lunes, 3 de junio de 2019

Infierno VIII



Algo más de una hora después, después de haber narrado una historia totalmente inventada sobre mi vida (de una forma bastante torpe, debo decir), estaba sentado donde se me había indicado, escuchando con atención el plan de Orel para emboscar al pobre desgraciado que había tenido la osadía de desafiar a Akim. La historia era básicamente una versión adaptada de mi vida en la Tierra, sumada a un cuento sobre cómo mi hija había sido probablemente raptada, y tenía razones para pensar que podría estar en territorio de Barken Leddis. El plan, por su parte, era mas bien simple:

-Bien, lo que tenemos que hacer es lo siguiente: cerca de las nueve de la noche, Jara a estar volviendo de una reunión. Vive en una gran casa en una de las esquinas de la cuadra 42, a unas quince calles de aquí. Vamos a estar saliendo cerca de las ocho y media, y lo vamos a esperar en automóvil a una distancia prudencial. En cuanto haya pasado algún tiempo después de su entrada, nos bajamos, entramos y lo sorprendemos en medio de la cena. Ya hablamos con sus hombres, así que no estorbarán. El resto, prefiero improvisarlo.-nos explicó Orel, en lo que todos la escuchábamos con atención.

-Suena sencillo.-dijo Annde, antes de beber un poco de la taza de café que se había servido minutos atrás.

-Lo es, pero hay que tratar de que no se note demasiado la operación.-le respondió Orel-Es una persona bastante querida en la comunidad, y no queremos que los vecinos se den cuenta de lo que sucede y nos linchen. Pero no se preocupen, la calle no es muy concurrida, y vamos a ir armados.

Al escuchar eso último, mis ojos se abrieron hasta casi salirse de sus órbitas.

-Señorita...¿Tiene usted un plan por si todo sale mal, no es así?-intervino Jan, seguramente tan preocupado como yo.

Orel se lo quedó viendo, sin decir una palabra durante algunos segundos.

-Tranquilo, vamos a estar bien. Somos mercenarios, y ellos un montón de gente sin entrenamiento.

-Sabe usted que me cae muy bien-se apresuró a decir-, pero la forma en que organiza esto es, si me permite decirlo, deficiente. Ya van dos veces que casi nos atrapan, y me sorprende que aún no haya acabado con la paciencia de la señora Hedeon.-dijo, causando la favorable respuesta de los demás.

-Sí, a decir verdad no me siento muy segura de esto.-dijo Nayru-En general, no me siento muy segura a la hora de hacer una misión.

-Yo tampoco.-continuó su hermana-Hasta he tenido pesadillas con que nos capturen.

-Por lo menos pídale a Hedeon que nos deje algunos refuerzos cerca.-suplicó Ava, quien hasta el momento había permanecido relativamente callada.

-¡Ya, no exageren!-insistió la muchacha-Son sólo personas comunes.

Me asombraba para este punto la suma reverencia con que sus hombres la trataban, a la par que me recordaba al temor que Akim inspiraba en sus empleados.

-Sin embargo, si se sienten más cómodos así...

A continuación, procedió a sacar su teléfono de su bolsillo, y a apretar unos cuantos botones en el mismo, con ambos pulgares. En cuanto terminó, continuó con la conversación.

-Y bueno...falta una hora. ¿Qué quieren hacer en ese tiempo?

-Descansar un poco. Es probable que volvamos tarde.-dijo Jan, con el mismo tomo temeroso de siempre.

-Yo tenía ganas de salir esta noche. Pero me temo que no va a ser posible...-se quejó Annde, dejando en claro su frustración.

-Bueno, trabajamos menos que el resto de facciones.-intervino Dero, desestimando la queja de su compañera. Supuse por alguna razón que no lo hacía sólo

-No me estoy quejando-se excusó ella-Es sólo que, bueno, tenía planes.

-Sucede...-dije, por alguna razón.

-Lo decía porque tenía ganas de salir a tomar un poco de aire.-explicó finalmente Orel-Este lugar es algo...asfixiante cuando hay mucha gente. Así que bueno, voy a ir al balcón. Los veo abajo en una hora. ¿Tú que quieres hacer, Emker?

