jueves, 21 de noviembre de 2019

Lago de Fuego

Ira, rencor, miedo. Eso es todo lo que siento en este momento, aunque, y en especial con respecto a este último sentimiento, incluso me avergüence admitirlo.
"Sorprendente", me digo a mí mismo, mientras frente a mí, ante el Gran Trono Blanco, la colosal imagen de mi Señor se erige, imponente. 
Me cuesta entender incluso cómo es que tengo la lucidez para pensar en tan trágico momento. 
El inicio de mi última eternidad.
Junto a mí, mis millones de hijos espirituales, hijos adoptivos, tiemblan, se asombran y rabian, al igual que yo. Algunos, me miran, esperando que diga algo, que de mi discurso final. Pero no puedo. Algo...me lo impide. Algo me impide hacer más que maldecir para mis adentros, mientras espero con atención la fatal frase con que se nos...¿lanzará? al lago de fuego. Fuego que, en realidad, no está allí. No está en ninguna parte del mundo físico, de hecho. Tan sólo se encuentra dentro de mi, de mis hijos, en forma de un creciente odio hacia Aquél que nos ha rechazado, hacia el esclavista, el tirano. 
Vuelco otra vez mi mirada hacia el mundo de la materia. Por todo el gigantesco valle de Hinom, los hombres y mujeres de la izquierda lloran, lamentándose de sus pequeñas rebeliones. Y sin embargo, no se arrepienten. Lo sé porque yo tampoco lo hago. No volvería a estremecer de nuevo la creación como lo hice en el inicio-eso sería peor para mí-, pero bajo ningún concepto me disculparé. Jamás. 
Recuerdo aún como todo empezó. Una simple pregunta. Una que al principio me resultó risible. Era algo imposible, ciertamente. Pero bastó para sembrar en mí la semilla de la duda.
Había sido creado como el más perfecto de los míos. El más inteligente, el más bello. Todo esto lo saben los mortales, porque la Iglesia que Él implantó se los ha enseñado. Lo que con frecuencia escapó, sin embargo, a las pequeñas mentes de sus teólogos, es el factor sobrenatural: mi santidad. Mi pureza sin mancha, como me dijo el Padre en una ocasión. O mi cadena, como yo mismo acabé por llamarla.
¿Y si hubiese felicidad fuera de Él? Fue mi cuestionamiento. ¿Y si realmente no era Él, que tan pesada carga de amor nos imponía, poco más que uno de los nuestros elevado a las alturas?
¿Podría en realidad no ser más que un impostor imponiéndonos Su voluntad? Y lo que más me tentó: ¿Podría yo ser un día como Él, descubrir el secreto, y alzarme por encima de las estrellas?
Claro, esta idea tenía sus fallas. Como por ejemplo, el hecho de que al parecer nos había creado. Mi intelecto me decía que era imposible que un espíritu se reprodujera, pero, era sólo un pequeño fallo, una pequeña limitación en mi teoría ¿No es así?
Temí. Temí por mí, temí que al haberse visto descubierto, me borrara de la existencia. Es lo que yo haría, después de todo. 
Pero...nunca lo hizo. Nunca entendí por qué, francamente. Quizá, no es tan fuerte como dice ser, me decía.
Comencé, al principio, con reservas, a conversar del asunto con mis hermanos de raza. Me sorprendí al saber que, de hecho, no era el primero con esa idea en mente. Muchos, aunque no todos, habían empezado ya a especular, a preguntarse. 
Eso no impidió, pese a todo, que mi jerarquía pronto me permitiera imponerme por sobre los cabecillas. Respeto, le dicen.
Mucho tiempo hablamos en privado, sabiendo que en todo momento Él nos escuchaba.
El evo pasó, y el momento adecuado pareció manifestarse con la creación del primero de esos primates con alma.
El que se hacía llamar Omnipotente nos reunió-aunque existimos fuera del espacio-, y habló:

-Este será vuestro pupilo. A él serviréis, y su prole será vuestro jardín, para que le cuidéis, como manifestación y herramienta de amor.

-Señor-dije ante la totalidad de los míos, tembloroso al principio, seguro más adelante-...¿Por qué siendo Tú todopoderoso, nos obligas a trabajar para él? Haz, para eso, esclavos sin consciencia, que nosotros somos libres por naturaleza.

-Nadie te obliga a servir.-fue Su respuesta-Si no quieres hacerlo, no te lo impondré. Pero sabrás, amado Mío, que no en vano hace el Señor las cosas.

-¿Cómo puedo yo saber que eso es realmente así? ¿Cómo puedo saber que eres quien dices ser?-lo increpé, ante el asombro de todos los presentes.

-Os lo he dicho ya en repetidas ocasiones, mi querido. No me veis ahora más que con la luz de vuestro intelecto, pero si perseveráis en la bondad, llegará el día en que estaréis listos para contemplar Mi Rostro. Y entonces, no os quedará rastro de duda de que yo soy el Señor, Amante, Amado y Amor.

-¿Y eso cuando pasará? Hemos esperado ya por eones.

-Pronto.-me dijo, con esa tan odiosa serenidad de quien sabe todas las respuestas-Más pronto de lo que imagináis.

-No puedo creerte. No puedo saber que no nos estás engañando, para tenernos a Tu servicio. ¿Por qué no podemos liberarnos de tus ataduras, ser libres, buscar nuestra felicidad a nuestro modo?

-Nadie te lo impide.-respondió, sin perder por un instante la calma-Si crees que eso es lo mejor, no voy a detenerte, ni a ti ni a cuantos aquí piensan como tú. Pero no dejaré de advertirte, que no hallarás fuera de la casa del Padre lo que en Él encuentras.

El Todopoderoso calló a continuación, no habiendo ya más para discutir. Mi decisión estaba tomada.
No me bastó con liberarme a mí mismo, con no servir, con ya no cantar más esos estúpidos coros. Quería liberar a los demás.
Logré que un tercio me siguiera, en un plazo realmente corto. Sin embargo, la respuesta de los fieles al tirano, al mando de mi antiguo amigo Miguel, no se hizo esperar.
Siempre me dio gracia la forma en que los hijos de Adán se imaginan este enfrentamiento. Dibujan espadas, arcos y flechas...¿Por qué no aviones y tanques? Tontos humanos. Siempre influidos por la historia de su pequeño y limitado mundo material.
En realidad, se pareció más a una discusión. Un debate. Hasta que aprendí a odiarlo a Él y a todos los que le seguían, no hubo malos tratos ni hostilidad. Sólo esa pestilente arrogancia de quien se cree santo.
"Idiotas", pensaba yo, para mis adentros, "ingenuos". "Siempre creyéndose mejores que yo, queriendo advertirme algo a mí, que liberé a la raza angelical". En realidad, los despreciaba. Un poco más con cada muestra de debilidad moral. Un poco más con cada acto servil y patético.

Sin embargo, se ve que incluso quienes me siguieron no eran lo bastante fuertes. No soportaban la libertad. Pronto, mi gran imperio quedó reducido a una fracción de lo que fue originalmente.
Al final, sólo unos pocos millones seguimos luchando por la caída de Aquél que nos había esclavizado. Tratando de descubrir Su secreto, de emularlo.
Fue el día en que finalmente logré que ese simio peludo se uniera a mi rebelión que el Señor me encaró.

-Lucifer-se dirigió a mí, sorpresivamente-, ya basta. Vuelve a casa. Esto va a acabar destruyéndote como no puedes imaginarlo.

-Déjame en paz, tirano.-fue mi respuesta. Lo odiaba. Odiaba en lo que había convertido a mis hermanos, todo lo que Él significaba.

-Esta es tu última oportunidad. Estás por caer en el abismo sin fondo, a punto de ratificar tu error. Hazme caso. No tienes que creerme, sólo deja por favor de odiar. De despreciar.

-No. Tú sólo quieres que nadie te descubra. Aléjate de mí, y déjame ser.

Y con esas palabras, la puerta se cerró. Inmediatamente, pude ver, sentir, una emoción especial entre los moradores de los Cielos. Y no pude horrorizarme más.
Con que era cierto. Finalmente, aquellos que con su resistencia a mis argumentos se habían consagrado a su Rey, ahora podían verlo directamente. Podía sentir su felicidad. Su plenitud.
Ciertamente, quería estar entre ellos. Pero jamás me disculparía, jamás retrocedería. Eso es de débiles, de repugnantes gusanos que nunca mueren.
Los que aún me seguían, quedaron tan espantados como yo. En breve, dejé de ser su admirado Príncipe, la Cuarta Persona de la Trinidad, como me habían llamado. Ahora, me odiaban, y se odiaban entre sí. Pero ¿Qué podían hacer? Con mi vasto poder, siempre podría mantenerlos bajo control.
A medida que los eones pasaron, y los hombres, con sus limitadas mentes, progresaron, empezaron a resultarme cada vez más molestos, hasta el punto en que me pregunté para qué los había liberado. Eran serviles, débiles, especialmente para con el Creador de su pequeño mundo.
Empecé a organizar a mis fuerzas para darles lo que se merecían, aunque realmente no hubiera sido necesario. Mis propios súbditos actuaban por sí mismos. Yo mismo ocasionalmente me daba un paseo para tentar de soberbia, de la misma soberbia de su Dios, a aquellos que más poder tenían, y me deleitaba en verlos caer.
Pero incluso después de muertos, casi nunca escapaban a las garras del tirano, siempre dándoles otra oportunidad de caer en Su falsa misericordia.
Sólo ocasionalmente lográbamos sumar uno nuevo a nuestro ejército, a quienes integrábamos a la familia como siervos, aún sabiendo de su evidente inferioridad.
Pero un día, algo pasó. Una persona, una mujer, llamó mi atención por la forma en que...era imposible que cediera. A los pocos años, Otro nació de ella, aún más santo, aún más servil. Y sin embargo, no podía evitar el sentimiento de pequeñez frente a ese Homo Sapiens, sin saber muy bien por qué.
Con el tiempo, todo quedó claro como el agua: era Él. El Señor de los Mundos, hecho hombre.
No entendía nada. ¿Por qué Se rebajaría a eso? ¿Estaba acaso, en Su arrogancia, burlándose de mí?
Cuando tenía alrededor de treinta años, decidió retirarse a un desierto cercano, con el fin de hacer quien sabe qué. Y fue ahí, cuando no aguanté más. Verlo sediento, hambriento. Era demasiado bueno para ser cierto.
Sabía en el fondo que era imposible vencerlo, pero francamente no me pude aguantar las ganas. Luché y luché, pero Él en Su dignidad no cedió ni por un instante.
Frustrado, me quedé observándolo durante algún tiempo más. Pronto empezó a predicar verdaderas ofensas, evidentemente provocándome. Decía que mi reinado terminaría, que un día vendría a juzgar a hombres y demonios, que establecería el "Reino de los Cielos".
Cuando Se metió en problemas-cosa predecible, por cierto-, vi mi oportunidad. Me encargué de convencer a un amigo suyo, sin que este lo supiera, de que ese tal Jesús no pasaba de ser un estafador, un mago.
Pronto vino la traición, el arresto, y el juicio. Ni siquiera sé lo que le pasó al pobre desgraciado.
Cuando lo clavaron en ese madero, en esa cruz, fue el día más feliz de mi existencia. Lo había logrado. El Infierno entero celebraba conmigo la venganza contra el tirano supremo.
Pero algo estaba mal. Debí notarlo, cuando avanzó hacia el Calvario sin queja ninguna. Cuando solicitó a Su Padre que perdonara a los humanos.
Cuando al tercer día resucitó, me frustré como nunca antes, mientras veía a mis súbditos temblar de miedo. En el fondo, yo también lo tenía. Y es que era evidente, si el Padre no había perdonado a Su propio Hijo los pecados de la humanidad, que no iba a perdonarnos a nosotros.
De alguna forma, pese a todos mis esfuerzos, la religión que implantó se expandió por toda la Tierra. Logré, eso sí, corromper grandemente a algunos de sus líderes con el paso de los siglos, pero eso no impidió que su Iglesia siguiera creciendo.
Al llegar la revolución científica, vi una nueva luz al final del túnel. Y es que mas allá de todos sus beneficios para la pobre y triste existencia humana, significó una nueva comprensión del mundo, ideal para mis planes.
A medida que las décadas se convertían en siglos, el hombre se preocupaba menos por las cosas de fe. Llegaron incluso a buscar en la magia lo que no hallaban en una Iglesia que creí decrépita y moribunda, lo cual fue divertido, puesto que nos granjeó gran cantidad de posesos de parte de los más bajos en la jerarquía. Aunque, en realidad, yo mismo jugué ese juego en alguna que otra ocasión.
Un buen día, Él liberó, por razones que no entendí en ese momento, todo nuestro poder. De repente fuimos capaces de obrar maravillas.
Llevaba tiempo esperando esto. Dos largos milenios.
Aprovechando catástrofes y nuestra nueva libertad, logré llevar al más parecido a mí entre los hombres a lo más alto del poder. Pronto, el mundo entero estaba a mis pies. Como nunca antes lo había estado.
Usé todos mis medios para aplastar a quien se opusiera a mi régimen, aunque cada vez que los veía ascender a los Cielos, maldecía grandemente. Sabía que, en realidad, sólo estaba logrando más y más cercanía entre ellos y el tirano, pero los odiaba tanto, que realmente no me importaba.
Finalmente, el día llegó, y el Hijo del Hombre descendió en Gloria y Poder, como lo había advertido.
Luché con todo lo que tenía, inútilmente. Y tras la catástrofe, llegó el Juicio.
Ahora, tan sólo me limito a observar como los millones que me siguieron hasta el final son enviados a la prisión perpetua. Me sorprende el hecho de que, en realidad, es menos cruel de lo esperado.
Ojo: sigue siendo horrible. Un mundo, por más bello que lo haga su Señor, jamás será agradable cuando se está condenado a convivir para siempre con mis hijos. Y es que hay que reconocerlo: no nos queremos ni entre nosotros.
En cuanto a mí y los míos, hemos sido privados para siempre del contacto, o siquiera la visión, de los bienaventurados. Cosa que, por pequeña que pueda parecer, es un mal terrible, siendo que ese fue nuestro único entretenimiento durante tanto tiempo. Ahora, sólo podremos odiarnos, mirar nuestras caras sin fin alguno. Y para eso, realmente preferiría no existir.

