No recuerdo mucho después de eso. Desperté a la mañana siguiente, en medio del silencio, sólo roto por los clásicos sonidos de una ciudad, apenas perceptibles por encontrarme donde me encontraba. Me senté inmediatamente de la cama, y miré por la ventana, sólo para dar con la gran urbe, iluminada por su rojizo sol en el cielo. Al mirar al paisaje, recordé inmediatamente alguna tarde en mi aldea perdida, mirando desde el tejado de mi casa un atardecer. Y por vez primera en años...sentí nostalgia. "Cuando salga de esta", me dije a mi mismo "iré a visitar a mi familia". Pensé en mi padre, en mis hermanos, en mi madre. ¿Vivirían aún? ¿Seguirían donde antes? ¿O acaso había dejado morir nuestro vínculo para siempre? Me sentí intolerablemente culpable. ¿Cómo pude haber olvidado la promesa que le hice a mi padre? "No olvides escribir cada tanto." ¿Tanto me hubiera costado? Sin darme cuenta, me había concentrado en la copa hasta el punto de olvidarme de las raíces. Me había enfocado tanto en lo que quería, que no había pensado en los que dejé atrás. Y sólo deseaba entonces que no fuera tarde.
Pasaron los minutos. Intentando distraerme con algo, opté por mirar hacia la biblioteca, donde varios libros de coloridas tapas me esperaban. Me acerqué, buscando algo que pudiera leer para pasar el rato. Pronto di con uno que llamó mi atención, aunque no recuerdo su título. Lo que sí recuerdo, sin embargo, es su temática. Versaba sobre la historia del mundo en que me encontraba. Curiosamente, no empezaba con los orígenes de la civilización infernal, sino que se remontaba a unas decenas de miles de años atrás, lo cual, como el propio autor lo aclaraba, tenía una explicación: la ciudad es tan grande, que simplemente no hay forma de mantenerla totalmente comunicada. No hay nadie en las partes mas exteriores de la misma que haya conocido a uno de sus primeros habitantes.
El libro comenzaba hablándonos sobre antiguas leyendas, acerca de un líder militar que había conseguido unificar, a punta de espada, la práctica totalidad del territorio controlado por los humanos. Apoyado y amado por sus nuevos súbditos a causa de la decadencia de los regímenes anteriores, había enloquecido por el poder, proclamándose-como tantos reyes terrestres-hijo de una deidad: Arasy, de quien no se daban muchos detalles. Eventualmente, sin embargo, la corrupción de un régimen en que no había forma de contrariar al líder del Estado llevó al hartazgo de la población y, ante la amenaza de la revolución, las propias élites debieron deshacerse de él y, por la presión de las clases bajas, instaurar un sistema electoral universal.
Tras derrocarlo, ataron una roca a su cuello y lo lanzaron a un lago sobre el que más adelante se construyó todo un barrio nuevo, sellando su destino para siempre.
Sin embargo, el fin del líder del teocrático Estado no terminó de satisfacer a los revolucionarios, que acabaron por ocasionar toda una guerra civil. Ante la casi derrota de las fuerzas del orden público, no tardaron en intervenir las poderosas oligarquías, que pasaron de ser empresarios comunes a auténticos señores de la guerra. Fueron estas las que permitieron a los políticos sostener su reinado, so pena de someterse a ellos y sus caprichos. Es así como el gobierno local se debilitó hasta reducirse a sus funciones más elementales, básicamente, la protección de los intereses de las élites. Pasó de ser un régimen de gran autoridad, temible para sus ciudadanos, a sostenerse a base de donaciones. De tener un gran ejército, a depender para su defensa de grupos de mercenarios.
La fachada democrática se mantuvo, quizá para contener la ira de las masas. No obstante, en la práctica, el poder se concentró cada vez más en pocas manos.
Mi lectura fue repentinamente interrumpida por el sonido de una llave abriendo la puerta.