-Pues...te acompaño, supongo.-a decir verdad, no es que tuviera muchas opciones interesantes a disposición.

-Bueno. Supongo que encontraremos algo de que hablar.-dijo, mientras se levantaba de donde estaba. Yo la seguí poco después.

A continuación, nos dirigimos lentamente hasta la puerta, que ella abrió utilizando una de las llaves colgadas en la pared. Salimos de la habitación, y comenzamos a caminar en dirección al balcón más cercano, visible desde donde nos encontrábamos. En el corto trayecto hasta allí, me dio por reflexionar. Había visto como Akim, una mafiosa de alto poder, no sólo no debía ocultarse, sino que podía contar con toda un área llena de rascacielos en medio de la ciudad. Y no sólo eso, sino que tenía cientos-si es que no miles-de guardias y mercenarios armados hasta los dientes a su servicio, cada hora del día, todo el año. Más llamativo aún era el hecho de que, tal y como me lo había narrado Orel, hubieran conflictos a gran escala entre Derden Skapia y Barken Leddis, en lo que supuse sería una verdadera guerra fría, sin que eso implicara, al parecer, la intervención de autoridad ninguna. Todo esto me llevaba a inferir que, probablemente, no debía existir un gobierno fuerte en ese mundo, si es que acaso había uno.

-Oye...¿Cómo es la organización política aquí?-pregunté, tratando de saciar mis dudas.

-¿A que te refieres?-me interrogó de vuelta Orel, sin entender la pregunta.

-Pues...cómo se organiza su sociedad.

-¿En qué sentido?-volvió a preguntar.

-De donde vengo, las naciones tienen en su mayoría su propio territorio. Se organizan de distintas formas. En algunas, hay un líder único, que llamamos "rey". En otras, el conjunto de la nación elige representantes para que los gobierne.

-¡Ahhh! Sí, tenemos de eso. Aquí, la mayoría de las especies cuentan con su propio país. Este es el de los humanos, y también elegimos representantes, aunque la verdad es que la mayor parte del poder está en manos de empresas y mafias, como Barken Leddis o Derden Skapia.

-¿Que sabes de Derden Skapia?

-Pues, son los rivales de Barken Leddis. Estan dirigidos por una pareja de gemelas, Ísara y Varsi Skapia. Ambas son jóvenes, pero eso no ha evitado que se hagan un lugar en el negocio, a punta de una crueldad sin límites. De hecho, ellas son en parte la causa de que Akim sea tan dura a la hora de castigar a sus mercenarios. Es la única forma de que se atrevan a enfrentar a sus tropas. Simplemente, les da terror la idea de caer en sus manos.

-¿Es para tanto?

-Sí. Tienen la costumbre de devolver a los prisioneros que capturan totalmente destruidos, tanto física como psicológicamente. Se sabe que los torturan personalmente, de formas que prefiero no narrar.

-¿Y cómo logra Akim lidiar con eso?

-Pues...imitando sus métodos, aunque de una forma mas suave. Aquí, fallar se castiga con dureza. Desde azotes, hasta quemaduras.

-Ah...¿Tú también lo haces?-pregunté, temeroso de la respuesta.

-Por supuesto. Es parte de mi entrenamiento. Así que será mejor que te cuides ¿Eh?

Mi mirada causó en ella una carcajada.

-Tranquilo, sólo bromeo.-me dijo.

-¿Y cómo es que siguen teniendo mercenarios?-pregunté, desconcertado.

-Los salarios son muy buenos, y es una forma de ascenso social. La mayoría se quedan durante no más de cinco años, y siempre hay nuevos buscando incorporarse.

-Deben estar realmente desesperados...

-Y no es para menos. Yo sé lo que es vivir como lo hace la mayoría de la gente en Hélea, y créeme que nadie quisiera quedarse así para siempre.

-¿Hélea?

-Así se llama nuestro mundo. Como sea, la verdad yo los entiendo. Nadie se merece esto. Es demasiado, sin importar que tan grave sea lo que hayas hecho.

Para este punto, ya nos encontrábamos viendo por el balcón, a una enorme ciudad, con enormes contrastes entre un punto y otro. Y es que, mientras la mayor parte de la misma se veía sumida en la miseria mas abyecta, cada tanto aparecían pequeñas islas de riqueza y bienestar, ya bajo la forma de grandes conjuntos de edificios, ya bajo la de barrios acomodados, y agradables a la vista.