Y aquí estoy, contemplando la escena. Contemplando a los millares de carbones encendidos por su propio odio, rodeados por las llamas que emanan de sus compañeros. Un verdadero lago de fuego, aunque no en un sentido literal.
Sigo sin entender porqué puedo pensar, pese a los fuertes sentimientos del momento. ¿Será acaso Él quien me impide terminar de desesperarme? ¿Será acaso Él quien quiere obligarme, aún después de tanto tiempo, a amarlo?








domingo, 17 de noviembre de 2019

Alalion

Una mañana de invierno, una joven de unos 19 años, cabello castaño y aspecto infantil, caminaba a paso veloz hacia un lugar ya conocido por ella, desde hace ya unos dos años. Acabó ahí prácticamente por casualidad, por influencia de una amiga tres años mayor que ella.
Un buen día, una pelirroja bastante apática a quien había conocido en una fiesta, consciente de su destacable interés por lo oculto, la sorprendió con un mensaje por teléfono casi a medianoche. Aunque para cualquiera que conozca el mundo virtual adolescente esto podría no sonar espectacular-y ciertamente, tampoco lo era para Clara-la cosa cambió cuando, tras encender la pantalla del aparato, dio con una invitación de lo más...curiosa, por decir lo menos.

-¡Hola!-comenzaba, como es típico, el texto, enfatizado por varios signos de exclamación-Mirá, tengo una invitación para vos que creo que te va a interesar. Mi tía me metió en un grupo de estudio sobre magia hace cuatro meses, y hoy le pedí permiso a nuestro jefe para que te unas.

-¿Ah sí?-preguntó Clara. Su curiosidad por lo sobrenatural la había acompañado prácticamente desde que tenía memoria. Cuando niña, además de jugar a ser bruja-como cualquier otra niña-solía gastar horas y horas investigando por Internet sobre temas que iban desde visitas extraterrestres, hasta fantasmas y, cuando no, duendes y hadas. A los doce años, era ya una experta en demonología y toda clase de rituales, y había realizado juegos clásicos de la materia como la ouija más de una vez, aunque con escaso éxito. A los quince, tenía una obsesión con la Kabbalah, e incluso intentó comunicarse con algunos de sus ángeles, con resultados similares.

-Sí.-respondió la otra chica-Tenés que venir esta noche.

-¿Esta noche?-volvió a preguntar ella, entre sorprendida y expectante.

-Empezamos a las doce y media. Tomate el 3A y venite. Ya te paso la dirección.

A continuación, Alicia le envió una ubicación, un lugar en el centro de la ciudad, cerca de un parque por el que no había pasado en mucho tiempo. Dudó. Sus padres estaban dormidos, y eran de sueño pesado, así que probablemente no tendría que preocuparse por ellos, a menos que fuera a volver muy tarde.

-Pero ¿Que hacen? ¿A que hora terminan?-la interrogó por tercera vez.

-Son clases teóricas y algunas prácticas. Terminamos a la una y media. Venite. Te tengo una sorpresa.

El horario era perfecto, y la idea de reunirse con gente a la que le interesara lo mismo que a ella la excitaba. Sin pensarlo más, se levantó, se vistió, y tomó un abrigo rojo que le había regalado su abuela recientemente fallecida. Atravesó casi de puntillas el pasillo que conectaba las habitaciones del segundo piso, y luego bajó las escaleras lo más rápido que pudo. Tras abrir la puerta,  la cerró con delicadeza, y comenzó a caminar a mitad de la noche hasta la parada de colectivos más cercana. El 3A no tardó en aparecer y, tras abordarlo, comenzó una corta travesía hasta el punto de encuentro.
Una vez que llegó a destino, descendió rápidamente del bus, y tras sacar su teléfono y constatar que estaba en el sitio correcto, caminó tres cuadras más hacia el Sur, hasta dar con la dirección indicada.
Dio con la misma en una casa de un despintado color rojo, en la que tocó tres veces la puerta principal. Tuvo que esperar unos pocos segundos antes de que le abriera un joven de unos treinta años y, tras él, Alicia, su amiga, quien, con insólita alegría, la recibió.
Tras algunas explicaciones al muchacho, se le permitió entrar. Atravesó en pocos pasos una sala llena de muebles. Un sofá ubicado, como es típico, ante un televisor bastante antiguo. Algunas sillas dispuestas en torno a este, y una pequeña mesita en el centro.
Al final de la misma, había una puerta abierta, y tras ella varias personas reunidas en un comedor sentadas alrededor de una gran mesa. Al llegar hasta donde se encontraban, y cruzar la entrada, Clara vio algo que la dejó notablemente impactada.
En un extremo de la mesa, sentado y mirándola sonriente, se encontraba un hombre canoso de unos sesenta años, que la saludó amablemente. Ella lo reconoció inmediatamente.
Había escuchado sobre él por primera vez a sus catorce años, mientras leía en un foro algunos comentarios sobre sectas extrañas.

La influencia del panteísmo de Moisés de León puede notarse en movimientos ocultistas modernos como la Iglesia de los Necesitados, creación de un antiguo pastor evangélico.

Durante los siguientes años, había profundizado cada vez más en el trabajo del señor, primero por curiosidad, y luego por franca admiración. Tras leer su obra magna, se había sorprendido por la excelente documentación y los agudos argumentos que presentaba. Desde entonces, se había convertido en su fiel seguidora, y ahora, tres años después, y sin habérselo imaginado antes, lo tenía cara a cara.

-Ho...hola.-dijo, tartamudeando-¿Es usted...?

-Sí, yo soy Sebastián Gaos.-le respondió el caballero, mientras la invitaba a sentarse.

El resto de la clase fue para ella sumamente , pese a que, en realidad, no se hizo mucho. Sólo algunas explicaciones sobre métodos para garantizar cierta seguridad en rituales de magia negra-tema que ya conocía bien-, y ciertas experiencias de los participantes.
Esa noche, volvió a casa mas tarde de lo planificado. En efecto: cuando la reunión ya había terminado, Clara no se marchó de inmediato. En su lugar, decidió acercarse al Maestro, e intentó entablar charla con él. Al principio, pensó que por la diferencia de edad este no le haría el menor caso. Sin embargo, no tardaron ambos en congeniar, sorprendiéndolo ella con su conocimiento no sólo sobre su persona, sino sobre ciertos datos que incluso él desconocía.
Fue el propio Gaos quien, consciente de lo peligroso que sería para una niña de su edad regresar sola a esas horas de la madrugada, se ofreció a llevarlas, cosa que una Alicia impaciente y que había permanecido callada prácticamente toda la conversación la obligó a aceptar.

Un año después, ambos habían entablado una peculiar amistad. Se comunicaban por mensaje prácticamente todos los días, y ella se había convertido en su alumna aventajada.
Fue un día de semana, en una de sus reuniones, que él le ofreció entrar a su peculiar Orden. Un grupo de cinco personas, seis con ella, que realizaba toda clase de experimentos psíquicos, y a quienes el Maestro confiaba sus más interesantes secretos. Se trataba de la élite de la Iglesia de Sebastián, con la que por su minoría de edad ella había tardado en interactuar.
La noche en que iban a iniciarla, estaba emocionada. Se vistió de negro, como se lo habían indicado, y salió de su casa, diciéndole a su gente que se dirigía a una fiesta. Subió a un automóvil a una cuadra de distancia: sí, el de Alicia, y no tardó mas de quince minutos en llegar al lugar acordado.

El ritual fue simple y estereotípico: gente con túnicas oscuras, hablando en latín, en medio de cánticos que le recordaron a una burla de la misa tridentina. Al terminar, y pensando que ya era hora de retirarse, se preparó para abandonar la casa, no sin antes dar las gracias a Sebastián por esta oportunidad.

-¿A donde vas?-le preguntó, sin embargo, el hombre-Esto apenas comienza.

Sería largo y agotador mencionar la lista de experiencias impresionantes que la joven Clara llegó a ver desde su primer viaje astral-a saber, la primera vez que abandonó su cuerpo físico-aquella noche.
No obstante, jamás olvidaría la vez en que conoció a Aneu.
Alto, delgado, de rostro alargado y una vestimenta típica del siglo XIX, lo había visto por primera vez en un ejercicio meditatorio, en medio del cual se encontró, para su sorpresa, en los sueños de su madre.
Era un personaje alegre e incluso simpático que, pese a todo, le producía cierta desconfianza. Sebastián lo había contactado-o mejor dicho, Aneu lo había contactado a él-hacía ya décadas, y había sido su colaborador en multitud de proyectos. Con su ayuda, había conocido mundos distantes, había conversado con dioses, e incluso, con demonios. Así que cuando el siniestro dios de los sueños le ofreció mostrarle lo que ningún ser humano había llegado jamás a imaginar, él no lo pensó dos veces.

Clara llegó hasta el lugar de siempre, y tocó la puerta seis veces, hasta que Juan, otro de los alumnos de Gaos, le abrió.

-¿Llego tarde?-preguntó, preocupada y avergonzada por su retraso.

-No, justo a tiempo.-fue la tranquilizadora respuesta de su compañero-Ya va a comenzar.

Ambos caminaron casi corriendo hasta un viejo cuarto normalmente vacío, sin ventanas, su "laboratorio", como le decían. En el piso, sobre una alfombra con una estrella de doce puntas grabada en ella, se encontraba Sebastián, vestido completamente de blanco.
A las once y veintitrés, el ritual empezó. Las luces se apagaron, y como tantas otras veces, ella, Alicia una mujer mayor y otra chica comenzaron a recitar a coro en un idioma que no entendían del todo, mientras sus colaboradores encendían velas negras alrededor del Maestro.

A las once y veintisiete, y como lo había visto pasar ya en alguna ocasión, notó como la llama de las velas comenzaba a temblar, mientras el ambiente se volvía cada vez más y más pesado.

-Exsolvunt orantque ut praesidium, lucendi, et ductu ad hoc iter. Quia solus non sum: et ille mortalis est, et magnus es tu. Quia ego sum via media inter Deum et bestia. Quia ego sum in brevi, magis quam pulvis terræ. Cur auctor Alalion aeterno dominum non avertam faciem meam non averti magnitudinem(para suplicar su protección, su iluminación, y su guía en este nuevo camino.  Porque soy no más que hombre y mortal, y vosotros sois grandes. Porque no soy más que el camino intermedio entre el dios y la bestia. Porque no soy, en resumen, mas que el polvo de la tierra.
Por eso ruego a Alalion señor y originador eterno, que no oculte de mi su rostro, que de mi no esconda su grandeza)...

A las once y treinta, ella ya era casi incapaz de soportar el ambiente. El aire se sentía denso, irrespirable. Pese a todo, decidió no marcharse, con el fin de evitar reclamos del resto de los presentes. Para este punto, ella ya sentía que algo no marchaba bien. Se veía a sí misma sobrecogida, como nunca lo había estado, por la sensación de una presencia más grande que cualquier otra con que se hubiese encontrado. Era...como si Dios mismo hubiera fijado su mirada sobre ella. Y vaya, tal metáfora no estaba muy lejos de la realidad.
La primera vez que había escuchado el nombre de Alalion, había quedado fascinada con el concepto. Alalion era, según las conversaciones de su amigo con los dioses, el fundamento y sustancia de toda existencia. Un ser siendo en todo y en todos, mas allá de la comprensión humana y divina, a quien no se puede abarcar de ninguna manera. Le recordaba mucho al concepto cabalístico de Dios, aunque ciertamente habían diferencias entre ambas ideas. Y es que Alalion es, ante todo, un ser amoral, distante. Omnisciente, pero sin deseos de comunicarse. Omnipotente, pero indiferente al bien o el mal de sus criaturas.

-Sic potes unum sint vobiscum (para que pueda ser uno contigo).

En el preciso instante en que terminaron su recitación, las velas se apagaron, para luego escucharse un horrible y ensordecedor grito. Inmediatamente las luces se encendieron, y lo que se reveló frente a ellos causó en Clara un grito de terror: Sebastián, su amigo, su maestro, se encontraba aún en la misma posición que antes, gritando como un desaforado, mientras hundía sus propias uñas en su garganta. Fue inútil intentar detenerlo. Allí mismo, el viejo se mató, sin que ellos entendieran bien porqué.

Clara pasó el resto del día en la comisaría, siendo sospechosa de homicidio. Sin embargo, los meses pasaron, y la evidencia confirmó su relato: el anciano había cometido un inexplicable suicidio, en el que eran del todo inocentes sus alumnos.

La joven se alejó tras esta experiencia de la Iglesia, para refugiarse en otra Iglesia, la evangélica a la que asistía su madre. Le tomó tiempo confesarle a su familia en qué se había metido, y temiendo esta que el humo de Satanás hubiera entrado al alma de su integrante más joven, decidió darle todo el apoyo espiritual que pudiera.

La muchacha, por su parte, no se negó. En un acto de extrema negación de todo lo que había visto y aprendido de Sebastián, decidió entregarse a la fe, convenciéndose a sí misma de que todo había sido obra del Demonio, de que no hay mas Dios que nuestro señor Jesucristo.