-Hola, Emker ¿Cómo descansaste?-me saludó Orel, después de que la puerta se abrió, revelándola a ella y a las niñas.
-Hola.-le respondí, mientras me levantaba de la cama-Bastante bien. ¿Y tú?
-Bien, aunque me costó un poco levantarme.-fue su respuesta-Ahora tenemos que ir a desayunar, y luego iré a entrenar con las niñas.
-Las acompaño.-le dije, mientras abandonaba junto a ellas la habitación. Poco después, Orel cerraba nuevamente la puerta tras de mí, y empezábamos a caminar en dirección a una zona del edificio que desconocía.
Finalmente, y tras algo más de conversación intrascendente entre las chicas, conseguimos alcanzar un ascensor. Una vez dentro, fue Orel quien presionó los botones indicados, y, tras varios segundos de viaje, la puerta se abrió, revelando una zona bastante concurrida del edificio. No tuvimos que caminar mucho antes de poder divisar una especie de restaurante, o mas bien, un viejo comedor repleto de personas con variados y elegantes uniformes.
Tras entrar en el enorme lugar, no tardamos en encontrar asiento en las partes mas exteriores del mismo, cerca de la puerta. Hecho esto, Orel sacó de su bolsillo algunas hojas de papel bonitamente coloreadas, que pronto pude reconocer como unidades monetarias, las cuales entregó a sus compañeras para que compraran lo que quisieran, no sin antes, claro está, decirles su propio pedido.
-¿Y tú que vas a querer?-me preguntó, quizá olvidando por un momento mi origen.
-Pues, con algo que me permita mantenerme despierto el resto del día estoy feliz.-fue mi respuesta.
-Bueno, supongo que un ursa estará bien.-dijo Orel, antes de que las niñas se alejaran. A continuación, permanecimos en silencio durante varios segundos. En ese tiempo, pude observar a las personas a mi alrededor. Habían humanos, númenes, y otras razas que no logré identificar. Fue entonces cuando me percaté de algo sobre lo que no había recapacitado anteriormente: la organización del edificio distaba mucho de ser lógica. Demasiados espacios vacíos, demasiada concentración de personas en las partes más bajas...sí, definitivamente no fue una buena decisión comprar este lugar. Pero era evidente que Akim no destacaba por su humildad, a juzgar por lo que había conversado con sus niñas la primera vez que almorcé con ella.
Esa mañana no hice a decir verdad nada realmente destacable. Me limité a ver a las niñas entrenar desde las nueve de la mañana hasta las doce, en lo que daba vueltas por el enorme gimnasio en que lo hacían. Había cometido el error de no traer ningún libro conmigo, así que me la pasé reflexionando sobre mi vida, pensando aún, culposamente, en mi traición para con mi familia.
En un momento dado, volvieron a mi mente preguntas varias sobre las características del mundo en que me encontraba. No me había percatado de que, mientras que siguiendo a Aneu los seres inteligentes eran inmortales, no era ese el caso de los animales que me había comido. Era evidente que alguna particularidad biológica o sobrenatural debían tener para que así fuera, y mi curiosidad científica me empujaba a querer averiguarla.
El día empezó realmente para mí justo después de que el entrenamiento terminó. Las niñas habían pasado horas practicando movimientos de combate cuerpo a cuerpo, y aprendiendo a utilizar diversidad de armas, con lo que estaban razonablemente hambrientas, y fue en ese estado que Kili preguntó la hora, y si podían descansar para comer algo. Inmediatamente, Orel revisó su reloj, constatando que ya era hora del almuerzo, y que de hecho-como solía suceder-se les estaba haciendo tarde.
Tratando de ahorrar tiempo, les ordenó interrumpir sus actividades y tomar una ducha rápida en los baños cercanos. Ella, que en su papel de entrenadora había sudado poco y lo necesario, se quedó conmigo mientras esperábamos a que salieran, ya cambiadas y limpias.
-¿Te aburriste?-me preguntó después de sentarse junto a mí, en una banca cercana.