-¿Cómo es que logran mantener una mínima estabilidad social?-fue una mezcla de pensamientos la que me llevó a hacer esa pregunta. En resumen, era demasiado extraño que tanta gente no hiciera el menor esfuerzo por rebelarse.-Quiero decir ¿Cómo es que tanta gente no se levanta contra ustedes?

-Recuerdo haberle preguntado eso a Akim una vez. Tenía nueve años, y había decidido llevarme con ella en uno de sus viajes de negocios. En ausencia de Naama, no se fiaba de sus subordinados. Como sea, en el viaje de regreso decidimos parar a pasar la noche en un hotel a mitad de camino. Habíamos viajado todo el día, y el cansancio agobiaba, lo bastante para que nos detuviéramos a relajarnos. Fue a mitad de la noche que desperté por causa de gritos afuera del edificio. Akim ya se había levantado, y miraba por la ventana con rostro de preocupación.
"¿Que pasa?", le pregunté, con mas curiosidad que miedo.
"No te preocupes", me respondió, quizá intentando calmarme, "son sólo algunos sindicalistas enojados por mi presencia".

"Sindicalistas", pensé. Fue en ese momento en que terminé de percatarme del parecido entre este mundo y el mío hace algún tiempo. Sin embargo, decidí dejarla continuar su relato.

-Yo no sabía que era eso, así que, en pocas palabras, me lo explicó: "Son gente que quiere quitarme mis cosas para repartirlas entre los de su clase. Vagos que no quieren trabajar para ganarse el dinero por su cuenta, y cuya máxima aspiración es que papá gobierno los ayude. Ahora, vienen aquí a quejarse para que así la gente los escuche, pero no les voy a dar el gusto", comentó, mientras sacaba su teléfono y llamaba a un amigo. A los pocos minutos, la policía llegó y disparó contra ellos, arrestando a varios, mientras nosotras nos preparábamos para volver a dormir. A la mañana siguiente, mientras viajábamos en nuestro automóvil, le pregunté como lograba que esa gente no convenciera a otros de seguirlos.
"No es muy difícil", me dijo, mientras me acariciaba el cabello, "es simple cuestión de persuadirlos de que eso no está bien. Por eso le pago a personas para que se los expliquen, en la televisión, y en la radio." En mi inocencia de niña, no pude entender del todo a qué se refería. Sin embargo, años más tarde, cuando crecí, me di cuenta de que era una estrategia bastante lógica. Mucho de lo que hacemos sería imposible sin ese tipo de cosas.

Yo me quedé incluso perplejo, aunque no tardé en darme cuenta de que, quizá, no debería estarlo. La manipulación a gran escala por parte de élites políticas y económicas había sido cosa corriente en todos los tiempos de donde venía.

Pude identificar a la distancia, algunas grandes...¿fábricas? lanzando a la atmósfera un denso humo negro. Pensé al verlas en la extraña nube que me había llevado a conocer a Orel ni bien aparecí en el lugar.

-Cuando llegué, había una suerte de...tormenta. ¿Qué era?

-Todos nos hacemos la misma pregunta.-fue su respuesta-El clima está muy loco últimamente, por decir lo menos. Cada tanto, se produce un evento así. Suele no durar más de unos minutos, pero créeme que no quisieras estar a la intemperie en ese tiempo.

-¿Hay alguna explicación natural?

-No. Por más que se ha investigado al respecto, no se ha logrado dar con una. Aunque se cree que pueden tener que ver con los miram.

-¿Miram?

-Son grandes imágenes que se proyectan en los cielos. Tienen forma espiralada, y aparecen cada períodos irregulares. Son bastante hermosos...pero también aterradores, en cierta forma. Cada vez que se produce una tormenta, aparece uno a las pocas horas.

Hummmm...-dije, mientras la veía sacar una pequeña caja de cigarrillos de su bolsillo izquierdo, y prepararse para fumar-Sorprendente.

-¿Que pasa?

-Es que...es extraño. Todo aquí es muy parecido a como sería en mi mundo, aunque algunos siglos atrás...