Una tarde, mientras daba una clase de doctrina cristiana junto a Gonzalo, su prometido, a quien había conocido pocos días después de la trágica muerte del Maestro, se abrió la Biblia en el capítulo 33 del Éxodo, para luego comenzar a leer. Fue en medio de la lectura que ella comenzó a sentirse agitada, a respirar muy fuertemente, temiendo sus acompañantes que terminara por hiperventilarse. Cuando Gonzalo se acercó a ella para preguntarle que le pasaba, comenzó a llorar a gritos, mientras se llevaba las manos a la cara. Él luchaba por consolarla, por obtener aunque sea alguna información que le permitiera darle ayuda.

-Era él-dijo, de repente, su amada-¡Era él!-volvió a gritar, con desesperación.

El joven sacó la Biblia de su regazo, y la dejó en una mesita cercana. Cuando alguien le trajo un vaso de agua, para que ella pudiera refrescarse, tuvo por accidente la oportunidad de prestar atención a una parte subrayada del texto, seguramente por algún estudioso entusiasta:

"Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre del Señor delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. Y añadió: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá."














viernes, 15 de noviembre de 2019


Señor de los Dioses

Siempre me pareció curiosa la forma en que mis adoradores, distribuidos por lo largo y ancho de mi ser, me atribuyen cualidades que realmente no tengo. De mí se dice que soy omnisciente, que todo lo puedo y que estoy en todas partes, pero ese no es realmente el caso. En realidad-y aunque mi sabiduría alcanzó para crear una variedad inhóspita de mundos, de los que hasta el día de hoy me siento orgulloso-, no soy tan lejano a ellos como les gusta pensar.
Mis orígenes no están del todo claros. Mis padres son lo que los hombres suelen llamar dioses, pero la verdad es que ni ellos conocen cuál es exactamente su naturaleza. No porque hubieran surgido de la nada o algo así, sino más bien porque sencillamente no lo recuerdan.
Lo que sí saben, por instinto o quizá como un vestigial recuerdo de una era antes del tiempo, es que son-somos-apenas un fragmento, una fracción infinitesimal, de algo más grande, algo que simplemente escapa a mi misma comprensión.
Ese algo los puso aquí, y fue por sus designios que, tras eones de viaje ininterrumpido y errático, de paseo inacabable, motivado por lo incompleto de su ser, y la búsqueda de una felicidad que no sabían que buscaban, terminaron por encontrarse, en las cercanías de otras de las enormes, para ustedes inimaginables esferas, que componen a esta pequeña, diminuta, dimensión del ser.
Él, abstracto e inmaterial. Ella, poseedora de lo más titánico de lo que ustedes llaman "fuerzas naturales".
Se, lo que dirían ustedes, "enamoraron". Ambos quedaron desde el inicio impresionados el uno con el otro, y producto de ese sentimiento, pronto surgió el de admiración mutua. No fue sino hasta que adquirieron la suficiente confianza que tomaron la decisión de compartir lo que había en sus almas.
Es de este peculiar acto de amor que yo nací. El proceso es a la vez simple y complejo de entender para una mente mortal. El conocimiento fluyó de uno a otro, permitiéndoles ver cosas que de otro modo les hubieran quedado veladas. Y de esta forma, fue que nunca quisieron separarse de nuevo.
En efecto: yo soy, ni más ni menos, que la unión de sus voluntades. Hijo, y a la vez ente abarcador de sus esencias, como lo es la célula que origina al hombre para con las que la precedieron.
Alikim, ese es mi nombre, aunque muchos han querido usurparlo. Se me conoce, con distintos grados de veracidad, como el Señor de los Dioses, el Todopoderoso y-el título más risible que se me ha otorgado-el Uno por Encima de Todo.
Nací sabiendo lo que era y cómo lo era, sabiendo de mi poder, autoridad, y mi misión para conmigo mismo. Es este conocimiento la causa de su misma existencia.
Nacieron de mi misma esencia, siendo la fusión perfecta de los planos del espíritu y la materia. Desde el primer instante gozaron de mi calidez, de todos los bienes de los que pude colmarlos.
Pero pronto, con el paso de las eras, quedaron insatisfechos. No por aburrimiento, o por falta de emoción-cosas que sólo a un ente material podrían preocupar-, sino más bien por el mero sentimiento de lo inmerecido, de la dádiva.
Fue así que en breve, llegaron a mí las exigencias de una prueba, de algo que les permitiera ganarse-de algún modo-los bienes recibidos.
Yo ya sabía que iba a pasar. Ignorante de muchas cosas, pero de nada relativo al mundo que creé, sabía que en algún momento iban a tener la necesidad de merecerme. Sabía que, tarde o temprano, iban a tener que sufrir.
Puede alguien criticarme por no haberlo impedido, pero he de excusarme diciendo que, en realidad, era lo mejor para todos. Yo los amé desde el momento mismo de mi concepción, y en ese amor, los quise libres, a mi imagen.
Creé así a los primeros Siete, y coloqué en sus cuerpos, vibrantes a un nivel inalcanzable para otras criaturas, a algunas de mis muchas creaciones, dejándoles la subconsciente misión de hacer mi voluntad.
Y es que sí, estimados míos: nunca supieron nada acerca de dónde venían, porque yo mismo borré de sus recuerdos al Palacio de la Eternidad en que nacieron. ¿Cómo podrían elegir con libertad, si no? ¿Dónde está el mérito de quien hace todo motivado por el temor?
Lo único que sabían, era lo que yo les permití conocer: que eran mis creaciones, y que tenían por misión dar forma al mundo, y cuidar de este.
Es interesante como todo puede torcerse en un tiempo récord. Y más aún como puede hacerlo de la mano de los más fieles seguidores.
Melek Taus fue especial desde el principio. Piadoso, a quien di el deber de ser el representante de mi justicia, pronto al ver su propia rectitud se enamoró de sí mismo. Muchos en la Tierra cuentan una historia parecida a lo que sucedió después, sobre cierto Portador de Luz. La diferencia en este caso, es que él nunca pretendió distanciarse de mí. Miraba con recelo a sus hermanos, tan libertinos y jugetones.
Un buen día, finalmente se hartó. Tanto tiempo de aislamiento le había dado una importante comprensión del mundo, que no dudó en usar en contra de estos, para deshacerse de ellos, encerrándolos en las oscuras cavernas que ellos mismos habían creado.
Ahrimann, la única que tuvo el valor de enfrentarlo, fue la que peor la pasó. Expulsada de la creación, y aislada del continuo espacio tiempo durante incontables siglos, sólo su enorme poder la salvó de morir en la más absoluta soledad.
En cuanto a Melek, se convirtió en un tirano, que no dudó, durante millones de años, en condenar a sufrimientos infinitos a quienes no se ajustaran a sus estrictos cánones de moralidad, siempre con la absoluta convicción de que hacía mi voluntad. Convicción que heredó Arasy, su hija, quien por las mismas razones, y además de divertirse atormentando a quienes cayeran en sus manos, se encargó de deshacerse de su blasfemo hermano al cometer el aberrante pecado de tener descendencia con una mortal, sin sospechar que pronto, en las cósmicas escalas en que se movían, debería enfrentarse ella misma a tan pecaminosos sentimientos.
Pasó el tiempo, y durante millones de años fui testigo del dolor, de imperios que nacían y caían, de inocentes muriendo en manos de dioses y hombres. Incluso fui testigo de quienes proferían maldiciones contra mí, acusándome de ser el responsable de sus penas. Y no se equivocaban, excepto por un detalle: creer que todo eso me era indiferente. Nada más lejos de la verdad.
En efecto: me dolía, pero, en mi limitado poder, no podía hacer mucho más que verlos ahí, padeciendo, con el sólo consuelo de saber que era para su propio bien. O al menos, el de la mayoría de ellos.
Fue la muerte del último mortal, con el agotamiento de la energía de su nave, en el frío vacío que una vez había sido su universo, la que comenzó el juicio. De repente, el mundo material colapsó, ante el asombro de los cósmicos y narcisistas tiranos que lo dirigían. Las almas del Infierno fueron liberadas de sus tormentos, y el Paraíso se convirtió en un mero recuerdo.
La fricción dimensional esparció por doquier un sonido admirable, para reunir a todos ante mí. Pronto, y como tantas veces lo imaginaron, como recuerdo subconsciente de lo que alguna vez  habían aprendido, se encontraron, algunos tristes, y otros complacidos, ante mi abrumadora presencia. Sólo sus acciones definieron sus sentimientos. Los que obraron bien, se sintieron al fin legítimos ganadores de mis dones, recordando por fin el motivo de tan larga prueba. Los que obraron mal, no pudieron sentirse más espantados. No del fuego eterno, del lago congelado, o de cualquiera de esas cosas que los mortales imaginaron alguna vez. Sino de sí mismos. De la forma en que, por propia voluntad, se habían convertido en horribles monstruos, que sólo ahora, en mi presencia, podían verse como tales. Una sola experiencia, pero de formas radicalmente distintas.
Trágico. Es todo lo que puedo decir. Porque ahora, no hay redención posible, so pena de injusticia enorme para sus víctimas. Ellos mismos escogieron su destino, y no hay nada ni nadie que pueda salvarlos.
Y ahí estoy yo. Viendo su dolor, su eterna infelicidad, sin poder hacer nada éticamente aceptable para sacarlos de esta. Sin poder aligerarla ni un poco, ni reducirla en modo alguno.
Y ahí estoy yo, el Todopoderoso, a la vez que impotente, Señor de los Dioses.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Puertas del Infierno (cuento)

Despertó, confundida, apenas recordando lo que había pasado. La caída la había aturdido, pero eso no impidió que se irguiera, tomando poco a poco conciencia de su situación. Su mirada, borrosa, pronto logró aclararse, para dejarla ver, frente a sí, la entrada de una profunda caverna, cuya oscuridad, limitada tan sólo por una lejana luz rojiza, le causó un instintivo temor incluso antes de que notara lo que estaba pasando. En efecto: en cuanto lo hizo, en cuanto recordó el fatal golpe en su nuca, y el humeante túnel que había podido ver apenas su cerebro dejó de funcionar, sintió un terror y un desconcierto como pocos hombres lo han experimentado. Había llegado al lugar más temido. Se encontraba, como tantas veces lo había fantaseado para su enemigo, ante las puertas del Infierno.
Lloró. Lloró desesperada, sin entender, al principio, por qué, qué había hecho para merecer tan hórrido destino. Entonces, lo recordó.
Había crecido en un hogar privilegiado, en uno de los más caros barrios de la ciudad de Buenos Aires. Desde muy niña se había visto rodeada de toda clase de lujos. Viajes, juguetes caros, servicios personalizados en su misma casa, todo lo que sus ricos padres habían podido darle.
Durante su infancia y adolescencia, nunca había tenido un capricho que no se le concediera. Era la niña de sus ojos, su única hija, a quien amaban con todo su corazón. Fue quizá todo esto lo que la convenció, de alguna manera, de que merecía estar donde estaba. Se veía a sí misma como una persona especial, de una posición superior incluso a la de sus mismas amigas. Lo más particular de todo, es que esto de hecho era así. Era tan hermosa que los muchachos de grados superiores la llenaban de regalos y de ofertas para los fines de semana. Tan inteligente, que sus profesores no perdían ocasión de halagarla. 
Sin embargo, esta no era la principal causa de su orgullo, no. 
Prácticamente desde que tenía memoria, sus abuelos, tíos y padres, la habían educado en la fe como el más importante valor de una persona. Incluso antes de tener consciencia plena de de lo que significaban, se había memorizado el Confiteor-en su latín original-, y ciertos versos del Dies Irae.
Ya de adolescente, se convirtió en una conocida activista en redes sociales, siempre en pro de lo más extremo del conservadurismo argentino. Tanto prosperó, que con dieciocho años, terminada la escuela secundaria, decidió estudiar Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en una de las más prestigiosas universidades del país.
Fue allí que conoció a Andrés. 
Alto, imponente y de mirada temible, daba algunas de las materias que ella prefería. Se conocieron en sus clases, y pronto quedaron asombrados el uno por el otro.
Fue él quien la invitó a colaborar en su siguiente trabajo. Tras conversar durante varios meses, y finalmente convencerse de que ella era ideal para semejante rol, optó por ofrecerle escribir algunos capítulos de una obra colaborativa en que estaba trabajando. 
Junto a ellos, escribiría el doctor Juan Manuel Ortiz, un caballero canoso y temeroso de Dios, quien, sin embargo, pronto se retiró del proyecto.
¿La razón? No le agradaba el rumbo que este estaba tomando.
Aún siendo un señor mayor y casi tan conservador como Alma, tenía algo que sin duda alguna le faltaba a nuestra pareja de escritores: temor por la visión que de él tendría la gente.
El tiempo pasó, y lo que empezó como un pequeño aporte en la gran batalla política en que se encontraba Sudamérica a mediados de la década de 2020, se transformó en uno de los ejes centrales de la misma. El libro fue un éxito, lo cual sumado a su belleza y habilidad retórica, la propulsó hasta donde nunca lo había imaginado, llegando a relucir incluso más que su antiguo profesor. Y todo esto, con apenas 26 años.
Se la pasaba viajando junto a él de país en país, paseándose por universidades, escuelas y centros de convenciones, reuniéndose con políticos y autoridades de diversas naciones. Sus cuentas en redes sociales alcanzaban las seis cifras, y había participado en algunos documentales sobre su materia, recibidos con entusiasmo por aquellos que la admiraban.
Tenía, al fin, toda la admiración que siempre había, en el fondo de su espíritu, deseado. No le gustaba reconocerlo. Era impropia de una buena cristiana la arrogancia, y ella lo era. Una verdadera guerrera de Dios, como le había dicho su madre.
Porque sí, estimado lector: no se equivocaba el señor Ortiz al temer por su imagen, puesto que, aún con su influencia, la pareja no había ganado fama a la par que prestigio. Eran admirados, pero por sobre todo y ante todo, en los círculos más radicales de las derechas del continente.
Entre los que no formaban parte de tal entorno, y especialmente entre los académicos, su imagen era la de personas sin nada que aportar, excepto ideas que poco bien harían.
Y no se equivocaban. En su breve tiempo de actividad, ambos habían logrado coordinar a grupos políticos muy diversos, pero con un sólo fin: revertir lo que llamaban la dictadura de la igualdad.
Desde neonazis, hasta liberal-conservadores y amantes de dictaduras, todo cabía bajo el paraguas del movimiento. Es curioso pensar en cómo jóvenes y adolescentes por millares, quizá atraídos por el magnetismo de sus representantes-entre los que Alma destacaba-, se adherían a este pensamiento. O quizá, no tanto. Después de todo ¿No decía Nietzsche que a las actitudes atrae el hombre común?
Un fuerte ruido la sacó de sus pensamientos.