-Eh...sí.-le dije, tras pensar un poco en mi respuesta. No iba a ganar nada mintiéndole, después de todo.
-Prometo no hacerte pasar por esto la próxima vez. Voy a pedirle a Akim que te consiga alguna actividad en lo que nosotras entrenamos.
-Gracias.-le dije, en lo que volvían a mi mente las anteriores reflexiones-Oye...he estado pensando.
-¿En qué?-me preguntó, razonablemente, ella.
-Veo que aquí se tiene la costumbre de comer carne. Eso me sugiere que la muerte, como tal, existe. Pero Aneu me dijo que ustedes no pueden morir.
-Sí, nadie sabe exactamente porqué ocurre, pero nuestras heridas se regeneran rápido. En cuestión de segundos las más leves. ¿No es así de donde vienes?
-No, en realidad no. Nuestros cuerpos son muy frágiles, y una herida en el cuello puede acabar con nosotros fácilmente.-le expliqué-Me imagino que debe ser muy útil poder recuperarse a esa velocidad.
-Lo es, pero...a veces también es bastante trágico. Recuerdo que cuando era niña deseaba con frecuencia poder desaparecer. Envidiaba a los animales, que mueren con algunos cortes.
-Oh...ya veo.-dije, sintiendo algo de compasión por ella. Era de esperarse que hubiera tenido una infancia dura incluso antes del abandono de sus padres, pero los pensamientos suicidas, si así podían llamarse, estaban a otro nivel-Y...¿A qué se debía eso, si se puede saber?
-Pues...digamos que mis padres no me querían mucho.-comentó, tras un corto suspiro-Solían golpearme con frecuencia, y otras cosas de las que prefiero no hablar. Cuando me abandonaron, intenté buscar ayuda en algunos familiares que conocía, pero nadie quiso recibirme.
-Entiendo...-respondí.
-Acabé durmiendo en la calle durante algunos días. Una vez, escapé de milagro de un sujeto que quería divertirse conmigo. En fin...después de una semana me encontré con otros niños vagabundos. Aún recuerdo el nombre de todos ellos. Nuestro líder era Zephon, un muchacho de unos diez u once años, que desde el principio me adoptó como su hermanita. Yo era la más pequeña del grupo, de tal forma que pronto me convertí en su consentida. Solíamos organizarnos para mendigar y, a veces, robar. Los muchachos tenían ya tiempo en ese negocio, mientras que yo... yo era más bien un lastre algunas veces.-me confesó, sonriendo por un instante-A los pocos meses de convivir con ellos, Akim visitó la cloaca en la que vivíamos. Estaba en un viaje de negocios, y acabábamos de robarle algo de comida a uno de los mercenarios que la acompañaban. Pensando que no nos habían visto, caminamos despreocupadamente hasta nuestra casa, y realmente nos asustamos cuando su automóvil estacionó frente a la entrada. Elegante, señorial, y como siempre vestida de blanco, Akim Hedeon descendió del vehículo, causando un rostro de sorpresa en mis acompañantes. Yo no sabía quien era, pero ellos sí. Nos hizo una oferta. Iba a llevarse a quienes de nosotros quisiéramos acompañarla, para criarnos como si fuéramos suyos. No tenía idea de con quién estaba hablando, pero, siéndote sincera, me sentí tentada por el evidente lujo que la rodeaba. Quería una oportunidad. Incluso siendo así de pequeña, tenía consciencia de mi situación, y me rehusaba a llegar a adulta en ese estado. En mi inocencia, no supe ver el peligro que representaba irme con una extraña, con lo que incluso traté de convencer a Zephon y los demás de que me acompañaran. Todos se negaron, y no fue sino hasta tiempo más tarde que entendí por qué. Recuerdo su mirada suplicándome que no lo hiciera. Y aún hoy me pregunto que habrá sido de él.