-¿En qué sentido?

-Tecnología, sociedad...todo parece un calco de lo que había de donde vengo hace algún tiempo.-le expliqué, recordando viejas fotografías que había visto en libros de Historia cuando niño-Incluso ciertos detalles culturales son muy similares.

-¿Por ejemplo?

-Pues, lo que estás haciendo justo ahora.-le dije, en relación a su viciosa actividad.

-Oh...ya veo. Y...cuéntame ¿Cómo es allá? Akim me contó algo de lo que aprendió de Aneu, pero no mucho.

-Bueno, como te dije, no es realmente muy diferente a lo que hay aquí. Sólo que no existen los ávanas, ni algunas tecnologías que aquí son de uso cotidiano.

-¿Cómo los teléfonos?-me preguntó, probablemente recordando mi sorpresa al ver la extraña máquina en la habitación 102.

-Bueno, esos sí existen, pero son públicos. Lo que no hay son teléfonos personales. Solía haberlos, pero desaparecieron hace mucho tiempo.

-¿Por qué?

-Hubo una...guerra. Como las que tienen ustedes, entre sus mafias y capitalistas, pero a una escala mucho mayor. Tan grande, de hecho, que casi nos destruye como especie.

-¿Ah sí? ¿Cómo es eso posible?

Reflexioné durante algunos segundos antes de contestar. Era razonable, después de todo, que ella no entendiera del todo conceptos como el de la muerte.

-Como sabrás de donde vengo la vida no es eterna. Nuestros cuerpos tienen un límite al daño que pueden sufrir, que de superarse termina por ser el fin de nuestros días ahí.

-Ya, eso lo sé, pero me pregunto que fue lo que pasó para que su mundo fuera destruido.

-Es una historia larga de contar...-le dije, sin muchas ganas de rememorar un evento que me había sido siempre especialmente sensible. De niño, siempre me preguntaba como sería el mundo de no haberse producido, y de adolescente, me frustraba todo lo que se había perdido la humanidad por su propia estupidez.

-Bueno, tenemos unos...cuarenta minutos-me respondió, mirando a su reloj de pulsera-Así que creo que hay tiempo.

-Bueno, si tú insistes...nuestra historia comienza en una región llamada Europa.

-¿Una parte de su ciudad?

-No exactamente. En mi mundo, las masas de tierra sobre las que se construyen las ciudades están separadas por grandes extensiones cubiertas de agua.

-Entonces, ustedes tienen muchas ciudades...

-Sí, pero ninguna que se compare en tamaño a esta, o al menos, no que yo conozca. Como decía, esta región se encuentra sumida en el caos. Un conjunto de conflictos demográficos han llevado al continente a una profunda crisis política . Décadas atrás, la llegada de millones de inocentes huyendo de la guerra y la pobreza había generado una nueva clase de europeos, que al no poder integrarse bien en las ricas economías locales, quedaron relegados a la marginalidad, y la miseria. Como es lógico, cuando el hambre arde los criterios morales se rompen, y eventualmente el aumento de la delincuencia producto de lo anterior resultó en el rechazo a gran escala de parte de la población nativa. Las contradicciones se agudizaron, y llegó el día en que la inoperancia de las élites llevó al poder a los únicos que ofrecían, con infinito sarcasmo, una solución al problema. Apoyados por una gran potencia, los nuevos líderes no tardaron en reprimir con fuerza bruta las libertades de las minorías, hasta el punto de planificar su expulsión de sus respectivos territorios. Donde eran pocos, sus reclamos fueron aplastados con la mayor brutalidad posible. Donde eran muchos, todo derivó en verdaderas guerras fratricidas, en que miles murieron. Un tercer grupo de países, los que habían sido capaces de lidiar con la violencia por medio de la censura y la represión, terminaron por alinearse con las naciones mas liberales, en un intento por boicotear la naciente revolución del autoritarismo conservador. Sin embargo, nada de eso resultó bien. En pocas décadas, el mundo se encontraba otra vez dividido, sangrando por pugnas territoriales producto del militarismo de cierta ideología, que había, bajo nuevas formas, vuelto de la tumba. Fue cosa de tiempo antes de que el primer sociópata lanzara sus misiles sobre la otra mitad del mundo. La reacción en cadena subsecuente, causó la casi total destrucción de la civilización.