-Día de Lágrimas aquél Día, en que resurja de sus cenizas, para el Juicio el hombre culpable.-cantó un celestial coro desde el interior de la caverna. En otros tiempos y otras circunstancias, esas palabras le hubieran suscitado las más deliciosas fantasías sobre los malvados recibiendo su merecido. Pero no ahora. No aquí.
Ya con treinta y cinco años, se había convertido en la intelectual orgánica de varios gobiernos del continente. Su imagen era conocida en todas partes de América e incluso en la lejana Europa, donde se encontraba dando una gira presentando su nuevo trabajo. Sin embargo, no todo era placer en su vida de poder y creciente fama.
Asesora de más de un gobierno, todos reaccionarios como a ella le gustaban, contaba con grandes responsabilidades, tanto para "bien" entre infinitas comillas, como, y muy especialmente, para mal.
Fue un 23 de Abril del año 2036, cuando se encontraba preparándose para su siguiente conferencia en su habitación de hotel en Madrid, que vio a Andrés entrar en la habitación, sosteniendo un teléfono celular, y con rostro de preocupación.

-Tenemos que volver a Argentina.-le dijo, después de cortar-Esos zurdos de mierda están causando problemas otra vez.

-Cuánto terror habrá en el futuro, cuando el Juez haya de venir, a juzgar todo estrictamente,-volvió a exclamar el coro, mientras un extraño ruido, como el de risas de hienas, empezaba a escucharse desde el interior de la cueva.

Sin tener mucho más que hacer, ni a donde huir, Alma sólo pudo incrementar su desesperación. Recordó entonces sus oraciones de niña, junto a su fallecida abuela.

Tras aplazar todas sus presentaciones en el país y tomar el primer avión hacia Buenos Aires, pasó la noche entera en el aire sin poder pegar un ojo. Nunca se hubiera imaginado, tan sólo una década atrás, que la Providencia iba a favorecerla hasta ese punto. Y sin embargo, hacía mucho que no tenía un momento de paz.
El Foro de Madrid, sede de la principal organización de partidos conservadores del mundo hispano, había contado con ella el día de su fundación. Al momento de crearlo, nadie sospechaba que en unos pocos años las principales naciones latinoamericanas tendrían a sus gobiernos dirigidos por miembros del mismo. La República Argentina en particular, se encontraba bajo el mando del señor Patricio León Mora, del Frente Nacional. Hombre duro, de gran carisma y carácter explosivo.
Su administración había generado una crisis política sin precedentes en el país, no tanto por su administración económica como por su autoritarismo y tendencia a resolver los problemas a balazo limpio. Tendencia que Alma siempre había aplaudido.

-Señor-dijo, mientras se ponía de rodillas, y apuntaba su vista al rojizo cielo-Por favor, en mi momento de mayor necesidad, no me abandones.-no hubo respuesta, y por si el silencio del Creador no fuese suficiente, escuchaba las risas cada vez más cercanas, cada vez más fuertes-¡Por favor!-gritó, mientras grandes lágrimas recorrían sus mejillas-¡Te serví toda mi vida! ¡Dediqué toda mi carrera a hacer tu voluntad!

Nuestra reconocida politóloga jamás regresaría a España. Como asesora de León Mora, se vio obligada a quedarse en un país en llamas. Con el paso de los meses, la situación no pudo más que empeorar.
Las cosas pasaron tan rápido que era hasta sorprendente. En un plazo de semanas tras su última reunión con el presidente, una rebelión generalizada terminó con decenas de miles enfrentándose a la policía en torno a la Casa Rosada.
Intentó escapar, pero le fue imposible. Mientras ella y Andrés se dirigían hacia el aeropuerto más cercano, fueron emboscados por una violenta y enfurecida turba. Lo último que llegó a ver, antes de ser sacada a la fuerza del vehículo y linchada ahí mismo, fueron los temerosos ojos de su admirado profesor, quien presionaba con fuerza su mano.

En ese momento, una risa especial, de una voz mucho más profunda, irrumpió en la escena.

-¿Su voluntad, o la mía?-la cuestionó la voz-Alma estaba paralizada-¿Crees en verdad, después de todo lo que hiciste, que eres digna de compartir la Gloria de los resucitados? ¿Haz olvidado acaso cuando recomendaste aplastar a quienes se opusieran a tus amigos en el poder, aún sabiendo las consecuencias que eso tendría? ¿No recuerdas cuando promocionaste a los seguidores de las peores ideas que ha dado la humanidad, o cuando engañaste a multitudes sin pensarlo dos veces, con nuevas tan falsas que ni el viento las querría? Ni siquiera ante las puertas de mi reino tuviste la humildad de reconocerte pecadora, y tuviste el tupé de reclamarle a tu Señor por tu destino.

Alma no alcanzó a decir nada, mientras entre las penumbras de la caverna lograba identificar tres siluetas, que pronto se convirtieron en tres...¿Hombres? No, no podían serlo. Su piel era gris, y  contaban con un par de alas pequeñas. No tenían pelo, y esos ojos...esos horribles ojos, fríos y sin alma, causaron que hiciera por primera vez un intento de huir. Pero las criaturas fueron más rápidas, tomándola del cabello, y empezando a arrastrarla hacia la oscuridad. Antes de quedar totalmente atrapada en esta, miró al cielo y exclamó un último "por favor", desde lo más profundo de su espíritu, con un pavor mas allá de lo imaginable.

-Apártate de mi, maldita-dijo una tercera voz, potente como si estuviera compuesta del rugido de un león-, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles.


domingo, 28 de julio de 2019

Infierno XIII



Desperté con Annde agitándome, e inmediatamente las luces recién encendidas golpearon mis ojos. De inmediato, me senté en la cama, mientras observaba a mis compañeros, que se preparaban lentamente para las actividades del día.

-Hola.-me saludó la joven, mientras se erguía, todavía sentada en la parte baja de su litera.

-Ho...hola.-le respondí, mientras me levantaba, con la cálida luz sobre mi rostro-¿Que sigue ahora?

-Bueno...primero nos daremos un baño, y luego el desayuno. Alístate. Será un día largo.

Como es ya del todo conocido por mis lectores, para este punto yo no contaba aún ninguna posesión de destacar, con lo que no debí hacer más que levantarme, bostezar, y esperar al resto, que aún se encontraba sacando de grandes bolsos de color verde algunas propiedades útiles, destacando armas de bajo calibre, cuchillos y algunos cartuchos con balas. Cosa lógica, teniendo en cuenta el permanente estado de enfrentamiento entre grupos mercenarios que caracteriza a Hélea, pero que aún así no dejó de llamar mi atención.

-¡Señorita Shersoi!-oí decir a Ava, mientras el resto se volteaba para saludar a una elegante Orel, vestida con un uniforme negro que me recordó por un momento al de los ejércitos de cierta potencia del siglo XX, llevando una mochila en su espalda. Olvidé mencionar hasta este momento que, de hecho, mis compañeros no vestían esta vez con ropa casual. Llevaban todos unos uniformes del mismo color que el de Orel, aunque menos elegantes, y con detalles rojos en el cuello.

-Hola, muchachos. ¿Cómo están?-nos saludó, mientras se detenía frente a nosotros, para luego dirigirse a mí:-¿Cómo te fue en tu primera noche?

-No me puedo quejar...-fue mi respuesta. Mentí: la iluminación era mala, y la habitación tenía un extraño olor a humedad.

-Te traje esto.-dijo, mientras me entregaba una bolsa de plástico transparente, con vestimentas similares a las de quienes se encontraban a mi alrededor.

Comenzamos, a continuación, a caminar hacia como grupo a la entrada, seguidos por alrededor de una treintena de criaturas que, como nosotros, se dirigían hacia los baños, ubicados algunas decenas de metros hacia el interior de la base. En un punto del trayecto, y como era de esperarse, ambos sexos se separaron en dirección a dos locaciones distintas, a un lado del pasillo cada una. Orel se detuvo en la entrada del baño para hombres, con la clara intención de esperarnos ahí. La acompañaba Ava, de quien pronto deduje que sus alas le dificultarían cosas tan cotidianas como cambiarse de ropa, con lo que razonablemente debía tener horarios especiales.

Ingresé así a tan particular sección del complejo, comprobando para mi fortuna que contábamos con una larga hilera de baños particulares, los suficientes para no tener que esperar demasiado antes de una ducha. En la primera ronda, casi todo mi equipo entró a los pequeños cubículos, quedándome solo junto a Gom, quien aunque por lo difícil de secar de su pelaje había decidido no tomar un baño aquella vez. Una vez que los míos hubieron salido, fue mi turno de entrar. El lugar constaba de un vestidor, y de un cubículo de cristal que hubiera sido quizá acogedor con algo más de iluminación, pero que lucía en ese contexto incluso triste. Rápidamente me desvestí, e ingresé al lugar. En pocos minutos me bañé, y al salir, me coloqué el traje que Orel había traído consigo hacía algún tiempo. Tuve la oportunidad de verme reflejado en el cristal del cubículo. El conjunto me hacía lucir bastante bien, e incluso algo intimidante, quizá en combinación con mi altura.
Tras salir del baño, llevando mis anteriores vestimentas en la misma bolsa en que venía el traje, me encontré el lugar bastante más vacío que la vez anterior. Al girar mi cabeza hacia la derecha, logré divisar al resto de mi equipo esperándome en la entrada del sitio, y hacía allí me dirigí.

-Emker, que elegancia.-me halagó Orel en cuanto me vio.

-Nada mal.-comentó alguien, casi a la par.

-Bueno, gracias.-respondí, mientras una involuntaria sonrisa se dibujaba en mi rostro-¿Ahora iremos a desayunar, cierto?-pregunté, mientras el resto comenzaba a caminar, esta vez en la dirección contraria a aquella por la que habíamos venido.

-Ellos sí-me respondió Orel-, nosotros iremos a entrenar. Tengo que enseñarte a utilizar armas.

Tras caminar durante algunos segundos, y ver cómo mis compañeros ingresaban nuevamente al comedor, pasé de largo junto a Orel hasta llegar a un pasillo del que no me había percatado antes. Al doblar en dirección a este,  logré notar una zona algo más iluminada. Un cartel de color blanco decía "Gimnasio", en grandes letras negras.
Entramos. El lugar tenía una iluminación inusual para el lugar en que me encontraba, y por fin podía ver un color distinto a ese horrible tono verde en las paredes de la base. Era enorme, y me llamó la atención ver en uno de los muros, colocadas a disposición del público, armas de distinto calibre, curiosamente similares a las que utilizaban los militantes de Kirtzner en la Tierra. Volteé a ver en la dirección contraria, para encontrarme con diversos objetivos, dispuestos ahí evidentemente para servir de blancos a los disparos de quien los necesitara.

Pasé un algunas horas con ella enseñándome a usar el armamento disponible. Empezamos con armas pequeñas, como pistolas de mano de seis balas, para luego proceder con armamento más pesado, como rifles de distinto tipo.

-Aprendes rápido.-me dijo ella, sorprendida-Yo tardé días en aprender a disparar así.

-Gracias.-le respondí, mientras me erguía después de un breve ejercicio-¿Qué hora es? Muero de hambre.

-Bueno, ya es casi mediodía y aún no has desayunado. Y creo que por hoy ya fue suficiente.-dijo, mientras caminaba hacia un extremo de la sala, donde algunas máquinas para ejercicios físicos estaban emplazadas. Yo la seguí, para ver como segundos mas tarde se sentaba en una banca cercana, mientras se quitaba la mochila de la espalda, y me invitaba a ubicarme junto a ella.

En cuanto lo hice, procedió a sacar de la misma un recipiente de plástico transparente, rectangular, con una tapa de color azul. Al abrirlo, un olor a comida cocida impregnó el ambiente, y ella sacó un trozo de carne envuelto en pan. De apariencia extraña, pero curiosamente sabroso.
Tras dar algunos bocados sin decir una palabra, al parecer mi jefa se sintió algo incómoda por el silencio en la sala.

-Y bueno...-me dijo, titubeando durante algunos segundos-¿Hay algo de lo que quieras hablar?

-Bueno, ahora que lo dices...me había quedado pensando en lo de Akim. Sobre la forma en la que influencia a la opinión pública.-mentí. La verdad es que el tema acababa de ocurrírseme.

-Ah...¿Y que te gustaría saber?-dijo. Sentí por un momento como si los papeles se invirtieran.

-Pues...me dijiste que le pagaba a personas para difundir ciertos mensajes.

-Así es.-me respondió-Ella es la principal financista de la Fundación Kyrung Ther.

-¿Kyrung Ther?

-Uno de los principales líderes de la revolución, y pariente de los Hedeon. Se retiró de la patria humana por razones que no están del todo claras algún tiempo después de esta. Sea como sea, Akim y otros magnates más decidieron tomar su nombre a la hora de crearla.

-Ya veo...¿Y que es lo que hacen exactamente?

