré ir detrás de ella. Mas sin embargo, esa idea siempre desistía en mi mente.
Una noche, mientras dormía, el dios de los sueños volvió a presentarse. Me encontraba totalmente borracho, hasta el punto de no poder caminar. Sin tener mucho más que hacer, decidí recostarme y dormir un poco.
De inmediato, me vi caminando por un largo pasillo, en un edificio bastante maltrecho. No sabía porqué ni a donde me dirigía, pero sabía que era importante. En un momento dado, escuché dos voces, que no había escuchado nunca, pero que se me hicieron extrañamente conocidas. Caminé rápidamente en su dirección, en lo que escuchaba a ambas voces discutir.
A medida que avanzaba, más me preocupaba, hasta el punto de empezar a llamar a gritos a la dueña de una de ellas. Sin embargo, sin importar cuanto caminara, las voces no se sentían mas lejanas, o mas cercanas.
Mi desesperación se incrementó hasta que, finalmente, una tercera voz intervino.
-¡Vaya, vaya, vaya!-oí decir tras de mí, al mismo tiempo en que toda la escena parecía derretirse. En un momento dado, me encontré otra vez en el enorme espacio blanco de la vez anterior-Parece que mi genio favorito está en aprietos ¿No es así?-al voltear, dí para mi sorpresa con Aneu, quien me miraba sonriente, relamiéndose.
-Tú...¿Tú que haces aquí?
-¡Te lo dije! Vas a aceptar mi oferta tarde o temprano.
-¿De qué estás hablando?
-¡Ja, ja, ja, ja, ja! Es simple, mi amigo: tu enamorada no la está pasando del todo bien en este preciso instante.
-No te entiendo.
-¿Que es lo que no entiendes? ¿No es ese acaso un concepto común en tu mundo?
-¿Cuál concepto?
-El del Infierno, claro está.-me estremecí. La idea de que mi amada Lara hubiera sido sentenciada al tormento eterno era incluso peor que el propio conocimiento de su muerte-Pero tranquilo. No es tan malo para los pecadores leves.
-Pero...¿Como lo sabes?-pregunté, temiendo que fuera una trampa.
-De la misma manera en que sé tu nombre, y como la haz estado pasando. Yo lo sé todo. Algunos dioses poseemos un conocimiento ilimitado sobre el universo.-me explicó, con su característico tono alegre-Como sea, no estoy aquí para hacerte sufrir aún más de lo que ya lo estás haciendo. Vine para concretar nuestro negocio. ¿Te acuerdas de cuál era el trato?
-Sí, en efecto.-respondí, escéptico-¿Algo más que añadir?
-No, para nada. Por el contrario, vine para concertar lo que ya habíamos hablado. Como te dije, a donde te lleve vas a poder hacer lo que quieras, con la sola condición de que sea yo quien decida el lugar. Siendo tan listo como eres, dudo que no entiendas la magnitud de la oferta.-dijo, cínicamente.
-Hummmm...-realmente me había interesado la idea. Sin embargo, no tenía mucha idea de que era aquella cosa, o de sus intereses. Si realmente era un ser maligno, no iba a revelármelo así como así. Finalmente, cuando ya me disponía a descartar la idea y volver, muy a mi pesar, a mi vida común y corriente-mira, aceptaría encantado, pero no sé quien eres, o si siquiera existes.
-Si no existo, no hay nada que perder ¿O sí? Además, supongo que no querrás romper tu promesa.
Empecé a creerme lo de su omnisciencia cuando recordé el juramento que le había hecho a Lara tan sólo horas antes de su muerte. La promesa de no dejarla caer, de poner todas mis energías en salvarla.
-Eres un tipo listo, así que ya sabrás a que quiero llegar. Ahora, la decisión es tuya.
En ese momento, me sentí en una verdadera encrucijada. No tenía la menor idea de que era ese ser, y mucho menos de sus intenciones. Y sin embargo, estaba lo bastante enamorado para mandar por la borda todos mis temores. Uno podría pensar, sin conocer mis antecedentes, que soy un imbécil. No obstante, tengo una excusa: no podía imaginar mi futuro sin Lara. Es así como, después de pensarlo un poco, y aún temiendo las consecuencias de mi decisión, acabé por acceder.
-Acepto. Mi única condición, es que me ayudes activamente a encontrarla.
-¡Hecho!-exclamó la criatura, mientras una sonrisa algo extraña, casi maliciosa, se dibujaba en su rostro, al tiempo que me extendía la mano. Yo hice lo propio, y en cuanto nos tocamos, él continuó-Bueno, otra vez debemos despedirnos. Tengo otras cosas que hacer.
-¿Pero que hay de mi viaje?
-Eso ya está arreglado ¡Adiós!
Inmediatamente, vi como mi interlocutor se desvanecía, en lo que el espacio a mi alrededor se deformaba, hasta convertirse en un vacío de total oscuridad. Lo último que percibí antes de despertar, fue un profundo dolor en mi mano derecha.
Pocos minutos mas tarde, abandoné la casa para prepararme. Esa noche, retiré todo mi dinero del banco local y una vez en casa, preparé un bolso con todo lo que pude llevar. Una vez que estuve listo, me dispuse a salir a su encuentro.
Tras recorrer en bicicleta las calles con mi bolso a cuestas, finalmente llegué hasta su cuadra, sólo para dar con varios policías.
Temiéndome lo peor, me acerqué y, simulando desconocimiento, interrogué a uno de los oficiales sobre la situación. Lo que descubrí, sin embargo, y mas por el efecto sorpresa que por otra cosa, me desgarró como una puñalada.
-Una joven cometió suicidio de un disparo en la cabeza, cuando intentamos arrestarla por un cargo de corrupción.-me dijo, como si fuera lo mas corriente del mundo-Era brillante y con un futuro prometedor. Una verdadera lástima.