-Una tragedia.-comentó Orel, mirando a la ciudad.

-Sí...verdaderamente.-le respondí.

Sin tener mucho mas de que hablar, permanecimos en silencio durante algo más de veinte minutos, contemplando a la enorme urbe, que lentamente se sumía en la noche. A las ocho y cuarenta y cinco, finalmente la conversación se reanudó, de la forma, por mi parte, más inesperada.

-Y dime...¿Cómo es la gente del otro lado?-me preguntó, sacándome de mis pensamientos.

-Pensé que Akim ya te lo habría explicado.-fue mi respuesta. A decir verdad, me sorprendió que ella quisiera mudarse a un sitio del  que no sabía ni lo básico.

-Me dijo alguna cosas, pero no mucho. Sé que es el sitio en que todos vivimos antes de nacer aquí, pero poco más.

-¿En qué aspecto?-la interrogué.

-Bueno...¿Moralmente?-contestó, incrementando mi sorpresa.

-Pues...hay gente buena y mala. Gente que busca beneficiar a otros en la medida de sus posibilidades, y quienes hacen daño por ambición, egoísmo, o simplemente crueldad.

-¿Y qué es lo que más abunda?-insistió. Empezaba para entonces a deducir el porqué de la pregunta.

-En general, la gente que he conocido es más bien buena. ¿Por qué?-pregunté, intentando averiguar si había acertado.

-Bueno...el entorno a veces favorece que la gente haga cosas malas. Y me preocupa la idea de acabar de nuevo aquí. No quiero que todo esto haya sido en vano ¿Sabes?-en efecto, mis deducciones no eran erróneas. Sus palabras me causaron una reflexión en torno a la misma existencia del Infierno: primero, me pregunté por la justicia de enviar aquí a alguien que hubiera hecho el mal por sus meras circunstancias. Lara no era, a fin de cuentas, una mala persona. Pero luego, mis pensamientos se volvieron incluso más profundos: ¿Que tan justo podía ser dar un castigo infinito a cualquier persona, en general? ¿Acaso puede uno realizar un mal infinito en la Tierra?

-Entiendo.-le dije, para sumirnos otra vez en el silencio.

Algunos minutos mas tarde, me encontraba bajando las escaleras del edificio junto a Orel y su equipo, en dirección al sitio preparado por Akim para nuestra partida.

-Hedeon aceptó mi petición. Vamos a contar con algunos refuerzos a una cuadra del lugar. Aunque, la verdad, creo que no le gustó nada la petición.-dijo la joven.