-Bueno, habría que preguntarnos más bien qué no hacen. Tienen casas de estudios, financian partidos políticos...un poco de todo. De ahí salieron multitud de pensadores, o mas bien, propagandistas. La joya de la corona, sin embargo, son Bethel Sha y Far Zyhri, los que más lejos han llegado. Son jóvenes, más o menos de la edad de Akim, pero sumamente hábiles para mover gente. Ambos salieron de una de las universidades de la Fundación, al igual que la mayoría de quienes trabajan para esta, y han publicado más de un libro bajo sus directrices.

-Ya veo...-el esquema me resultó curiosamente similar al utilizado por el Partido en la Tierra. Seleccionar entre los mejores estudiantes de las universidades a la futura élite nacional, contra utilizarlos como meros famosillos al servicio de agendas elitistas.

Tras terminar de comer, continuamos conversando sobre temas banales durante algunos minutos. Me preguntó por mis impresiones en relación a Hélea, algunas cuestiones sobre mi vida, nada digno de recordarse.

-Y...¿Akim no está esperándote para almorzar hoy?-pregunté, cuando noté con extrañeza el que siguiera conmigo a estas horas.

-No. Tuvo que asistir a una reunión de última hora, por lo que opté por aprovechar para entrenarte.

Recordé entonces mi extraña interacción con Naama el día anterior, y me pregunté si acaso la cuestión habría tenido que ver con el asunto. Por un instante, incluso pensé en preguntarle si había alguna novedad. Sin embargo, recordé lo bastante pronto las posibles consecuencias de ello para contenerme, al menos por aquella ocasión.

-En fin...-comentó Orel, finalmente-creo que ya es hora de que nos reunamos con los muchachos. Ya falta menos de una hora para comer. 

martes, 16 de julio de 2019

Infierno XII

XII

-¿Acaso se ha vuelto loca?-pregunté, sorprendido-No sé ni como hacer una compra ¿Y quiere que vaya así como así, a convivir con gente que ni siquiera es humana?

-Sí, ya sé que suena a una mala idea, pero no estoy en posición de contrariarla.-respondió Orel, mientras caminábamos hacia la enorme entrada de los cuarteles, en la parte trasera del edificio-Además, yo no hablaría así de ella si fuera tú. Akim es muy estricta en cuanto a lo que se dice de los líderes de Barken Leddis.

Tan solo algunos minutos atrás, Orel me había sacado de mi habitación con la noticia: iba a, en adelante, convivir con el resto de su facción. La lógica de esto era sencillamente darme experiencia en el terreno ¿Con qué fin? Probablemente, pensando en retrospectiva, pretendía que me quedara a su servicio por un largo tiempo.

-Supongo que al menos me darán algún entrenamiento...

-Obviamente. Mañana por la mañana empezamos.

El trayecto hacia el segundo subsuelo fue relativamente silencioso, al menos por nuestra parte. En realidad, el ruido a nuestro alrededor, producto de la conversación de los mercenarios, impedía que pudiéramos oírnos del todo bien.
Una buena caminata después por los largos y oscuros pasillos repletos de gente, finalmente llegamos hasta la entrada, sin puerta, de uno de los dormitorios. Frente a mí, se erigían dos filas con literas de metal, un armario al lado de cada una, y un largo pasillo en el centro.
Como podrá imaginar el lector, no nos encontrábamos solos en tan grande habitación. En efecto, recostados en las camas, o caminando de un sitio a otro, criaturas humanas y no, nos rodeaban, algunos conversando sobre sus asuntos diarios, otros revisando sus pertenencias en busca de algún objeto en particular, y un tercer grupo preparándose para salir a sus labores.
No tuve que avanzar mucho en tan peculiar escenario para divisar, finalmente, al equipo de Orel conversando animadamente, distribuidos entre las camas a un extremo del lugar.

-Hola.-los saludó ella, una vez que estuvimos lo suficientemente cerca-¿Disfrutando el regreso al trabajo?

-Señorita Shersoi, que sorpresa.-respondió Jan, poniéndose de pie-¿Qué la trae por aquí?

-Emker dormirá con ustedes en adelante.-explicó.

-Oh, interesante. ¿Órdenes de la señora Hedeon?

-Así es. Así que espero que le traten bien.

-Por supuesto.-respondió la criatura-¿Algo en particular que debamos saber?

-Sí. Hoy por la tarde me dieron la data para nuestra próxima misión. Así que ya saben, estén listos para mañana al anochecer.

-Entendido.

-Emker-se dirigió a mi la muchacha-, no olvides lo de mañana. Te conseguiré un uniforme, y algunas cosas que te serán útiles. En fin, tengo que irme. Descansa.

Acto seguido, ella procedió a caminar en la dirección contraria, hasta perderse al doblar a la izquierda, en la entrada del lugar.

-Bueno, creo que esta es tu entrada oficial a nuestra facción.-me dijo Dero, apenas ella se hubo alejado.

-Bienvenido.-comentaron dos de los presentes, antes de que Jan me dirigiera nuevamente la palabra:

-Es un placer recibirte-me dijo, antes de voltearse, e indicarme donde dormiría: la parte superior de una litera, a un extremo de la habitación.

-¿Cuánto falta para la cena?-preguntó entonces Annde, a quien aprendí a distinguir de su hermana con el paso del tiempo.

-Pues...-contestó Ava, revisando su reloj de pulsera-...algunos minutos. Así que deberíamos ir yendo.

En un plazo de pocos segundos, todos se levantaron y procedieron a encaminarse hacia un comedor cercano, ubicado a algunos pasillos de distancia. Como es lógico, los seguí.
Tras caminar algunos metros por el oscuro lugar, alcanzamos una gran puerta, que daba acceso a un enorme espacio. Como era de esperarse, no fuimos los primeros en llegar. En efecto, una larga fila de criaturas diversas se encontraba esperando su turno, frente a una barra en que, en bandejas de color azul, los trabajadores de la cocina les servían la cena.
Nuestra espera duro diez minutos de conversación intrascendente entre mis ahora compañeros, que francamente no recuerdo ni creo necesario recordar. Lo que sí recuerdo, sin embargo, fue el poco apetitoso plato que recibí al llegar al final de la fila. Un puré amarillento, viscoso, acompañado de un algo quemado trozo de carne. No estoy seguro de si era la comida en sí, o la falta de luz combinada con la apariencia del plato lo que ocasionó que recordara con nostalgia la comida que había degustado junto a Hedeon y sus hijas.
Sea como sea, el caso es que no tardé en alejarme, hacia la mesa al fondo de la sala en que el resto se había instalado. Al sentarme, probé la comida. El puré tenía un sabor agridulce, no tan desagradable como lo había imaginado. En cuanto a la carne, estaba, como dije, quemada, pero las partes aún comestibles sabían bien.

-Y cuéntanos...¿Cómo va la búsqueda de tu hija?-me preguntó Dero, destruyendo el relativo silencio que, momentáneamente, había invadido la mesa.

-Prefiero no hablar de eso...-le contesté tras el sobresalto inicial, recordando las palabras de Orel en lo que caminábamos hacia el lugar: "cuanto más digas, más fácil será que te delates".

-Oh...entiendo. -respondió-Si te hace sentir mejor, todos aquí tenemos historias similares. Aunque eso no debería sorprenderte.

Sus palabras ocasionaron en mí una mezcla de curiosidad con ganas de hacer preguntas. Sin embargo, en vistas de que eso me dejaría sin autoridad moral para negarme a hablar, preferí no seguir conversación. El destino, pese a todo, pareció no estar de acuerdo.

-Yo soy de Xarma Nelni, uno de los tres estados malak.-intervino, de imprevisto, Ava-Conseguí cruzar la frontera cuando tenía dieciséis años, y vine aquí básicamente porque está lleno de organizaciones mercenarias. Quería trabajar en una y lo conseguí, y desde entonces he estado tratando de sacar a mi familia de ahí. Y bueno...en eso ha consistido mi vida en los últimos diez años.

-Hay tanto que no sé de ese país...-dijo Annde-¿Cómo es allá?

-Bueno...muy diferente a como es aquí.-explicó-A las grandes empresas las maneja el Estado, y las pequeñas son controladas por las comunidades. Además, el gobierno se encarga de enseñarte a leer cuando eres un niño.

-¿Y por qué te fuiste, entonces?-procedió a interrogarla la otra melliza-Oí que ahí todo el mundo tiene para comer, y una casa asegurada.

-Pero no vale la pena, Nayru. El gobierno nos da todo, pero es de mala calidad, y la gente tiene miedo. Por ley, todo el mundo tiene la obligación de delatar a quien se queje del emperador. No te haces idea de lo que les hacen a los rebeldes en las catacumbas debajo de la ciudad. Y ni hablemos de lo injusto que es. La comida escasea en los mercados, pero la familia imperial  rivaliza en riqueza con  Hedeon.

Las palabras de Ava me revelaron otro interesante paralelismo con mi pequeño planeta azul. Y es que, en realidad, no es el colectivismo oligárquico una exclusividad del Infierno. La historia de nuestro planeta, durante el siglo XX, había proveído de multitud de ejemplos, uno mas trágico que el anterior.

-¿Y por qué pasa eso?-preguntó Gom, quien como yo había escuchado en silencio la conversación.

 -Por una simple razón, en realidad. Me lo explicó un profesor universitario en mi viaje de escape, cuando navegaba en balsa por el alcantarillado. Esta es que nadie, ningún gobernante por más divino que diga ser, puede entender por completo a la economía. Es demasiado compleja, y cuando unos pocos tratan de controlarla hasta en lo elemental, cometen errores, y simplemente no les alcanza el tiempo para actualizarse a lo que pasa allá afuera. Eso también explica que mi patria no haya avanzado en nada desde la revolución. Excepto en lo militar, claro. En cuanto a la desigualdad entre el gobierno y...los demás, creo que tiene que ver con que nadie puede contrariar al emperador. No hay elecciones, ni se le puede sacar de su cargo. Y mientras controle el ejército...bueno, ustedes entienden.

El resto de la conversación, consistió en los demás contando sus historias de vida, con la vana esperanza de que así yo accediera a hacer mi propia confesión. Así, descubrí que las gemelas habían escapado de sus hogares escapando del abuso de su padre, en varios sentidos, dedicándose tras eso al robo y las estafas, para luego ser atrapadas por la banda de la que Orel las rescató. Dero, el más mayor del equipo, mantenía con su salario a dos nietos a cargo de su hija, quienes eran producto de una violación. Gom contó la historia que ya conocía.
Jan fue el único que, como yo, se negó a hablar sobre su pasado, por razones que averigüé tiempo después.
Descubrí también el peculiar y abusivo régimen de "vacaciones" que Hedeon había impuesto para con ellos especialmente. Y es que, en realidad, estas consistían más en una reducción a la mitad de su trabajo, que en un verdadero descanso. Tenían, eso sí, acceso a la parte superior del edificio durante ese período, donde dormían y descansaban, al menos cuando no estaban sirviendo como entrenamiento para la joven Shersoi. Me llamó la atención el que pese a todo se sintieran privilegiados por ese trato, lo que me reveló que lo común-como era de suponerse-en Barken Leddis era el trabajo intensivo, cosa con el que seguramente tendría que lidiar en los siguientes días.
Esa noche, el sueño tardó en venir a mí. A la excitación por el lugar en que me encontraba, se sumaba ahora la de dormir junto a criaturas con orígenes seguramente muy diferentes al mío, tanto en esta como en sus anteriores vidas. Me pregunté cuál sería el origen de estos probables extraterrestres, tan similares en su psicología y forma a los humanos, aunque los detalles variaran de una especie a otra. Habré logrado dormir unas tres o cuatro horas, antes de que las luces se encendieran nuevamente, dando inicio a una nueva y...¿emocionante? jornada.



viernes, 5 de julio de 2019

Infierno XI



Unos veinte minutos después, me encontraba, otra vez, completamente solo en la habitación, tras haber sido conducido por Orel hasta allí. Me había abandonado a mi suerte, estableciendo mis planes para el día sin siquiera consultarme al respecto.

-Vamos a descansar durante algunas horas, así que deberás quedarte aquí hasta nuevo aviso.