No tuve que esperar mucho antes de que las niñas salieran del baño, y comenzáramos a caminar hacia fuera del gimnasio, en dirección al comedor. Esta vez, el paseo fue particularmente breve, puesto que nos encontrábamos ya en el último piso del edificio, donde Hedeon había dispuesto todo lo necesario para que sus hijas adoptivas se prepararan para retribuirle algún día sus favores.
Tras llegar al sitio de siempre y seguir los pasos ya narrados más de una vez en lo que va de este texto, la puerta fue abierta por un joven criado que no aparentaba más de catorce años, y logré divisar en la sala a Hedeon y su tía sentadas, aún esperándonos para empezar a comer.
-Llegan tarde.-se quejó Naama, con un tono que demostraba un notorio desagrado.
-Sí, estábamos entrenando, y perdí la noción del tiempo.-se excusó Orel, con la misma sumisa expresión con que todas se dirigían hacia ella.
-Ya, es algo que puede pasarle a cualquiera.-la defendió Akim. Fue recién en este momento que capté un patrón en ella: su vestimenta era siempre del mismo color. Naama se limitó a suspirar, sin decir más nada.
De inmediato, las jóvenes tomaron asiento, y yo hice lo propio. Pocos minutos más tarde, nos encontrábamos devorando el almuerzo, algún tipo de ave de corral con lo que parecían ser papas asadas. Tanto Akim como Naama se mantuvieron calladas durante la comida, cosa que me llamó la atención en la primera, mientras las niñas conversaban sobre sus pequeñas hazañas del día. En un momento dado, noté que la matriarca de los Hedeon no paraba de observarme, con esos ojos fríos que tanto la caracterizaban, cosa que por un momento me incomodó sobremanera.
Una vez terminamos de comer, y Orel se dispuso a llevarnos de regreso a las habitaciones, fuimos detenidos en seco por la voz de Naama, advirtiendo de su intención de conversar conmigo en privado.
-¿Podrían esperar afuera durante algunos minutos?-preguntó Akim, amablemente.
-Sí...por supuesto.-fue la respuesta de la muchacha, que de inmediato sacó de la habitación a sus compañeras. Unos instantes después, me encontraba solo frente la dama y su tía, preguntándome qué seguiría a continuación.
-Se me ha hablado sobre usted, señor Phrtveeka.-me dijo finalmente Naama, con una actitud propia de un rey-Sobre su origen y cualidades.
-¿Ah sí?-respondí, algo nervioso.
-Le dije de dónde vienes, y cuáles son tus objetivos en nuestro mundo.-me explicó Akim.
-Así es. Y debo confesar, quizá para su sorpresa, que no es la historia más extraordinaria que he oído.-comentó la serpiente mientras hacía un gesto con la mano, a lo que sus empleados se retiraron inmediatamente a la cocina.-Así que...usted es del mundo de los vivos.
-Sí, en efecto. De un mundo llamado Tierra, para ser exactos.
-Tierra...-repitió-bonito nombre. Recuerdo haber leído sobre un mundo con ese nombre en un libro hace tiempo. Uno de muchos mundos por los que se han expandido los humanos ¿No?
-No. De hecho, nunca llegamos mas allá de los límites del planeta. Destruimos nuestra civilización antes de lograrlo.-fue mi respuesta. Me pregunté por un momento si acaso estaría ella describiendo algún punto del futuro. No sería raro después de todo, teniendo en cuenta la explicación de Aneu sobre sus propias habilidades.
-Hummmm, quizá no sea usted de esa versión de la civilización humana, entonces. Como sea, no es que me importe. Lo que sí me interesa es conversar con usted respecto a lo que sabe de nuestro mundo. Dígame ¿Ha tenido la oportunidad de leer algo sobre geografía, historia...mitología?
-Sí, especialmente de eso último. Uno de los libros en la biblioteca de mi habitación versaba sobre el tema.
-Entonces, supongo que no desconocerá del todo ciertos eventos religiosos en nuestro mundo, como los enfrentamientos en el seno del taranismo hace algunas décadas ¿O sí?