Yo me mantuve en silencio mientras descendía, aún reflexionando sobre el importante detalle del que me había percatado conversando con Orel, minutos atrás. ¿Cómo podía ser posible que dos culturas desarrolladas paralelamente fueran tan similares? Pronto conseguí elaborar una hipótesis: aún cuando había visto cualquier cantidad de criaturas con mas bien poco en común con los humanos, estos últimos habían constituido la mayoría de quienes me había encontrado hasta el momento. Eso decía mucho: era evidente que por lo menos esta parte de la ciudad estaba dominada por ellos. No era razonable pensar que todo pudiera deberse a la genética. Después de todo, los propios humanos teníamos importantes diferencias culturales entre unos y otros en mi mundo, y no había razón para creer que el cuerpo astral-que evidentemente era el tipo del que se componían mis cercanos, ya que caso contrario no se explicaba que ellos pudieran interactuar con el mío-tuviera siquiera ADN. Y sin embargo, todo esto no podía ser un accidente. Pero...¿Y que tal si los que vivieron en mi mundo antes, mantuvieran algún tipo de memoria, de carácter inconsciente, que les llevara a construir estructuras similares? Sí, eso tenía que ser. O, por lo menos, no disponía de una explicación mejor.
Al llegar a la planta baja, caminamos hasta la entrada. Esta vez, la calle lucía oscura, iluminada sólo por farolas y la luz que emanaba de las ventanas de edificios cercanos. A algunos metros de distancia, se encontraba el sitio de la explosión. Una cinta roja separaba a la gente del epicentro de la misma.
Al mirar hacia arriba, di con un gran cielo totalmente negro. Ni estrellas, ni una bella luna como la terrestre daban cobijo aquí. En su lugar, un aterrador vacío infinito, impenetrable.
Pensé en qué habría sido de los antiguos habitantes de este mundo, si es que acaso este  tenía procesos históricos comunes con la Tierra. Pensé en el miedo, en la oscuridad mas absoluta fuera de sus refugios, en los misteriosos ruidos en la noche. Y, por un momento, se me hizo difícil imaginar una tortura psicológica más terrible.
Ahora, Orel nos guiaba en la dirección contraria a la del parque, hacia una parte del barrio que desconocía. Caminamos una cuadra, dos, tres, hasta finalmente encontrarnos con tres automóviles estacionados uno detrás de otro, todos de color negro, como los utilizados por los jerarcas del Partido para actos públicos.
Una vez allí, mis acompañantes comenzaron a subir a los vehículos. Orel y yo fuimos los últimos en hacerlo, ella en el asiento delantero, y yo justo detrás, acompañado por Dero y Jan.
La joven dio las debidas instrucciones al conductor, y comenzó el viaje. No tardé en notar, al ver por la ventana, que Ava se había quedado atrás. Iba a comentárselo a los demás, cuando la vi extender sus alas, y elevarse rápidamente hacia el cielo. Visto lo visto, sencillamente guardé silencio. No había nada que decir.
Tardamos algo más de veinte minutos en llegar a destino. Pude notar como, a medida que nos alejábamos del edificio principal, el entorno se degradaba poco a poco, trastornándose en prácticamente una copia del barrio bajo en que había aparecido al llegar aquí.
En algunas zonas, de hecho, apenas había iluminación, lo que propiciaba un adecuado escondite para las prostitutas y sus clientes.
Finalmente, cuando ya estábamos a pocas cuadras del lugar indicado, Orel sacó su teléfono, y en una breve llamada dio indicaciones para detenerse de forma estratégica. Era lógico: no era conveniente que el señor Cáser notara nuestra presencia, y escapara sin que pudiéramos hacer nada.
Para estas alturas, eran ya las nueve y veintisiete de la noche, como pude constatar en una pantalla cerca del volante del automóvil. Me llamó la atención el hecho de que este detalle fuera también similar a la vida en mi mundo, pero pronto me di cuenta de que eso no debía sorprenderme: si Dios o quien sea quería castigar a alguien ¿Que mejor forma de hacerlo en el mismo entorno en que los pecadores habían cometido sus crímenes? ¿No era este acaso el método más elegante?
Mis pensamientos fueron interrumpidos por las palabras de Orel.

-Ahí está.-dijo, de forma repentina. Yo dirigí mi vista hacia adelante. En frente del automóvil, a unos cuantos metros de distancia, un hombre vestido con un traje negro bajaba de un elegante vehículo blanco. El hombre lucía de unos treinta y cinco años, aunque probablemente sería bastante mayor, y llevaba un gran portafolio. Pronto caminó hacia la puerta de la casa mas cercana, y tocó para ser recibido por su esposa, una mujer rellena y de rostro amigable, y sus dos hijos. Cuando me percaté de lo que estábamos por hacer, sentí lástima y un poderoso impulso de frenarlo. Sin embargo, siendo obvio que no iba a lograr mucho, preferí callar, al menos en ese momento.
El tipo entró a la casa, y en cuanto lo hizo, comenzó la operación. Orel tomó su teléfono y envió un mensaje al resto de sus compañeros, para ordenar a continuación que saliéramos de nuestro escondite.

Una vez fuera, esperamos durante algunos segundos a que los demás se acercaran. Ava no tardó en aparecer, descendiendo a algunos metros de distancia. En cuanto todos estuvimos reunidos, comenzamos a caminar hasta la entrada de la casa. Para este punto, el remordimiento me ganó, y terminé adelantándome para tratar, cuanto menos, de suavizar lo que venía.

-Orel...¿Estás segura de esto?-le pregunté-Quiero decir, este tipo tiene dos hijos pequeños.

-Mejor, así se cuida más la próxima vez.-me respondió, para mi sorpresa.

-¿No estarás pensando en...?