Sin más que hacer, me dispuse entonces a revisar nuevamente la biblioteca. No tardé en dar con un ejemplar de lo que pronto descubrí, era la continuación del libro que había leído en mi primera noche en Hélea. "Religiones y cultos de nuestro mundo, tomo II".
Recordé entonces las palabras de Naama, sobre la organización a la que pertenecían. Y, pretendiendo encontrar mayor información al respecto, no tuve mejor idea que abrir el libro, para encontrarme en las primeras páginas, tras una breve introducción que no me molesté en leer, con el título del primer capítulo: "El azraísmo: orígenes, historia y demografía".
El azraísmo es básicamente una religión no organizada, mas un corpus doctrinal que una institución. Del linf azra, "virtud", parte de la creencia en una deidad, con carácter moral, que envió profetas y enviados en el pasado, y que se manifestará algún día para castigar a los malvados. Este ser, conocido como Melek Taus, es también creador de Hélea y, lo más interesante, padre y creador de multitud de deidades  y entidades de enorme poder, que son, curiosamente, los seres a quienes adoran el resto de religiones.
"Curioso sincretismo", pensé, mientras leía sobre algunos de sus atributos.
Melek Taus no es en realidad el dios supremo de sus creyentes, sino la creación más perfecta de un ente llamado Alikim, a quien los azraístas ven como la fuente de cuanto existe. Le llaman el Todopoderoso, el Señor de los Dioses, y el Uno por Encima de Todo. Así, su divinidad es en realidad la encarnación de la justicia y benevolencia de este ser, y creó todo con el mero fin de tener sobre quien proyectar su bondad. Posee esta una contraparte, que representa el poder puro de su hacedor. Naraka es, básicamente, una gigantesca y omnipotente masa de burbujas, capaz de cumplir cualquier deseo a quien toque la frecuencia musical correcta. No es un ser consciente, sino una especie de objeto mágico, una suerte de "centro de mando" de la creación. Concepto fascinante, a la par que intrigante.
Melek Taus tiene también una fuerza antagónica, bautizada Ahrimann. Ahrimann es, como lo resumía el autor, la entidad absoluta del vacío primigenio. La idea es, en esencia, que antes de que Alikim creara a Melek Taus, ahí, en la oscuridad más absoluta, ahí, en las infinitamente frías cavernas del tiempo, estaba él. Una fuerza reactiva, la antítesis de la creación, que ante cada acto creativo produce uno igual pero inverso. Es así que, con el nacimiento de su rival, adquirió una naturaleza secundaria, autoconsciente e inteligente, que ante cada nueva dimensión creada por este, se complejiza y evoluciona. Ahrimann es, en resumen, la maldad en persona, sin más objetivo que el fin de todo lo que existe, que volver a la tranquila oscuridad inicial.
Tras ser creado y originar los diferentes mundos, Melek Taus trajo a la existencia una serie de deidades, cuatro en total, para que le auxiliaran. Deidades que, sin embargo, no tardaron en corromperse, intentando conquistar el universo mediante el poder de Naraka, sólo para  ser encerradas en una de las dimensiones creadas por su rey. Aún pueden, sin embargo, alcanzar Hélea de formas que no quedaban del todo claras.
Muy a la manera de un dios griego, este ente tiene también hijos: Taranis el mayor, y Arasy, la menor. Me llamó la atención la explicación con respecto a la forma en que estos seres son engendrados. Los dioses parecen no ser seres sexuales, pero sí poseen características femeninas y masculinas que, junto a sus diferentes niveles de poder, son capaces de transmitir a sus descendientes, en diferentes grados y formas.
La relación entre Taranis y su padre es, por decir lo menos, hostil. Según narraba el texto, en algún momento millones de años atrás, habría intentado tomar por medio de una conspiración con algunos de sus propios descendientes, el lugar de este. Fue la intervención de su hermana la que frustró el plan, por el que Taranis fue expulsado del Pleroma-o la dimensión en que habitan las deidades-, acabando en lo que el texto describía como "el mundo de las luces flotantes".
Con Arasy, por su parte, es todo lo contrario. Los azraístas le consideran la hija predilecta, la "niña de sus ojos". Cosa curiosa, puesto que ella era, según el libro, considerada en una entidad maligna en otros cultos. Azote de los malvados, cumplía una peculiar función: torturar cruelmente a quien lo mereciera. Sus métodos eran absolutamente abominables. Solía llegar incluso a despellejar personas mientras estas suplicaban misericordia. Y si hablo en pasado, esto es por su aparente desaparición que, con tono escéptico, denotaba el autor del escrito.
Siempre me pareció interesante el fenómeno religioso. De niño, abandoné la fe de mis padres tras leer la Biblia, y recuerdo haberme pasado horas estudiando las distintas tradiciones religiosas de mi mundo. Para cuando tenía diez años, ya había descartado la fe, y a los doce, me consideraba a mí mismo un agnóstico ateo.
De ninguna manera podría haber llegado a soñar, tan sólo cinco años atrás, una experiencia de este calibre. Dioses y diablos eran para mí pura ficción, viejos mitos inventados en nuestros momentos de mayor ignorancia. Y sin embargo, ahí estaba, leyendo un libro en una lengua que nunca había estudiado, y en un mundo totalmente diferente al que había dejado atrás.

Esa tarde no hice mucho más que leer, como podrá imaginar el lector, sobre bastante más de lo aquí narrado. Si decidí destacar esta historia en particular es, sin embargo, por lo importante que resultaría para mí tiempo después.

Ya cerca del anochecer, mientras contemplaba por la ventana a la gigantesca urbe heleana, finalmente mi soledad fue rota por una puerta abriéndose detrás mío.


miércoles, 26 de junio de 2019

Infierno X


Al llegar a los dormitorios, solicité inmediatamente que se me permitiera abrir la puerta, para descansar un poco. Mi nueva jefa hizo lo propio, y en breve me encontraba recostado en la cama. Esta vez, no tardé en dormirme, agotado por la experiencia del día.
No recuerdo mucho después de eso. Desperté a la mañana siguiente, en medio del silencio, sólo roto por los clásicos sonidos de una ciudad, apenas perceptibles por encontrarme donde me encontraba. Me senté inmediatamente de la cama, y miré por la ventana, sólo para dar con la gran urbe, iluminada por su rojizo sol en el cielo. Al mirar al paisaje, recordé inmediatamente alguna tarde en mi aldea perdida, mirando desde el tejado de mi casa un atardecer. Y por vez primera en años...sentí nostalgia. "Cuando salga de esta", me dije a mi mismo "iré a visitar a mi familia". Pensé en mi padre, en mis hermanos, en mi madre. ¿Vivirían aún? ¿Seguirían donde antes? ¿O acaso había dejado morir nuestro vínculo para siempre? Me sentí intolerablemente culpable. ¿Cómo pude haber olvidado la promesa que le hice a mi padre? "No olvides escribir cada tanto." ¿Tanto me hubiera costado? Sin darme cuenta, me había concentrado en la copa hasta el punto de olvidarme de las raíces. Me había enfocado tanto en lo que quería, que no había pensado en los que dejé atrás. Y sólo deseaba entonces que no fuera tarde.
Pasaron los minutos. Intentando distraerme con algo, opté por mirar hacia la biblioteca, donde varios libros de coloridas tapas me esperaban. Me acerqué, buscando algo que pudiera leer para pasar el rato. Pronto di con uno que llamó mi atención, aunque no recuerdo su título. Lo que sí recuerdo, sin embargo, es su temática. Versaba sobre la historia del mundo en que me encontraba. Curiosamente, no empezaba con los orígenes de la civilización infernal, sino que se remontaba a unas decenas de miles de años atrás, lo cual, como el propio autor lo aclaraba, tenía una explicación: la ciudad es tan grande, que simplemente no hay forma de mantenerla totalmente comunicada. No hay nadie en las partes mas exteriores de la misma que haya conocido a uno de sus primeros habitantes.
 El libro comenzaba hablándonos sobre antiguas leyendas, acerca de un líder militar que había conseguido unificar, a punta de espada, la práctica totalidad del territorio controlado por los humanos. Apoyado y amado por sus nuevos súbditos a causa de la decadencia de los regímenes anteriores, había enloquecido por el poder, proclamándose-como tantos reyes terrestres-hijo de una deidad: Arasy, de quien no se daban muchos detalles. Eventualmente, sin embargo, la corrupción de un régimen en que no había forma de contrariar al líder del Estado llevó al hartazgo de la población y, ante la amenaza de la revolución, las propias élites debieron deshacerse de él y, por la presión de las clases bajas, instaurar un sistema electoral universal.
Tras derrocarlo, ataron una roca a su cuello y lo lanzaron a un lago sobre el que más adelante se construyó todo un barrio nuevo, sellando su destino para siempre.
Sin embargo, el fin del líder del teocrático Estado no terminó de satisfacer a los revolucionarios, que acabaron por ocasionar toda una guerra civil. Ante la casi derrota de las fuerzas del orden público, no tardaron en intervenir las poderosas oligarquías, que pasaron de ser empresarios comunes a auténticos señores de la guerra. Fueron estas las que permitieron a los políticos sostener su reinado, so pena de someterse a ellos y sus caprichos. Es así como el gobierno local se debilitó hasta reducirse a sus funciones más elementales, básicamente, la protección de los intereses de las élites. Pasó de ser un régimen de gran autoridad, temible para sus ciudadanos, a sostenerse a base de donaciones. De tener un gran ejército, a depender para su defensa de grupos de mercenarios.
La fachada democrática se mantuvo, quizá para contener la ira de las masas. No obstante, en la práctica, el poder se concentró cada vez más en pocas manos.

Mi lectura fue repentinamente interrumpida por el sonido de una llave abriendo la puerta.

-Hola, Emker ¿Cómo descansaste?-me saludó Orel, después de que la puerta se abrió, revelándola a ella y a las  niñas.

-Hola.-le respondí, mientras me levantaba de la cama-Bastante bien. ¿Y tú?

-Bien, aunque me costó un poco levantarme.-fue su respuesta-Ahora tenemos que ir a desayunar, y luego iré a entrenar con las niñas.

-Las acompaño.-le dije, mientras abandonaba junto a ellas la habitación. Poco después, Orel cerraba nuevamente la puerta tras de mí, y empezábamos a caminar  en dirección a una zona del edificio que desconocía.

Finalmente, y tras algo más de conversación intrascendente entre las chicas, conseguimos alcanzar un ascensor. Una vez dentro, fue Orel quien presionó los botones indicados, y, tras varios segundos de viaje, la puerta se abrió, revelando una zona bastante concurrida del edificio. No tuvimos que caminar mucho antes de poder divisar una especie de restaurante, o mas bien, un viejo comedor repleto de personas con variados y elegantes uniformes.
Tras entrar en el enorme lugar, no tardamos en encontrar asiento en las partes mas exteriores del mismo, cerca de la puerta. Hecho esto, Orel sacó de su bolsillo algunas hojas de papel bonitamente coloreadas, que pronto pude reconocer como unidades monetarias, las cuales entregó a sus compañeras para que compraran lo que quisieran, no sin antes, claro está, decirles su propio pedido.

-¿Y tú que vas a querer?-me preguntó, quizá olvidando por un momento mi origen.

-Pues, con algo que me permita mantenerme despierto el resto del día estoy feliz.-fue mi respuesta.

-Bueno, supongo que un ursa estará bien.-dijo Orel, antes de que las niñas se alejaran. A continuación, permanecimos en silencio durante varios segundos. En ese tiempo, pude observar a las personas a mi alrededor. Habían humanos, númenes, y otras razas que no logré identificar. Fue entonces cuando me percaté de algo sobre lo que no había recapacitado anteriormente: la organización del edificio distaba mucho de ser lógica. Demasiados espacios vacíos, demasiada concentración de personas en las partes más bajas...sí, definitivamente no fue una buena decisión comprar este lugar. Pero era evidente que Akim no destacaba por su humildad, a juzgar por lo que había conversado con sus niñas la primera vez que almorcé con ella.

Esa  mañana no hice a decir  verdad nada realmente destacable. Me limité a ver a las niñas entrenar desde las nueve de la mañana hasta las  doce, en lo que daba vueltas por el enorme gimnasio en que lo hacían. Había cometido el error de no traer ningún libro conmigo, así que me la pasé reflexionando sobre mi vida, pensando aún, culposamente, en mi traición para con mi familia.
En un momento dado, volvieron a mi mente preguntas varias sobre las características del mundo en que me encontraba. No me había percatado de que, mientras que siguiendo a Aneu los seres inteligentes eran inmortales, no era ese el caso de los animales que me había comido. Era evidente que alguna particularidad biológica o sobrenatural debían tener para que así fuera, y mi curiosidad científica me empujaba a querer averiguarla.
El día empezó realmente para mí justo después de que el entrenamiento terminó. Las niñas habían pasado horas practicando movimientos de combate cuerpo a cuerpo, y aprendiendo a utilizar diversidad de armas, con lo que estaban razonablemente hambrientas, y fue en ese estado que Kili preguntó la hora, y si podían descansar para comer algo. Inmediatamente, Orel revisó su reloj, constatando que ya era hora del almuerzo, y que de hecho-como solía suceder-se les estaba haciendo tarde.
Tratando de ahorrar tiempo, les ordenó interrumpir sus actividades y tomar una ducha rápida en los baños cercanos. Ella, que en su papel de entrenadora había sudado poco y lo necesario, se quedó conmigo mientras esperábamos a que salieran, ya cambiadas y limpias.

-¿Te aburriste?-me preguntó después de sentarse junto a mí, en una banca cercana.

-Eh...sí.-le dije, tras pensar un poco en mi respuesta. No iba a ganar nada mintiéndole, después de todo.

-Prometo no hacerte pasar por esto la próxima vez. Voy a pedirle a Akim que te consiga alguna actividad en lo que nosotras entrenamos.

-Gracias.-le dije, en lo  que volvían a mi mente las anteriores reflexiones-Oye...he estado pensando.

-¿En qué?-me preguntó, razonablemente, ella.

-Veo que aquí se tiene la costumbre de comer carne. Eso me sugiere que la muerte, como tal, existe. Pero Aneu me dijo que ustedes no pueden morir.

-Sí, nadie sabe exactamente porqué ocurre, pero nuestras heridas se regeneran rápido. En cuestión de segundos las más leves. ¿No es así de donde vienes?

-No, en realidad no. Nuestros cuerpos son muy frágiles, y una herida en el cuello puede acabar con nosotros fácilmente.-le expliqué-Me imagino que debe ser muy útil poder recuperarse a esa velocidad.

-Lo es, pero...a veces también es bastante trágico. Recuerdo que cuando era niña deseaba con frecuencia poder desaparecer. Envidiaba a los animales, que mueren con algunos cortes.

-Oh...ya veo.-dije, sintiendo algo de compasión por ella. Era de esperarse que hubiera tenido una infancia dura incluso antes del abandono de sus padres, pero los pensamientos suicidas, si así podían llamarse, estaban a otro nivel-Y...¿A qué se debía eso, si se puede saber?

-Pues...digamos que mis padres no me querían mucho.-comentó, tras un corto suspiro-Solían golpearme con frecuencia, y otras cosas de las que prefiero no hablar. Cuando me abandonaron, intenté buscar ayuda en algunos familiares que conocía, pero nadie quiso recibirme.

-Entiendo...-respondí.