En ese momento, no atiné mas que a darme la vuelta y alejarme tan rápido como había llegado. Podría, quizá, haberme quebrado ahí mismo, pero algo dentro de mí, el temor a acabar implicado, me lo impidió.
Me subí a la bicicleta, y pedaleé un par de cuadras antes de detenerme, básicamente porque no podía ver nada de tantas lágrimas agolpadas en mis ojos.
Me senté en la acera, y una vez ahí, finalmente lloré. No hice mucho más durante varios minutos, antes de retirarme hacia mi hogar. Sin avisar, decidí no ir al trabajo al día siguiente. Tampoco lo hice al posterior.
En mi tristeza, incluso consideré ir detrás de ella. Mas sin embargo, esa idea siempre desistía en mi mente.
Una noche, mientras dormía, el dios de los sueños volvió a presentarse. Me encontraba totalmente borracho, hasta el punto de no poder caminar. Sin tener mucho más que hacer, decidí recostarme y dormir un poco.
De inmediato, me vi caminando por un largo pasillo, en un edificio bastante maltrecho. No sabía porqué ni a donde me dirigía, pero sabía que era importante. En un momento dado, escuché dos voces, que no había escuchado nunca, pero que se me hicieron extrañamente conocidas. Caminé rápidamente en su dirección, en lo que escuchaba a ambas voces discutir.
A medida que avanzaba, más me preocupaba, hasta el punto de empezar a llamar a gritos a la dueña de una de ellas. Sin embargo, sin importar cuanto caminara, las voces no se sentían mas lejanas, o mas cercanas.
Mi desesperación se incrementó hasta que, finalmente, una tercera voz intervino.
-¡Vaya, vaya, vaya!-oí decir tras de mí, al mismo tiempo en que toda la escena parecía derretirse. En un momento dado, me encontré otra vez en el enorme espacio blanco de la vez anterior-Parece que mi genio favorito está en aprietos ¿No es así?-al voltear, dí para mi sorpresa con Aneu, quien me miraba sonriente, relamiéndose.
-Tú...¿Tú que haces aquí?
-¡Te lo dije! Vas a aceptar mi oferta tarde o temprano.
-¿De qué estás hablando?
-¡Ja, ja, ja, ja, ja! Es simple, mi amigo: tu enamorada no la está pasando del todo bien en este preciso instante.
-No te entiendo.
-¿Que es lo que no entiendes? ¿No es ese acaso un concepto común en tu mundo?
-¿Cuál concepto?
-El del Infierno, claro está.-me estremecí. La idea de que mi amada Lara hubiera sido sentenciada al tormento eterno era incluso peor que el propio conocimiento de su muerte-Pero tranquilo. No es tan malo para los pecadores leves.
-Pero...¿Como lo sabes?-pregunté, temiendo que fuera una trampa.
-De la misma manera en que sé tu nombre, y como la haz estado pasando. Yo lo sé todo. Algunos dioses poseemos un conocimiento ilimitado sobre el universo.-me explicó, con su característico tono alegre-Como sea, no estoy aquí para hacerte sufrir aún más de lo que ya lo estás haciendo. Vine para concretar nuestro negocio. ¿Te acuerdas de cuál era el trato?
-Sí, en efecto.-respondí, escéptico-¿Algo más que añadir?
-No, para nada. Por el contrario, vine para concertar lo que ya habíamos hablado. Como te dije, a donde te lleve vas a poder hacer lo que quieras, con la sola condición de que sea yo quien decida el lugar. Siendo tan listo como eres, dudo que no entiendas la magnitud de la oferta.-dijo, cínicamente.
-Hummmm...-realmente me había interesado la idea. Sin embargo, no tenía mucha idea de que era aquella cosa, o de sus intereses. Si realmente era un ser maligno, no iba a revelármelo así como así. Finalmente, cuando ya me disponía a descartar la idea y volver, muy a mi pesar, a mi vida común y corriente-mira, aceptaría encantado, pero no sé quien eres, o si siquiera existes.
-Si no existo, no hay nada que perder ¿O sí? Además, supongo que no querrás romper tu promesa.
Empecé a creerme lo de su omnisciencia cuando recordé el juramento que le había hecho a Lara tan sólo horas antes de su muerte. La promesa de no dejarla caer, de poner todas mis energías en salvarla.
-Eres un tipo listo, así que ya sabrás a que quiero llegar. Ahora, la decisión es tuya.
En ese momento, me sentí en una verdadera encrucijada. No tenía la menor idea de que era ese ser, y mucho menos de sus intenciones. Y sin embargo, estaba lo bastante enamorado para mandar por la borda todos mis temores. Uno podría pensar, sin conocer mis antecedentes, que soy un imbécil. No obstante, tengo una excusa: no podía imaginar mi futuro sin Lara. Es así como, después de pensarlo un poco, y aún temiendo las consecuencias de mi decisión, acabé por acceder.
-Acepto. Mi única condición, es que me ayudes activamente a encontrarla.
-¡Hecho!-exclamó la criatura, mientras una sonrisa algo extraña, casi maliciosa, se dibujaba en su rostro, al tiempo que me extendía la mano. Yo hice lo propio, y en cuanto nos tocamos, él continuó-Bueno, otra vez debemos despedirnos. Tengo otras cosas que hacer.
-¿Pero que hay de mi viaje?
-Eso ya está arreglado ¡Adiós!
Inmediatamente, vi como mi interlocutor se desvanecía, en lo que el espacio a mi alrededor se deformaba, hasta convertirse en un vacío de total oscuridad. Lo último que percibí antes de despertar, fue un profundo dolor en mi mano derecha.
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