-No, claro que no. No soy un monstruo, y Akim odiaría eso. Sólo, quizá, haga que los niños estén presentes en la operación.

-¿Qué?-yo sabía perfectamente lo que una experiencia así podía causar en un niño-Orel ¡Los traumarás de por vida!

-Bah, no exageres ¿O acaso crees que no me pasó a mí también? ¿Por qué crees que mis padres tuvieron que huir?-esas palabras me causaron más lástima que otra cosa.

-¡Pues con más razón!-insistí-¿Vas a...?

-Shhhh.-me calló, una vez que estuvimos lo bastante cerca de la puerta. Ella tocó el timbre cercano, y no tuvimos que esperar mucho antes de que la mujer del pobre desgraciado que había despertado la ira de Akim nos abriera. Al hacerlo, sonreía alegremente, cosa que cambió de forma repentina al vernos. Era evidente: la pobre sabía para quién trabajábamos.-Hola ¿Se encuentra el señor Cáser? Necesitamos hablar un momento con él.-dijo Orel, cínicamente.

La mujer volteó por un momento, para luego responder, titubeante:

-N...no. Está en un viaje de negocios.-mintió, con la tenue esperanza de que le creyéramos.

-¡Ja, ja, ja!-rió la joven-Señora, no me mienta. Lo vimos entrar hace algunos segundos.

-¿Billa?-dijo una voz masculina tras de ella, que pronto se reveló como el hombre a quien estábamos buscando. Al vernos, el sujeto se quedó paralizado. Pocos segundos mas tarde, desde la puerta de su cocina, salieron los dos pequeños que había visto antes, de no más de diez años el varón, y de unos siete la niña.

Inmediatamente, Orel entró empujando a la ama de casa, siendo seguida por los demás.

-¡Oiga! ¿Qué está...?-se quejó la dama mientras caminaba detrás de ella. Volteé por un momento, justo para ver como Ava aprovechaba su distracción para cerrar la puerta con la misma llave con que se la había abierto, para luego sacarla del cerrojo y guardarla entre sus ropas, dejando a la familia atrapada en su propia casa.

La muchacha se avalanzó sobre el señor, que en vano intentó defenderse de quien se reveló como una persona entrenada en cuanto al combate cuerpo a cuerpo. En pocos movimientos, ella lo sometió y, sacando un par de esposas de su bolsillo, lo inmovilizó. Para este punto, el hijo de la pareja nos miraba con la boca abierta, mientras que la niña gritaba, a punto de llorar. En su desesperación, la pequeña empezó a gritarle a Orel, quien ni siquiera reaccionó mientras ordenaba a sus subordinados que llevaran a todos a la cocina. La mujer, aterrada, intentó gritar, siendo rápidamente detenida por Gom con una mano sobre su boca. Fue él quien, usando una estrategia similar, la llevó sujeta por ambos brazos hasta donde su jefa se lo había mandado.
Mientras tanto, Ava tomó al muchacho con uno de sus brazos, levantándolo, mientras, como los demás, lo callaba de la forma más rápida. Jan hizo lo propio con su hermanita poco después.
Orel se encargó personalmente de colocar al sujeto en una silla, junto a su esposa. Dero utilizó un pañuelo de tela colocado sobre la mesada de la cocina para amordazar a esta última.

-¿Por qué nos hacen esto?-preguntó el hombre.

-No te me hagas el inocente, Jara. Sabemos que estuviste pasándole data a Derden Skapia, y adivina qué: no estamos muy felices al respecto.-respondió la chica, con una voz suave y relajada.

-¿Qué?-insistió el tipo-¡No! ¡Lo juro!

-No me mientas. Detesto que lo hagas, y supongo que no querrás hacerme enojar...

Yo contemplaba la escena, entre apenado y horrorizado. Era razonable que Barken Leddis quisiera proteger su inversión, pero estos métodos eran crueles en exceso. Simplemente, no era necesario hacer todo frente a una pobre familia que con toda seguridad nada tenía que ver con la avaricia de su proveedor. Lo que más me rompió el corazón fue, sin embargo, ver las lágrimas de ambos niños, especialmente de la mas pequeña, mientras su padre le rogaba a Orel que los sacara del lugar.
En un momento dado, la niña mordió el dedo de Jan, y aprovechó su descuido para dar un grito de auxilio, causando la ira de la joven.