-Acabé durmiendo en la calle durante algunos días. Una vez, escapé de milagro de un sujeto que quería divertirse conmigo. En fin...después de una semana me encontré con otros niños vagabundos. Aún recuerdo el nombre de todos ellos. Nuestro líder era Zephon, un muchacho de unos diez u once años, que desde el principio me adoptó como su hermanita. Yo era la más pequeña del grupo, de tal forma que pronto me convertí en su consentida. Solíamos organizarnos para mendigar y, a veces, robar. Los muchachos tenían ya tiempo en ese negocio, mientras que yo... yo era más bien un lastre algunas veces.-me confesó, sonriendo por un instante-A los pocos meses de convivir con ellos, Akim visitó la cloaca en la que vivíamos. Estaba en un viaje de negocios, y acabábamos de robarle algo de comida a uno de los mercenarios que la acompañaban. Pensando que no nos habían visto, caminamos despreocupadamente hasta nuestra casa, y realmente nos asustamos cuando su automóvil estacionó frente a la entrada. Elegante, señorial, y como siempre vestida de blanco, Akim Hedeon descendió del vehículo, causando un rostro de sorpresa en mis acompañantes. Yo no sabía quien era, pero ellos sí. Nos hizo una oferta. Iba a llevarse a quienes de nosotros quisiéramos acompañarla, para criarnos como si fuéramos suyos. No tenía idea de con quién estaba hablando, pero, siéndote sincera, me sentí tentada por el evidente lujo que la rodeaba. Quería una oportunidad. Incluso siendo así de pequeña, tenía consciencia de mi situación, y me rehusaba a llegar a adulta en ese estado. En mi inocencia, no supe ver el peligro que representaba irme con una extraña, con lo que incluso traté de convencer a Zephon y los demás de que me acompañaran. Todos se negaron, y no fue sino hasta tiempo más tarde que entendí por qué. Recuerdo su mirada suplicándome que no lo hiciera. Y aún hoy me pregunto que habrá sido de él.

No tuve que esperar mucho antes de que las niñas salieran del baño, y comenzáramos a caminar hacia fuera del gimnasio, en dirección al comedor. Esta vez, el paseo fue particularmente breve, puesto que nos encontrábamos ya en el último piso del edificio, donde Hedeon había dispuesto todo lo necesario para que sus hijas adoptivas se prepararan para retribuirle algún día sus favores.
Tras llegar al sitio de siempre y seguir los pasos ya narrados más de una vez en lo que va de este texto, la puerta fue abierta por un joven criado que no aparentaba más de catorce años, y logré divisar en la sala a Hedeon y su tía sentadas, aún esperándonos para empezar a comer.

-Llegan tarde.-se quejó Naama, con un tono que demostraba un notorio desagrado.

-Sí, estábamos entrenando, y perdí la noción del tiempo.-se excusó Orel, con la misma sumisa expresión con que todas se dirigían hacia ella.

-Ya, es algo que puede pasarle a cualquiera.-la defendió Akim. Fue recién en este momento que capté un patrón en ella: su vestimenta era siempre del mismo color. Naama se limitó a suspirar, sin decir más nada.

De inmediato, las jóvenes tomaron asiento, y yo hice lo propio. Pocos minutos más tarde, nos encontrábamos devorando el almuerzo, algún tipo de ave de corral con lo que parecían ser papas asadas. Tanto Akim como Naama se mantuvieron calladas durante la comida, cosa que me llamó la atención en la primera, mientras las niñas conversaban sobre sus pequeñas hazañas del día. En un momento dado, noté que la matriarca de los Hedeon no paraba de observarme, con esos ojos fríos que tanto la caracterizaban, cosa que por un momento me incomodó sobremanera.
Una vez terminamos de comer, y Orel se dispuso a llevarnos de regreso a las habitaciones, fuimos detenidos en seco por la voz de Naama, advirtiendo de su intención de conversar conmigo en privado.

-¿Podrían esperar afuera durante algunos minutos?-preguntó Akim, amablemente.

-Sí...por supuesto.-fue la respuesta de la muchacha, que de inmediato sacó de la habitación a sus compañeras. Unos instantes después, me encontraba solo frente la dama y su tía, preguntándome qué seguiría a continuación.

-Se me ha hablado sobre usted, señor Phrtveeka.-me dijo finalmente Naama, con una actitud propia de un rey-Sobre su origen y cualidades.

-¿Ah sí?-respondí, algo nervioso.

-Le dije de dónde vienes, y cuáles son tus objetivos en nuestro mundo.-me explicó Akim.

-Así es. Y debo confesar, quizá para su sorpresa, que no es la historia más extraordinaria que he oído.-comentó la serpiente mientras hacía un gesto con la mano, a lo que sus empleados se retiraron inmediatamente a la cocina.-Así que...usted es del mundo de los vivos.

-Sí, en efecto. De un mundo llamado Tierra, para ser exactos.

-Tierra...-repitió-bonito nombre. Recuerdo haber leído sobre un mundo con ese nombre en un libro hace tiempo. Uno de muchos mundos por los que se han expandido los humanos ¿No?

-No. De hecho, nunca llegamos mas allá de los límites del planeta. Destruimos nuestra civilización antes de lograrlo.-fue mi respuesta. Me pregunté por un momento si acaso estaría ella describiendo algún punto del futuro. No sería raro después de todo, teniendo en cuenta la explicación de Aneu sobre sus propias habilidades.

-Hummmm, quizá no sea usted de esa versión de la civilización humana, entonces. Como sea, no es que me importe. Lo que sí me interesa es conversar con usted respecto a lo que sabe de nuestro mundo. Dígame ¿Ha tenido la oportunidad de leer algo sobre geografía, historia...mitología?

-Sí, especialmente de eso último. Uno de los libros en la biblioteca de mi habitación versaba sobre el tema.

-Entonces, supongo que no desconocerá del todo ciertos eventos religiosos en nuestro mundo, como los enfrentamientos en el seno del taranismo hace algunas décadas ¿O sí?

-Estoy al tanto.-respondí. Para este punto, mis sentimientos de incomodidad se habían estabilizado, aunque no desaparecido. Naama hablaba con un tono suave y mecánico, como si meditara en detalle cada cosa que iba a decir. Cosa que, aunque no hubiera llamado la atención en mi mundo, en este lugar y contexto sonaba verdaderamente escalofriante. Dicho corto y claro, hablaba exactamente como un mafioso debería hablar.

-Excelente. Siendo así, creo que podré ir directo al grano: tanto yo como mi querida sobrina formamos parte de cierta organización ligada al taranismo, y tenemos un problema. Un problema que creemos que usted podría ayudarnos a resolver.

-¿Y de qué se trata?-procedí a preguntar.

-Eso es lo que queremos que descubra. En resumen, hay un grupo de rebeldes, al mejor estilo de los de la última vez. Pero tenemos razones para pensar que, ahora, se trata de algo mucho más profundo. Algo que amenaza del todo a nuestra organización, y nuestro sistema de vida.-contestó para mi expectación, antes de beber un sorbo de su copa de vino-Se me dijo que usted solía ser profesor de Filosofía antes de que el destino lo trajera hasta aquí. Que es un caballero muy brillante, hasta el punto de llamar la atención del mismísimo Aneu.  Y es por eso que le hago esta oferta: si accede, quizá optemos por ascenderlo en la organización, lo que bien podría darle ventajas a la hora de buscar a su pareja. Esto además de garantizarle un sueldo estable que le permita una vida cómoda en lo que cumple con su tarea. Así que...¿Qué dice?

Mentiría si dijera que en principio, la oferta de trabajar para una organización criminal gigantesca, con todas las ventajas del caso, no me pareció sumamente tentadora. Esto hasta que me percaté de ese pequeño detalle.

-Pues...debería pensarlo.-respondí, tras algunos segundos. No sabía como decir "no" sin poner en peligro mi integridad. Entre lo intimidante de Naama y el carácter explosivo y cruel de Akim, era evidente que, sin quererlo, había empezado a jugar con fuego.

-¿Pensarlo?-el rostro de la dama reflejaba ahora una notoria sorpresa-Es la mayor oferta, el mayor regalo que se le podría hacer a cualquier poblador de este mundo. Cualquier hombre o ávana aceptaría de inmediato. Hummmm...dígame ¿Qué es lo que le preocupa?

No supe qué decir, por razones que sobra explicar.

-¿Será tal vez algún dilema de carácter moral?-adivinó mi interlocutora, sorprendiéndome. Pese a su frialdad, estaba claro que era dueña de una notable inteligencia. La miré durante algunos segundos, sin decir más. Sencillamente, no había nada que decir-Pues, si ese es el caso, quizá su conciencia esté tranquila de saber que no vamos a darle una opción. 

-¿Qué?-pregunté.

-Hará lo que le pedimos, señor Phrtveeka. Eso, o las consecuencias serán muy nefastas.

El silencio atravesó la habitación de punta a punta. Nunca se me había extorsionado antes, y pese a que sabía intelectualmente que esto era de esperarse, tenía aún ese sentimiento, como el que a todos nos atrapa tras nuestro primer asalto.

-Entiendo.-acabé por decir.

-Excelente. Entonces, puede irse. En algunos días le estaré confirmando lo que queremos que haga.-y con un gesto con la mano, me ordenó salir. Yo me levanté, y me dirigí lentamente hacia la puerta.

-Emker-oí la voz de Akim tras de mí-, preferiría que Orel no se enterara de esto. Ni ella, ni nadie. Espero que no tengamos filtraciones...indeseadas.-dijo, antes de que yo abriera la puerta y saliera de la habitación.

Lo último que alcancé a escuchar antes de abandonarlas, fue un "espero que funcione", de parte de la joven. "Lo mismo digo", pensé para mis adentros.



miércoles, 5 de junio de 2019

Infierno IX


Algo más de media hora más tarde, me encontraba de vuelta en el edificio, aunque en un sitio totalmente distinto al acostumbrado. Entrando por la parte trasera del mismo, había accedido a un enorme subsuelo, con varios pisos. A donde miraras en ese gigantesco lugar, que nada tenía que envidiar a la parte superior del edificio excepto quizá por su iluminación, te encontrarías con guardias y mercenarios yendo y viniendo, en una cantidad mucho mayor a la de las calles por las que había caminado anteriormente. El sitio constaba de un total de siete pisos. Los cinco primeros, al que tenían acceso los cuadros militares en general, eran una auténtica base. El piso inicial constaba de una  gran entrada, y algunos estacionamientos para vehículos de distintos modelos. Los siguientes cuatro, agrupaban los dormitorios, comedores, y baños. Según se me explicó, esta era no la única, mas sí la mas grande de las reservas de mercenarios en el territorio de Barken Leddis.
Los últimos dos pisos, recordaban ya no a un centro militar, sino a un campo de concentración o a una de las prisiones del Partido. Eran los calabozos, donde se encerraba, y a veces, castigaba, a quienes habían violado las normas impuestas por Akim.

-¿Qué hizo el pobre desgraciado para merecer esto?-pregunté, mientras me alejaba de la entrada de una de las celdas. Tras las rejas, había un joven de unos 19 años, atado a una silla, justo debajo de una tubería rota. Periódicamente, gotas de agua caían sobre su cabeza. El chico no paraba de hablar solo, de una forma que en otro contexto hubiera dado miedo, pero que en el actual producía mas bien lástima. ¿Y porqué, se preguntará el lector? Simple: ¿Quién puede conciliar el sueño con un goteo constante sobre su cabeza?

-Una violación, probablemente.-me respondió Orel-Eso, o la venta de información estratégica.

Nos encontrábamos caminando en dirección a donde había confinado a la familia Cáser, tan sólo minutos atrás. El lugar era un oscuro pasillo, iluminado por focos colgantes a varios metros uno del otro. Como música de fondo, teníamos con los quejidos, llantos, y ruidos propios de los internos. El olor era nauseabundo, una combinación de heces y orina con humedad.
Finalmente, llegamos hasta el final de uno de los muchos pasillos de esta infernal-y nunca mejor dicho-sección del edificio.
En una de las celdas, se encontraba la madre junto a sus dos hijos, ya despiertos. Los niños lloraban mientras escuchaban a su padre quejarse a pocos metros de ahí, en una celda vecina, mientras la mujer intentaba en vano consolarlos. La escena era realmente triste y horrible, especialmente para quien no se encontrara preparado psicológicamente adaptado a escenarios así. Incluso Orel lucía como si quisiera alejarse lo más rápido posible del lugar.
En cuanto al hombre, a quien vi poco después al desviar la mirada de los infantes, se encontraba ya para este punto totalmente bañado en sudor, mientras esperaba maniatado en un asiento, donde algunos mercenarios lo habían colocado-y probablemente torturado-incluso desde antes de nuestra llegada.

-¿Les dijo algo?-preguntó Orel, dirigiéndose a los dos hombres y la mujer que se encontraban de pie, en la entrada.

-Confesó la venta de datos sobre la composición del producto, pero se negó a traducir el texto que encontraron.-le respondió a su vez ella, quien parecía ser su jefe.

-¿Probaron todos los métodos?

-Los permitidos para estos casos, sí, y eso me lleva a sospechar que esto debe ser más grande que una traición menor. Se resiste demasiado. Si me pregunta, yo diría que quiere evitar un castigo más grande. Además, me impresiona su resistencia al dolor. Es casi como...si estuviera drogado.

-Hummmmm...veamos si logro sacarle algo.-dijo la muchacha, mientras ingresaba a la habitación, siendo seguida por mí y por Ava. Los demás se habían retirado ya a sus habitaciones, y había decidido acompañarla, francamente, por si se le ocurría hacer algo con los infantes. Mas allá de que siempre había sido un profesor estricto e incluso cruel, las escenas anteriormente presenciadas habían logrado, lo que se dice, sacar mi parte mas humana.-Buenas noches, Jara ¿Cómo te va?-lo interrogó en un tono satírico, burlón, como supuse se la habría entrenado para hacerlo.