-Estoy al tanto.-respondí. Para este punto, mis sentimientos de incomodidad se habían estabilizado, aunque no desaparecido. Naama hablaba con un tono suave y mecánico, como si meditara en detalle cada cosa que iba a decir. Cosa que, aunque no hubiera llamado la atención en mi mundo, en este lugar y contexto sonaba verdaderamente escalofriante. Dicho corto y claro, hablaba exactamente como un mafioso debería hablar.
-Excelente. Siendo así, creo que podré ir directo al grano: tanto yo como mi querida sobrina formamos parte de cierta organización ligada al taranismo, y tenemos un problema. Un problema que creemos que usted podría ayudarnos a resolver.
-¿Y de qué se trata?-procedí a preguntar.
-Eso es lo que queremos que descubra. En resumen, hay un grupo de rebeldes, al mejor estilo de los de la última vez. Pero tenemos razones para pensar que, ahora, se trata de algo mucho más profundo. Algo que amenaza del todo a nuestra organización, y nuestro sistema de vida.-contestó para mi expectación, antes de beber un sorbo de su copa de vino-Se me dijo que usted solía ser profesor de Filosofía antes de que el destino lo trajera hasta aquí. Que es un caballero muy brillante, hasta el punto de llamar la atención del mismísimo Aneu. Y es por eso que le hago esta oferta: si accede, quizá optemos por ascenderlo en la organización, lo que bien podría darle ventajas a la hora de buscar a su pareja. Esto además de garantizarle un sueldo estable que le permita una vida cómoda en lo que cumple con su tarea. Así que...¿Qué dice?
Mentiría si dijera que en principio, la oferta de trabajar para una organización criminal gigantesca, con todas las ventajas del caso, no me pareció sumamente tentadora. Esto hasta que me percaté de ese pequeño detalle.
-Pues...debería pensarlo.-respondí, tras algunos segundos. No sabía como decir "no" sin poner en peligro mi integridad. Entre lo intimidante de Naama y el carácter explosivo y cruel de Akim, era evidente que, sin quererlo, había empezado a jugar con fuego.
-¿Pensarlo?-el rostro de la dama reflejaba ahora una notoria sorpresa-Es la mayor oferta, el mayor regalo que se le podría hacer a cualquier poblador de este mundo. Cualquier hombre o ávana aceptaría de inmediato. Hummmm...dígame ¿Qué es lo que le preocupa?
No supe qué decir, por razones que sobra explicar.
-¿Será tal vez algún dilema de carácter moral?-adivinó mi interlocutora, sorprendiéndome. Pese a su frialdad, estaba claro que era dueña de una notable inteligencia. La miré durante algunos segundos, sin decir más. Sencillamente, no había nada que decir-Pues, si ese es el caso, quizá su conciencia esté tranquila de saber que no vamos a darle una opción.
-¿Qué?-pregunté.
-Hará lo que le pedimos, señor Phrtveeka. Eso, o las consecuencias serán muy nefastas.
El silencio atravesó la habitación de punta a punta. Nunca se me había extorsionado antes, y pese a que sabía intelectualmente que esto era de esperarse, tenía aún ese sentimiento, como el que a todos nos atrapa tras nuestro primer asalto.
-Entiendo.-acabé por decir.
-Excelente. Entonces, puede irse. En algunos días le estaré confirmando lo que queremos que haga.-y con un gesto con la mano, me ordenó salir. Yo me levanté, y me dirigí lentamente hacia la puerta.
-Emker-oí la voz de Akim tras de mí-, preferiría que Orel no se enterara de esto. Ni ella, ni nadie. Espero que no tengamos filtraciones...indeseadas.-dijo, antes de que yo abriera la puerta y saliera de la habitación.
Lo último que alcancé a escuchar antes de abandonarlas, fue un "espero que funcione", de parte de la joven. "Lo mismo digo", pensé para mis adentros.