-¡Cállate!-le gritó, mientras le daba una fuerte bofetada. En ese punto, ya no pude contenerme más:

-¡Basta!-exclamé, asqueado-Orel, no puedes hacer esto. ¡Saca a los niños de aquí! ¡Ellos no han hecho nada!

La chica me miró, con un rostro de sorpresa, para luego acceder a mi petición.

-Está bien. Ava, Jan, llévenselos.

Ambos obedecieron, saliendo de la habitación lo más rápido que pudieron, con los niños aún en brazos. Yo me quedé, aunque no por mucho tiempo.

-Gracias...-me susurró el hombre, poco antes de que la joven continuara su  interrogatorio.

-Y dime...¿Quién te convenció de traicionarnos?-preguntó, mientras daba vueltas de un lado a otro de la habitación, cual policía en película mala del siglo XX.

-Ya te dije que no hice nada.

-Vamos, Jara, no insistas. Si lo haces, esto sólo va a ponerse peor para ustedes...

-Por favor, déjennos en paz...somos inocentes, lo juro.

Orel tomó una silla y la colocó frente al sujeto, sentándose en ella de tal manera que quedó apoyada sobre el respaldo de la misma, mirándolo cara a cara.

-Vaya, tu sí que eres insistente...hummmm ¿Qué tal si hacemos un trato? Mira, Akim no quiere que les haga daño, pero si me veo obligada a ello, lo voy a tener que hacer. Tú sólo dime todo lo que sepas, y me iré sin más. No queremos ratas en esta organización.

El tipo pareció considerarlo durante un momento, para luego, sin embargo, guardar silencio.

-Prometo asegurarme de que no sufran represalias ni nuestras ni de ellos.-continuó la muchacha, intentando tentarlo.

Esperaba para ese punto que, finalmente, Jara cediera. Era una oferta bastante jugosa como para rechazarla. Sin embargo...no lo hizo. En su lugar, oímos la puerta tras de nosotros abrirse.

-Orel, quizá quieras ver esto.-dijo Ava.

La señorita volteó, para luego levantarse de su asiento.

-¿Que pasa?

-Eso mismo me pregunto...-respondió la mujer alada, enigmática.

Ambas procedieron entonces a abandonar la habitación. Movido por la curiosidad, decidí caminar tras ellas, dejando en el cuarto a los demás. Al volver a la sala, me encontré a Jan sentado en un sofá, con los dos niños dormidos junto a él. Me pregunté por un momento que había hecho, sin embargo, parecía obvio que los había drogado. Orel y Ava se desviaron a la izquierda, hacia un pasillo que llevaba a una especie de oficina.

-Estuve husmeando en la computadora, y me encontré con un archivo algo extraño. Es una especie de código, formado por letras y números. Creo que debe tener que ver con esto.-se explicó Ava.

-Seguramente...-respondió su joven jefa.

Al llegar a la habitación, ambas se movieron tras el escritorio principal, sobre el cual había un gran aparato, una computadora similar a las que habría visto mas de una vez en las oficinas de mi universidad. Fue recién entonces que notaron mi presencia.

-Oh, Emker, me asustaste-exclamó Orel.

-Lo siento.-me disculpé-Es sólo que...me dio curiosidad...

-Mejor vuelve a la cocina.-me mandó Ava, de una forma poco educada.

-No, que se quede. Puede sernos útil.-la contradijo su compañera.

Me acerqué entonces para colocarme detrás de ellas. En la pantalla del aparato, se podía ver un largo texto sobre un fondo azul. El mismo constaba de un conjunto de puntos, dispuestos de forma aparentemente errática. En la  parte más baja de la pantalla, por su parte, aparecía la opción para responder.
Orel miró al texto durante algunos segundos.

-¡Ja! Ahora sí que no me puede decir que no oculta nada.-dijo, para luego volver hacia la cocina a toda velocidad.

Yo y Ava caminamos tras ella, tan rápido como vinimos.

-Muchachos, nos vamos. Y nos llevamos a esta gente con nosotros.

-¿Qué?-preguntó el padre de familia, antes de que la chica tomara su teléfono, proponiéndose a hacer una corta llamada.


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