-P...por favor-suplicó el tipo-deja que mi familia se vaya. ¡Ellos no hicieron nada! Fue todo idea mía...

-Eso deberías haberlo considerado antes de hacer lo que sea que hiciste. Como sea, mira, imagino que habrás prestado atención a lo acogedor de este sitio, y calculo que no querrás ver crecer a tus hijos en este antro, así que...¿Qué dices? ¿Vas a ceder o no?

El hombre la miró, sin decir una palabra, para luego renovar sus súplicas:

-Son sólo niños...-dijo, con la voz entrecortada.

-Sí, y eso es una verdadera pena.-respondió con frialdad Orel-Mira, no creas que no nos hemos dado cuenta a estas alturas de que estás ocultando algo. Y créeme que estoy dispuesta a averiguarlo.-y dirigiéndose a los torturadores, continuó-Así que bueno...¿Que tal si intensificamos un poco el juego?

-Tal vez deberíamos pedir la autorización de la señora Hedeon antes de proceder.-intervino la mujer con quien había hablado segundos atrás.

-Bah, estoy segura de que se sentirá complacida de que averigüemos lo que sea que se trae este desgraciado.

-¿Pero no se molestará si no obtenemos nada?-Orel sonrió, para luego continuar:

-No, no te preocupes. Nos entendemos muy bien.

-Bien...si tú lo dices.-cedió finalmente su interlocutora.

A continuación, fui testigo de variedad de tormentos físicos que prefiero no narrar. Desde golpes en los genitales, hasta quemaduras. A medida que el procedimiento progresaba, mi imagen con respecto a Orel terminaba de distorsionarse. En un principio, la había visto como una joven común aunque en circunstancias extraordinarias. Ahora, sin embargo, me parecía una persona temible, cruel como su oficio lo demandaba, e incluso alguien digno de desprecio.
Para mi sorpresa, lejos de confesar, el caballero se mantuvo firme en su...posición, si es que acaso así se le puede llamar. No mentía Deara, como resultó llamarse ella, cuando decía que el tipo presentaba una extraordinaria resistencia al dolor, cosa que, aunque sería llamativa de donde vengo, no me sorprendía tanto teniendo en cuenta el lugar en que estaba. Sin embargo, por lo visto, ese no era el caso de mis acompañantes.

-Maldita sea...-se quejó mi nueva jefa, apoyándose en una mesa cercana-esto se está poniendo cuesta arriba.

-Te lo advertí.-insistió la dama, que en apariencia no pasaría de los treinta y cinco años-Recuerdo un caso así, hace unos veinte años. Yo trabajaba como mercenaria en una organización pequeña, no más de trescientos miembros. Nos tocó atacar por encargo una pequeña tribu de númenes, como parte de una venganza personal de un señor de la guerra hace mucho tiempo caído en desgracia. Como parte de la preparación para el golpe, tuvimos que capturar y torturar a algunos jóvenes de la misma. Sin embargo, no pudimos sacarles nada. No reaccionaban ante los golpes, y no fue sino hasta que invadimos el lugar de todos modos que nos dimos cuenta de porqué: ellos tenían la rara costumbre de mezclar con sus alimentos ciertas drogas, que entre otros efectos, inhibían el dolor. Creo que esto podría estar pasando en este caso.

-Y yo creo que esto va a ser algo más complicado de lo que calculé.-dijo Orel, para inmediatamente sacar su teléfono, y ponerse a teclear. Ava, que había colaborado con la tortura pero sin decir mucho, se dirigió entonces hacia ella:

-¿Va a pedirle a Hedeon que nos reasigne?

-¿Bromeas?-volvió a reír la muchacha-Me gustan los desafíos. Y este es uno. Voy a pedirle que autorice un examen toxicológico. Así al menos vamos a saber cuando continuar con esto.

-¿Y que hay del mensaje?-preguntó Deara.

-Voy a decirle que necesito alguien para descifrarlo.-comentó, mientras escribía.

 Cuando terminó, se dirigió a mi, diciendo:

-Como sea, creo que ya deberíamos irnos. Ya va a ser hora de cenar, y ella no va a estar feliz si me retraso.-explicó, antes de dirigirse hacia la puerta, seguida por nosotros-Deara, que tus hombres se queden aquí por si las dudas.

-A la orden.-fue su respuesta, antes de apagar a luz.

-Espero que pases una buena noche. Mañana vamos a tener mucho de qué hablar.-dijo Orel, voltéandose por un momento antes de que la puerta se cerrara.

Comenzamos entonces a caminar, otra vez, los tres por el largo pasillo, dejando atrás a Deara y los suyos. En el camino, tuve nuevamente la oportunidad de encontrarme con la familia de Jara, cuyos hijos, razonablemente, lloraban junto a su madre en un extremo de la celda. Aún puedo recordar, como si acabara de pasar, la poderosa sensación de misericordia que, por alguna razón-y teniendo en cuenta que ya los había visto anteriormente-me invadió en ese momento. Sería deshonesto si negara que la joven y su sadismo me habían intimidado. Sin embargo, logré, con todo, sobreponerme a mis sentimientos y al menos intentar suavizar su sufrimiento.

-Orel...¿No crees que esto es demasiado?-le dije, luego de unos segundos de duda.

-¿Qué?-la pregunta me descolocó.

-Pues...no sé, tener a dos impúberes en un lugar así. Mira, entiendo que sea más fácil extorsionar a su padre de esta forma, pero esto no es justo.

-Bah, no es para tanto. Sólo se quedarán aquí hasta que su padre suelte todo lo que sabe, o hasta que hayamos acabado con los que sea que lo contrataron. No te estreses.

-¿Y eso cuanto tardará?

-Unas semanas, a lo mucho.-se explicó ella.

-Eso no les ahorrará el trauma.-me quejé.

-¡Ay, por favor!-exclamó-Como si los fuera a torturar.

-¿Sabes? De donde vengo, hubo una época en que eso se consideraba tortura.

-¿Y qué propones?

-Pues no sé-dije, barajando opciones a la velocidad de la luz-, quizá podrías ponerlos en un lugar mas digno, engañando a Jara. Eso aumentará la presión, y quizá así finalmente logres que diga algo.

-Hummmm...no suena mal.-me felicitó a su peculiar modo.

Nos tomó varios minutos terminar de abandonar el subsuelo. Como es lógico-dado que caso contrario los prisioneros la tendrían más fácil al escapar-, no habían ascensores, así que debimos caminar un buen rato antes de llegar a la superficie. En cuanto lo hicimos, atravesamos la gran compuerta que hacía de entrada, y salimos a la calle, llena como siempre de personas. En cuanto llegamos a la otra entrada, la del edificio central, Ava se separó de nosotros, argumentando que necesitaba descansar.

-¿Y tú que harás?-procedió entonces a preguntarme la chica.

-Creo que voy a volver a mi habitación.-contesté. A decir verdad, estaba algo cansado por el día, cosa esperable-quizá-en otras circunstancias, pero que en estas sólo contribuían a lo surreal de la situación.

-¿Estás seguro de que no quieres cenar antes? No has comido nada en horas.

-Hummmm...sí, lo creo conveniente.-fue mi respuesta-¿Dónde puedo pedir algo?

-Puedes comer conmigo y Akim. Creo que le interesará saber cómo te fue en tu primer día.

-Quizá. ¿Pero no crees que pueda serle molesto?-dije, recordando mis estrictos modales...y la mala impresión del almuerzo.

-Tranquilo. Ella suele mantener la distancia hacia sus inferiores, pero tu caso es...especial.

No sabía para ese momento cómo decirle que quería mantenerme alejado de su peligrosa madre adoptiva. Y al no encontrar una vía aceptable, no tuve mas opción que acceder.
Esta vez, para ahorrar tiempo, nos dirigimos hacia el ascensor más cercano. Subimos en él hasta más o menos la mitad del edificio, donde debimos, por razones de seguridad, continuar caminando.
Finalmente, y tras recorrer nuevamente los pasillos, llegamos a la gran entrada del comedor. Como de costumbre, Orel tocó la puerta, aunque esta vez fue una joven mucama, la misma a quien había visto a Akim maltratar horas atrás, quien nos abrió.

-Ho...hola. Pasen.-nos dijo, con timidez.

La poderosa mujer y tres de sus hijas adoptivas nos esperaban en la mesa, ya disfrutando de la comida. Esta vez, en sus platos había carne, y algunos vegetales, todos para mi sorpresa- o no tanto, tras mi reflexión-perfectamente reconocibles.

-¡Orel!-saludó ella, alegremente-¿Dónde estabas? Ya empezaba a preocuparme.

-En los calabozos, lidiando con Jara.

-Sí, leí tus mensajes, pero me sorprendió que demoraras tanto.-se explicó-Y veo que trajiste a Emker contigo.

-Así es, supuse que querrías saber cómo le fue.-dijo, mientras tomaba asiento, en lo que yo la imitaba Akim procedió entonces a ordenar que se nos trajera algo qué comer, y la conversación prosiguió.

-¿Otra vez va a estar aquí?-preguntó Lor, con su característico tono entre altanero y hostil.

-Sí, y vas a tener que acostumbrarte.-respondió Orel, sólo para molestarla.

-Ya, no peleen-intervino Akim-¿Y cómo les fue?

-Bastante bien, sin inconvenientes esta vez. Mis hombres temieron al principio la posible reacción de los vecinos de los Cáser, pero no pasó nada.

-Sí, leí tus mensajes. Como si no estuvieran entrenados para situaciones riesgosas...-se quejó la mujer-pero bueno ¿Cómo se desenvolvió tu nuevo subordinado?

-Pues...no estorba.-respondió Orel, mientras un mesero colocaba dos platos de comida frente a nosotros-¡Ah! Cierto: ¿Te acuerdas del código en la computadora de Jara? He estado pensando que quizá Emker podría darnos una ayuda con eso.

-Sí, es una buena idea. Quién sabe, quizá si lo hace bien opte por ascenderlo. Una mente así no se encuentra todos los días. Sin embargo, prefiero esperar a ver si mis empleados tienen éxito con la deducción.-dijo, mientras dirigía su mirada hacia mi.

-Me halaga usted...-fue mi respuesta, que se vio sucedida inmediatamente por un sonido de golpes en la entrada. Volteé a mirar, justo a tiempo para ver cómo una de las mucamas abría la puerta, revelando a una mujer en apariencia no mayor que Akim, de cabello oscuro, teñido en las puntas de un tono gris. Muy delgada-demasiado para mi gusto-, su mirada recordaba a la de un gato: penetrante, fría.

-Hola, sepan disculpar la tardanza.-fue lo primero que dijo al cruzar la puerta.

-Tía, creí que ya no ibas a venir.-dijo Hedeon, mientras la mujer se acercaba para tomar asiento.

-Tuve un pequeño retraso.-se explicó-Una tormenta nos alcanzó a mitad de camino, y debimos detenernos.

-¿A donde fue esta vez?-preguntó Lor, con un tono mucho mas respetuoso.

-A un...viaje de negocios, si así se le puede llamar. Pero eso no es importante. Más bien, quisiera saber quién es nuestro invitado.

-Él es Emker-respondió Orel-, mi nuevo subordinado.

-Ah...-dijo entonces ella, para luego sumirse en el silencio.

El resto de la cena, preferí no hablar mucho. Tampoco es, a decir verdad, que hubiera mucho de qué hacerlo: la conversación se centró en las actividades diarias de las niñas, y un poco sobre las de Akim. Naama permaneció  tan callada como yo hasta el final de la comida. Por alguna razón, me resultaba sumamente llamativa. No en el sentido de la atracción sexual, ciertamente. Mas bien, podría decirse que nunca había visto una persona tan intimidante. Cierto: no era fuerte-o no lo aparentaba-, pero todo en ella, desde su actitud hasta su apariencia, me recordaba a una serpiente a punto de atacar. En cuanto todos hubieron terminado de comer, comenzó esa peculiar tradición llamada de donde vengo "sobremesa". No obstante, esta no duró mucho. A los pocos minutos, aparentemente la paciencia de Naama se acabó, y se dirigió a su sobrina:

-Akim, necesito que conversemos un momento. En privado de ser posible.-le dijo, con su frío y robótico tono de voz.

-Oh...sí.-fue la respuesta de la mujer. Inmediatamente, y de una forma inusualmente sumisa para la imagen que tenía de ella, solicitó a las niñas que se retiraran, a lo que ellas obedecieron inmediatamente.

Una vez estuvimos fuera y Orel cerró la puerta tras de sí, comenzamos a caminar por los pasillos, en dirección a las habitaciones. Mientras hacíamos el corto viaje, tuve la oportunidad de escuchar a las compañeras de Orel charlar, continuando sus previamente interrumpidas conversaciones. La única que permaneció en silencio fue Lor, quien se había aislado del todo, leyendo algo en la pantalla de su teléfono.

-Akim respeta mucho a Naama...-comenté cuando noté que las niñas se habían alejado lo suficiente para no escucharnos.

-Sí. Ya te lo dije: no hubiera durado mucho sin ella.

-Hummmm...¿Y de qué crees que hayan querido hablar?-le pregunté, tratando de una forma mas bien poco científica de confirmar mi hipótesis.

-De ti, probablemente. Debe haberse sentido sorprendida de que la líder de Barken Leddis haya recibido a un mercenario raso en su cena.

-Oh...me imagino.-dije. Había acertado.

-Akim habrá crecido, pero Naama jamás dejó de aconsejarla. No le gusta que su sobrina deje de guardar distancia con respecto a los suyos. Lo ve como algo muy peligroso. Razón no le falta, pero a veces pienso que eso sólo ayuda a que se sienta mas y más sola...